12 mar. 2016

"Cada latido del corazón nos causa una herida,


POESÍA EN UN ENTIERRO DE LAGARTOS

Aquellos ratitos de reposo al sol junto a mi amigo el viejo lagarto en el jardín del hospital eran los mejores del día. Aquellos ojos saltones y estrábicos se habían convertido en algo cotidiano y familiarmente natural.

Un día que había llovido tardó bastante en volver a aparecer aquella sabia criatura, pero llegó en el preciso momento en que ya había comenzado a mover mi silla de ruedas.

"Creía -le dije en tono quejumbroso-
que esta tarde ya no vendrías".

"He ido al entierro -contestó pausadamente el lagarto- de la lagarta más vieja del jardín. Tