17 ene. 2015

EN LA CLASE DE QUÍMICA

ECHANDO LOS DADOS EN EL GÉNESIS

 

Es difícil saber cómo empezó todo.

La ciencia aún no ha podido dar luz al oscuro e inmenso espacio como el Baúl de Google donde,

 

agazapados, los átomos de hidrógeno

esperaban el momento oportuno para escapar de aquel rincón del Universo donde habitaban apretujados como sardinas en su lata.

 

Hay quien sostiene –entre la comunidad científica-

que, para paliar el aburrimiento, un dios inventó el juego del dominó a partir del contraste entre el negro y el blanco mezclado con

 

el número siete

(número puro del Universo).

 

Otros dioses

-celosos del éxito de aquellas fichas blancas y negras-se lanzaron a una vertiginosa carrera por construir otros juegos que emularan aquellas palabras mágicas:

 

"me doblo"… "paso", "blanca pito"…

 

Esos otros dioses no tardaron en descubrir

las múltiples aplicaciones de "echar los dados". Así se extendió por todos los planetas a afición al parchís, al póker…

 

Otros dioses –los más aburridos-

que padecían flebitis de larga duración, resfriados de todos los tamaños, claudicación intermitente, lesiones en los meniscos,

 

poliartrosis reumáticas

-que les invalidaban para el amor- decidieron montar un bar en aquel coñazo de génesis donde tomar el té (más tarde inventarían el café) y jugar al mus o al bridge.

 

De esa manera todo se fue complicando.

 

Parece ser que todo eso

podría haber ocurrido después de la separación de la luz y las tinieblas. Pero lo que complicó infinitamente el Cosmos

 

se produjo al abrir el Gran Baúl:

Los átomos de hidrógeno se dispersaron por todo el Universo como si dentro llevaran el diablo.

 

Algunos de ellos decidieron quedarse

en rincones apacibles, aparejarse y formar una especie peculiar de matrimonio en forma de gas noble -el helio- y llevar una vida más estable.

 

No tardaron aquellos inteligentes dioses

en hacer asambleas multitudinarias que finalmente se convirtieron en un movimiento continuo.

 

Contrataron a un electricista en paro

llamado Berilio cuya función fue la de moderador de la velocidad salvaje de los neutrones

 

y para aumentar la conductividad

-térmica y/o eléctrica- utilizaron los servicios de un trabajador autónomo con gran experiencia en centrales nucleares

 

apodado Boro

–nombre derivado de Borax la voz a la que atendía su perro cazador. Al tal Boro se le veía a menudo en compañía de elementos de mala reputación

 

–eran demasiado blandos-

que iban en pandilla y se reunían en el botellón de fin de semana. Finalmente a esos amigos, lógicamente por su afinidad con El Boro se les bautizó con el nombre de boruros.

 

El Boro se mostró muy hábil

con sus sales sobre todo con la aplicación de sus calcetines (impregnados de polvos bóricos) usados como compresas en las reglas femeninas.

 

De ahí a la extracción del Carbón

de las oscuras profundidades sólo había un paso que no tardaron los dioses en darlo.

 

Con el carbón

se inició el movimiento de las máquinas a vapor: trenes, barcos, telares, etc. Y los vaporistas se forraron.

 

El génesis bien pudo ser así

(la comunidad científica a falta de otras pruebas, así lo cree).

 

Bonita alegoría la de los dioses

jugando al dominó y echando los dados.

 

                                                             Johann R. Bach

Leías todo lo que caía en tus manos


EL ORIGEN DE UNA NOCTURNA (Oración)
Algo de tu poliédrica vida
dio origen a un lamento que poco a poco se convirtió en oración.

Tú eras lo que entonces,
padres y profesores deseaban: una muchacha callada algo dormilona, delicada de salud y –cosa extraña- a diferencia de tus compañeras nunca te quedabas demasiado tiempo mirando por la ventana.

De la escuela –más trabajadora que lista-,
obediente y con pocos problemas, sólo recuerdas algunos pocos castigos que siempre consideraste injustos. La falta de confianza en ti misma la suplías con una cierta constancia y tozudez.

Leías todo lo que caía en tus manos
y algunas de aquellas lecturas te proporcionaron informaciones misteriosas: con sólo ocho años de edad supiste que el día de Mercurio era aproximadamente igual a su año.

Eso te inclinó a observar
a menudo los cielos nocturnos y durante el día quedarte embelesada con las blancas nubes alargadas como naves extraterrestres detenidas a las puertas de un Purgatorio, indecisas. 

Entretanto te ibas formando
en ideas y convicciones éticas indoblegables como botones de gabardina y te dedicaste durante un corto periodo de tiempo a

llevar una vida viajera
imaginando que los autobuses o trenes te transportaban de un lugar a otro como alfombras voladoras: somnolienta, fascinada, torturada por la belleza del mundo.

Después intentaste llevar, como todas,
una vida corriente con algún grado ganado en unas oposiciones completamente limpias.

Madrugones, metro,
café antes de comenzar la jornada, trabajo de oficina –contratación de energía eléctrica-, otra vez metro de vuelta a casa, sueño saciado con una corta siesta, eran cosas cotidianas.

Tuviste suerte: los profesores
de la facultad eran en general buenos en sus materias y liberales en los social:

te consideraron
uno de los suyos debido a algunas de tus convicciones democráticas y espirituales.

Tardaste años en aprender a leer
esos otros lenguajes que te ayudan a comprender la radiografía de tu propio esqueleto, la música de las glándulas endocrinas,

la fotografía de unas gruesas cejas,
los carcomidos pabellones auditivos, los hoyuelos en mejillas y barbilla; la escrófula en los labios.

Esos lenguajes, en general,
no interesaban a nadie, pero gracias a ellos comprendiste muchas cosas, latentes o movidas, en tu interior y te ayudaron a ver en los ojos de los demás intenciones inconfesables.

Pocas veces viajaste al extranjero,
pero aún llegaste a conocer la Rusia de la Era Brezhnev, las playas y acantilados de Normandía, los robles de la Berliner Eichentor y los lagos de la pacífica Suiza.

Coleccionaste en lugar de recetas de cocina,
multitud de fichas de plantas medicinales descritas por Linneo y destacaste algo en el ajedrez, pero abandonaste esa afición por ser poco femenina-  En cierto modo, mientras aprendías idiomas, eras feliz.

Leíste algunos libros -entre cientos de ellos-
que te ayudaron a fijar en tu ADN algunos conceptos modernos que momentáneamente te fueron útiles para sobrevivir en los momentos difíciles,

pero tus lecturas preferidos eran
las que te permitían mirar en tu interior y ahondar en el conocimiento de las antiguas brasas del universo; estudiar el vuelo de las abejas o la increíble adaptación de los caracoles al entorno.

Excepto el placer de las matemáticas,
no sacaste ningún provecho del resto de libros "científicos". La literatura te alegró –tanto la poesía como la prosa- muchísimas tortuosas noches.

Algunos profesores te recomendaron
los clásicos griegos como textos que podrían cambiar tu vida. Los leíste. Nada te cambió, lo reconoces, pero te permitieron una mirada distinta sobre la vida.

Tal vez no vivías –sólo subsistías-
o tal vez aquellos tiempos no eran otra cosa que una fase necesaria –psicológicamente- antes de pasar a otra en la que se ha de superar la maternidad; y,

en espera de tiempos mejores,
arrojada contra tu voluntad hacía algo, como una sombra en la pared, trabajaste en hospitales y editoriales, para ganar algo de dinero fácil para pan y papel.

Cómo explicar a tus hijos
que dedicabas grandes esfuerzos para no sucumbir a insinuaciones malignas, a no cometer estupideces y a no confraternizar con el más fuerte.

Cómo podías explicarles
que al despertarte empapada en sudor y ver el silencioso techo amenazando con derrumbarse encima tuyo debías escribir con tu mano fatigada hasta los tuétanos un conjuro contra los espíritus y una oración para una noche más plácida para ellos.

Una noche sin ofertorio,
sin consagración ni comunión. Ingenuamente sin sacrificios, exenta de espanto. Sólo de tu maltratado pecho podía salir un lamento lanzado a esa noche:

ORACIÓN  (Treno en la noche)
¡Oh noche!

"No te ruego que deshagas la oscuridad
de mi corazón ni de mi conciencia sino en la medida en que eso sea justo para que pueda alabarte, y en la Negritud la forma de lo que debe ser bendecido y en lo maravilloso de mi propio espíritu que ya tengo el fuego que sólo Tú has de encender".

"No conozco el nombre
o la palabra que exprese mejor el mundo desde el cual a partir de ahora te contemplaré y te adoraré, sumida en la profundidad de un negrísimo mar cuyos abismos son yo misma convertida en mar".

¡Oh noche!

"Durante veinticinco años
viví las noches con la misma naturalidad con que un niño cuelga cerezas como guirnaldas en sus orejas; y, no te invoco con palabras de alegría porque no tengo el tesoro del que se extrae esa antorcha; sólo levanto hacia ti mis manos de ceniza prematura y el reflejo que mi opacidad pueda dar de tu oscura luminosidad".

¡Oh noche!

"Para mí, hasta la luz ha sido tiniebla
en tanto no sentí la llamada a correr por los campos, a humedecer mis labios con esas gotitas de agua de vida a reconocer mis propios suspiros antes del amanecer. Ayúdame a encontrar una oración, un pensamiento o una palabra que convierta mis recuerdos en sentimientos".

                                                         Johann R. Bach

16 ene. 2015

llovía ceniza y hielo.

BUSCANDO LA LUZ

 

Ya no recordamos

o estamos a punto de olvidar aquellos días en que las manos frías sujetaban un modesto cuaderno de caligrafía y

 

bajo los pupitres

los cordones de los zapatos se habían zafado de sus lazos y los maestros insistían en que fuéramos aplicados.

 

Una voz imperiosa –nos contaron-

ordenó hacer la luz y así se hizo;

 

en aquel preciso instante

nacieron las sombras y una extraña criatura apareció sin lógica.

 

Descendiente de bacterias,

heredero de estrellas y agujeros negros caminaba erecto, articulaba sonidos,

calculaba volúmenes y distancias.

 

Era lo que actualmente vemos en el espejo:

Un simio turbulento.

 

Vivió en unos momentos

en los que los mares se desplazaban, los volcanes vomitaban fuego, azufre, hierro y vapor de agua;

 

llovía ceniza y hielo.

 

Masticando carne sobrevivía

y bajó de los árboles obligado por el frío, se refugió en cuevas en las que dibujaba figuras inspiradas por su transcendente creatividad, pero

 

también se arrastró

en ciénagas cargadas de azufre y metano y se tragó a pequeñas dosis aquel veneno insidioso del amor y

 

el de muchos de sus fracasos

y, en no pocas ocasiones, dudó de todo hasta comprender que no podía dudar de que estaba dudando.

 

El resto es ya muy conocido:

durante decenas de miles de años, aquel "Homo sapiens" fue resbalando por la irresistible pendiente que denominamos civilización

 

sin moverse apenas en el tiempo.

 

Ahora nos parece que somos distintos,

pero nuestros cromosomas nos desmienten: largas hileras de moléculas enroscadas

 

en doble hélice y doble entrada Whitworth

nos arrastran hacia atrás buscando la luz, buscando el amor

 

buscando la luz.

                                            Johann R. Bach

 

llovía ceniza y hielo.

BUSCANDO LA LUZ

 

Ya no recordamos

o estamos a punto de olvidar aquellos días en que las manos frías sujetaban un modesto cuaderno de caligrafía y

 

bajo los pupitres

los cordones de los zapatos se habían zafado de sus lazos y los maestros insistían en que fuéramos aplicados.

 

Una voz imperiosa –nos contaron-

ordenó hacer la luz y así se hizo;

 

en aquel preciso instante

nacieron las sombras y una extraña criatura apareció sin lógica.

 

Descendiente de bacterias,

heredero de estrellas y agujeros negros caminaba erecto, articulaba sonidos,

calculaba volúmenes y distancias.

 

Era lo que actualmente vemos en el espejo:

Un simio turbulento.

 

Vivió en unos momentos

en los que los mares se desplazaban, los volcanes vomitaban fuego, azufre, hierro y vapor de agua;

 

llovía ceniza y hielo.

 

Masticando carne sobrevivía

y bajó de los árboles obligado por el frío, se refugió en cuevas en las que dibujaba figuras inspiradas por su transcendente creatividad, pero

 

también se arrastró

en ciénagas cargadas de azufre y metano y se tragó a pequeñas dosis aquel veneno insidioso del amor y

 

el de muchos de sus fracasos

y, en no pocas ocasiones, dudó de todo hasta comprender que no podía dudar de que estaba dudando.

 

El resto es ya muy conocido:

durante decenas de miles de años, aquel "Homo sapiens" fue resbalando por la irresistible pendiente que denominamos civilización

 

sin moverse apenas en el tiempo.

 

Ahora nos parece que somos distintos,

pero nuestros cromosomas nos desmienten: largas hileras de moléculas enroscadas

 

en doble hélice y doble entrada Whitworth

nos arrastran hacia atrás buscando la luz, buscando el amor

 

buscando la luz.

                                            Johann R. Bach

 

el sueño de Sancho Panza –El Quijote- en las sienes.

EL SOLDADOR DE SÍLABAS

Alguien que me conoció en el Hospital
debe haber corrido la voz porque ya han empezado a llamarme El Soldador de Sílabas.

Demasiado cercano a la mentira
para tomármelo como un cumplido.

¿A qué distancia del barrio
quisieran colocar mi seso vivo en el vivo espesor del número?

Nadie me ha enseñado
a hablar con pureza de cosas sucias.

Alguien que no me aprecia
ha hecho correr la voz de que pasé penalidades, pero

en realidad nunca fui pobre:
mis ojos vieron la luz mientras el mar depositaba sus riquezas entre los dedos de mis pies

arena limpia sin barro.

Los alguaciles -que no hablaban mi lengua-
intentaron, persistentemente, meterme en un charco azul, bajo un cielo azul, pero

aquellas aguas estaban teñidas de rojo

y no quise nunca dormir
en lugares a su merced ni olvidar.

Y para que la vida
vuelva a la palabra vida sueldo del modo más puro al argón esas dos sílabas

como lo haría también el niño
que quedó solo en un día largo de invierno silbando el viento huracanado de la tramontana sobre su cabeza.

Siempre. Siempre –insisto- me sentí rico
pues Poseidón puso a mis pies el mar; la titánide Tea, unos ojos algo saltones sobre mi frente para ver el cielo

y al bajar los párpados
el sueño de Sancho Panza –El Quijote- en las sienes.

Nunca se me ocurrió injuriar a la noche
aunque el grito fuera cada vez más débil y la noche de los inviernos de la soledad de Cadaqués, más terrible y oscura.

El hambre no me hizo lobo.
Probé a comerme las uñas y los tomates de los calcetines(1) mientras miraba al cielo pues

Ignoraba cuánto había de durar aquel viaje
en el que sólo yo era el capitán;

un viaje hacia la otra orilla del mar
donde quizá no sea tan malo el humilde oficio de soldar sílabas.

                                                      Johann R. Bach

Nota (1) En Cadaqués llamábamos tomates a los agujeros en los calcetines.


Sabes que es necesario aprender a vivir en otro mundo,


AMANDA BLUES

Está sola Amanda, la de los labios alegres.
La Diosa del Puerto Atlántico. Para seguir caminando se muestra despegada de las cosas. No lleva nunca bolsos grandes ni gafas oscuras:

no necesita provisiones
ni ocultar sus almendrados ojos.

Los días pasan duramente para Amanda
La Diosa del Puerto y al final de la tarde piensa en lo sucedido, en aquello que le hizo doblar otra esquina en su vida,

ya muy pocas cosas la conmueven:

el acierto imprevisto de las olas
del que pudo vivir su propia vida en el seguro azar de amar y tomar conciencia de un Universo de Besos parece buscar el olvido;

así, naturalmente, pobre aunque sin deudas,
ni banderas incomprensibles para una sociedad que se hace llamar feliz en su calle Amanda la Diosa del Puerto llora ante el televisor.

¡Amanda, Amanda! La de los labios rojos.
Como en un grito dijo amor y se poblaron sus cejas de ceniza. Aún tan joven y viuda ya con dos criaturas que piden crecer con su mirada.

¡Amanda, Amanda! La Diosa del Puerto
con la paz y su amor entre las manos

había dicho, con ilusión,
la noche anterior la palabra mañana. Los ojos se le anegaron de lágrimas por el presente y

ya sólo tiene sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo, un camino de cielo borrascoso.

Soledad y recuerdo,
dos palabras que suelen apoyarse en los hombros heridos de una mujer que sólo aspiraba, como la Diosa del Puerto que era, a amar y ser amada.

¡Amanda, Amanda! La de los labios alegres.
Todos saben que no quieres renunciar a aquello para lo que has nacido y que con los años precisos te preparaste para vivirlo.

¡Amanda, Amanda!
Para seguir tu camino deberías aceptar que la vida se refugie en una habitación aunque no sea la tuya.

La luz se quedará, sí,
siempre detrás de la ventana y al otro lado de la puerta escucharás los pasos de la noche y la música de blues como consuelo.

Sabes que es necesario
aprender a vivir en otro mundo, en otro amor, en otro tiempo. Tiempo de blues en la penumbra y olvido:

Dicen que tu tristeza Amanda,
aún siendo inconsolable, sólo ha de durar dos años.

                                                          Johann R. Bach

Sabes que es necesario aprender a vivir en otro mundo,

AMANDA BLUES

 

Está sola Amanda, la de los labios alegres.

La Diosa del Puerto Atlántico. Para seguir caminando se muestra despegada de las cosas. No lleva nunca bolsos grandes ni gafas oscuras:

 

no necesita provisiones

ni ocultar sus almendrados ojos.

 

Los días pasan duramente para Amanda

La Diosa del Puerto y al final de la tarde piensa en lo sucedido, en aquello que le hizo doblar otra esquina en su vida,

 

ya muy pocas cosas la conmueven:

 

el acierto imprevisto de las olas

del que pudo vivir su propia vida en el seguro azar de amar y tomar conciencia de un Universo de Besos parece buscar el olvido;

 

así, naturalmente, pobre aunque sin deudas,

ni banderas incomprensibles para una sociedad que se hace llamar feliz en su calle Amanda la Diosa del Puerto llora ante el televisor.

 

¡Amanda, Amanda! La de los labios rojos.

Como en un grito dijo amor y se poblaron sus cejas de ceniza. Aún tan joven y viuda ya con dos criaturas que piden crecer con su mirada.

 

¡Amanda, Amanda! La Diosa del Puerto

con la paz y su amor entre las manos

 

había dicho, con ilusión,

la noche anterior la palabra mañana. Los ojos se le anegaron de lágrimas por el presente y

 

ya sólo tiene sombras que apretar en la mano,

fantasmas como saldo, un camino de cielo borrascoso.

 

Soledad y recuerdo,

dos palabras que suelen apoyarse en los hombros heridos de una mujer que sólo aspiraba, como la Diosa del Puerto que era, a amar y ser amada.

 

¡Amanda, Amanda! La de los labios alegres.

Todos saben que no quieres renunciar a aquello para lo que has nacido y que con los años precisos te preparaste para vivirlo.

 

¡Amanda, Amanda!

Para seguir tu camino deberías aceptar que la vida se refugie en una habitación aunque no sea la tuya.

 

La luz se quedará, sí,

siempre detrás de la ventana y al otro lado de la puerta escucharás los pasos de la noche y la música de blues como consuelo.

 

Sabes que es necesario

aprender a vivir en otro mundo, en otro amor, en otro tiempo. Tiempo de blues en la penumbra y olvido:

 

Dicen que tu tristeza Amanda,

aún siendo inconsolable, sólo ha de durar dos años.

 

                                                                 Johann R. Bach

15 ene. 2015

Por la mañana veía a las margaritas inundar los campos salvajemente bajo los olivos

HORMIGUEO EN EL VIENTRE

 

 

Yo conocí un tiempo húmedo,

en el que el calor se filtraba por las bisagras, el sol tostaba el tejado como una tarta y mis padres y hermanos comiendo, trabajando, sudando y eventualmente zanganeando en el calor.

 

El sol era tan rojo

como el hierro en manos del herrero y me era imposible mirarlo. Mi hermana sudaba y sudaba como si quisiera darse un baño de gelatina.

 

Algunos hombres en el Casino bebían vino

rebajado con sifón, del taller de la esquina se desprendía un olor a hierro fundido y el arco de la soldadura parecía una tormenta de verano en miniatura.

 

Trabajaban con la persiana levantada

y los torsos desnudos, retorciendo y forjando hierros a golpe de martillo, sus músculos dorados por el sudor exentos de grasa eran como los de las estatuas. Al verlos

 

un intenso hormigueo invadía mi vientre.

 

Recuerdo que por las noches

me abrazaba a la larga almohada como a una especie de semidios consumiendo la oscuridad con un leve movimiento de lordosis y al despertar tenía la sensación de haber ganado un lugar en la casa.

 

Por la mañana veía a las margaritas

inundar los campos salvajemente bajo los olivos. Eran –en mi imaginación- como una promesa de Dios al campo.

 

Me sentía feliz

haciendo un ramillete con ellas, las sentía mágicas, como un secreto del manso campo.

 

Eran tiempos

en los que nuestra juventud impedía que mirásemos en el abismo, ese lugar donde habita el ángel caído.

 

                                                                    Johann R. Bach

14 ene. 2015

Sin duda era una glándula de Bartholino que se había infectado al igual que su espíritu.

SALIVA DE OTRA SED


Durante nueve largos meses Julia ha sentido correr entre sus piernas la saliva que sin descanso su amado le regalaba produciéndole un orgasmo tras otro, pero en la última noche que pasaron en Paris, en un hotel que no llegaba ni a la categoría de mediocre, con una dudosa higiene y con su alma debilitada por la encendida discusión con su amante, sus defensas la abandonaron.

Atrapó una infección extraña. Notó, al regresar a Berlín, que algo se hinchaba en el lado derecho entre los vaginales labios externos e internos hasta alcanzar el tamaño de un huevo de paloma. Sin duda era una glándula de Bartholino que se había infectado al igual que su espíritu. La gonorrea de años atrás volvía a aflorar.

No tuvo relaciones sexuales con su amado durante tres días. Por la noche apretaba las piernas mientras su amor le explicava correrías eróticas de juventud.

Se lavó todo lo meticulosamente que pudo, pero lo que le eliminó esa infección, reabsorbiendo en pocas horas el pus que producía su alma fue la Silicea. Un diagnóstico rápido y preciso puede ayudar a corregir errores y descuidos del espíritu. Y el alma femenina lo agradece.
                                                                 Johann R. Bach 

Por la noche Julia sueña despierta en el Camino o al margen del él.


AHORA EL PULGAR IZQUIERDO


Por la noche Julia sueña despierta en el Camino o al margen del él. Sueña al recordar tanto amor que expresado al oído, en la oscuridad revive las deseadas punzadas en su vientre.

Mueve la mano que imita la caricia de los labios masculinos; el pulgar izquierdo lame el pezón de Julia mientras el medio derecho se desliza sigilosamente como caracol sobre su viscosa calle.

Luego juega, sin mentir, a encontrar las siete diferencias entre su último y apasionado amor y el ególatra padre de sus hijos cuya semilla aún no se ha borrado. Durante largos lustros de oscuros inviernos ha resistido vendavales y juicios.

Julia debería pasar sobre estas líneas con devoción de oráculo. Se le podría proponer la búsqueda de dos palabras que rimen para sustituir las sesiones de sofá donde, con las piernas entrelazadas con las de su amor, tranquilizaba sus tardes:

Dolor y Amor
Sentimiento y lienzo
Forma y alfombra
Sequedad y enfermedad
Prosa y mucosa
Saliva y vagina
Besos y tiernos

Julia debería admitir que la metáfora siempre sobrevive a la alondra que desde sus altos vuelos ignora el diminuto corazón de lo infinitesimal, del simple hélix que también participa de la danza de la noche. Pero ella sigue hablando de mecánica cuántica porque Julia es así, le gusta mostrar sus conocimientos y que se le reconozcan.

Para ella el parecer sigue siendo un juego muy importante, aunque no lo sea todo. Pero no importa; dentro de un año, dentro de cinco; tal vez dentro de diez la hojarasca ahogará las raíces si algún día las hubo.

Sabrá comparar los amores de su vida como compara las manzanas en el mercado de los sábados en la Breslauer Platz de Fiedenau, barrio de Premios Nobel, de "La Berlinesca". Verá los errores cometidos racionalmente aunque no los de su corazón porque fueron necesarios para mantenerse a flote, sobre la balsa sin agua y con el viento por compañero secándole los labios.

                                                      Johann R. Bach 

Compagina los rasgos de sus fotos para constatar las huellas que, sin compasión, Eolo y Cronos le van dejando en su rostro

Capítulo 93    ULTIMOS DIAS EN FRIEDENAU (IV)

 

Las fechas en sus labios

 

  • Envejecimiento rápido

        ARSENICUM IODATUM 15 CH


  • Celos en personas calurosas

        LACHESIS 200 CH

 

 

Los labios femeninos tienen mucho de poético y la cruel expresión del "código de barras" para describir el labio superior de la mujer de cierta edad afortunadamente no ha cuajado en el lenguaje popular.

 

Así el labio fino, sin borde, laxo, viperino, pintado de rojo, jugueteando con una colorida bufanda, presente hasta en la cama, promete placeres exóticos. Aunque en muchas ocasiones esos mismos labios producirán tormentas de celos que destruirán, a su paso, todo vestigio de amor.

 

Los hombres, es cierto, en general, no son un dechado de virtudes. Por eso creo que Julia hace bien en exprimir en nueve meses al único amor que la amaba después de haberla amado varias veces en el mismo día. Le ha dado, en efecto todos los orgasmos que los demás hombres le habían negado,

 

pero hasta eso es insuficiente cuando la desconfianza crece. Le ha dado más amor ese hombre en unos pocos meses que todo el que ha recibido en los últimos veinticinco años. Aunque eso es mucho, sigue siendo insuficiente para Julia, la celosa Maestra de los Ecos (poético nombre para una eficiente traductora regalado por su amante en una de esas largas y locas noches de amor).

 

Ahora julia, a pesar de todo, se siente aún más libre; sonríe; poco a poco irá ganando fortaleza; buscará el amor en la lejanía, en el Camino de Santiago, allí el beso bajo la lluvia de un prisionero de la campiña le subió la autoestima; años más tarde en el mismo camino, Manuel un joven peregrino, se enamoró de ella lo cual la llenó de platónico gozo;

 

la última vez que fue al Camino, otro peregrino, un intelectual de Hamburgo, también la besó mientras que su amante imploraba sólo algunas sílabas a través del móvil. Se sintió halagada.

 

Ya planea volver con él al Camino de Santiago esta primavera. Así es Julia. Compagina los rasgos de sus fotos para constatar las huellas que, sin compasión, Eolo y Cronos le van dejando en su rostro sin sospechar que dentro de su alma las heridas también se le pueden infectar.

 

El consejo, en mi opinión, que podría atemperar los celos en personas calurosas es el de moderarse en la ingesta de café o, si eso no es posible, aprovechar el vasito de agua que muchas cafeterías sirven junto al aromático y negro estimulante, vertiendo una gota del resto depositado en el fondo de la taza, que se ha tomado con demasiada alegría, en el agua batiéndola bien con la cucharilla de forma que la dilución sea lo más homogénea posible.

 

Esa agua "ligeramente contaminada con una gota de café" tomada a pequeños sorbos es el mejor antídoto de la hipertensión, del nerviosismo, de la ansiedad, de los celos…

                                                            Johann R. Bach 

una suave brisa se llevó a Bobby,

SEE YOU LATER BOBBY CHARLES

 

Hoy hace cinco años

se despidió de nosotros Bobby Charles. Justo cinco años después del huracán Katrina,

 

una suave brisa se llevó a Bobby,

aunque no por tranquila sus efectos fueron menos devastadores. En su recuerdo escuchad el ritmo de su corazón:

 

See You Later Alligator.

 

                                                         Johann R. Bach

GALICIA

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13 ene. 2015

En la mesa ya estaban cenando cuatro personas: una pareja joven y dos señoras menos jóvenes...

 Capítulo 92     ULTIMOS DIAS EN FRIEDENAU (III)

 

·        Nódulos  en el pecho  izquierdo

ASTERIAS 7 CH – PHYTOLACCA 200 CH - CAUSTICUM 200 CH

 

Hoy sábado he salido a la calle con la esperanza de toparme con un día primaveral como el de ayer. No he tenido suerte. El día se estaba oscureciendo como un mal presagio y la destemplanza iba tomando cuerpo. He pasado por Dickhardtstraße.

 

He depositado las llaves en el buzón porque no había nadie en casa. Alguien las recogerá más tarde. He seguido caminando lentamente calle abajo, sin rumbo fijo. Al toparme con el mercado de la Breslauer Platz me he dirigido hacia el Santos por miedo a encontrar a alguien conocido comparando manzanas entre los fruteros turcos.

 

He almorzado allí. No suelo comer mucho, pero esta vez he de reconocer que los huevos fritos con bacon y la exótica ensalada típica del local estaban riquísimos. Cristina estaba algo triste. Le he dado 8 gránulos de Puella –mi fórmula para combatir la astenia y el envejecimiento-.

 

Me he despedido de ella prometiéndole que no iba a perderme la nocturna música brasileña y he hecho la reserva para la noche. La reserva en el Santos es, como mucho, reservar una silla porque el local es tan pequeño como acogedor y el compartir la mesa con otras personas es lo natural.

 

Efectivamente, a las nueve, justo con el comienzo de los primeros y alegres compases el nuevo fichaje de Cristina para la cocina, Daniel, me ha acomodado en la mesa redonda que está situada bajo el ventanal por donde entra y sale la alegría.

 

En la mesa ya estaban cenando cuatro personas: una pareja joven y dos señoras menos jóvenes... Daniel, amablemente, además de situarme en esa mesa me ha presentado a los comensales. Ella, la chica joven es brasileña, bióloga; él, su amoroso acompañante, es de Cosworth, juez.

 

La conversación con ellos ha sido de lo más interesante, versando principalmente sobre sociología alemana y brasileña; con las dos señoras las frases cortas y superficiales, no serias porque el vino tinto ya había invadido sus secos corazones.

 

Daniel nos ha obsequiado con unos pastelitos rellenos con carne. Deliciosos. Me ha parecido estar en un mundo en el que es posible que todos pongamos un poco de nuestra parte para hacerlo más agradable.

 

Cristina, como siempre, ha bailado; ella sola; también con Daniel, el simpático cocinero y con la amorosa compañera del juez. El cantante con su guitarra estaba asistido por un músico negro increíble; sus percusiones parecían surgir de la selva amazónica, pero la última canción ha sido la española "Bésame mucho… como si fuera la última vez". He girado la cara para que no vieran como se me enrojecían los ojos.

 

Hemos pagado la cuenta. Nos hemos despedido con el habitual deseo de volver a vernos y, ya a punto de salir del local, he reparado en otra pareja que me miraban a la espera de que les reconociera. En efecto, los he saludado, pero al ver que tenían ganas de seguir una conversación me he sentado con ellos.

 

En esta ocasión hemos profundizado un poco más en nuestras vidas. Los dos son profesores logopedas. Ella además corre en la Maratón, pero mañana no. La han operado de un quiste en el pecho izquierdo.

 

Es la segunda vez. Está asustada. Le he mirado a los ojos. Los tiene hundidos al igual que las sienes. Se trata de una personalidad Causticum, es decir, en la cual los tumores aparecen de forma larvada, calladamente, sin dolor.

 

El resto de información me la ha ido dando con su conversación empática, sensible y amable. Le he dicho que tratándose del pecho izquierdo no tiene que preocuparse porque en ese lado los quistes son, en la mayoría de los casos, benignos.

 

He salido del local y he ido caminando lentamente por la Fregestraße arriba. Mis dos contertulios últimos me han alcanzado rápidamente y dándome las buenas noches han entrado en el 23. Somos vecinos. Al llegar a casa he abierto el ordenador.

 

No habían consultas. Lo he cerrado. Ya agotada, me he metido en la cama y con las caricias del olor de mi amor aún presente en mis sábanas me he dormido.


                                                                Johann R. Bach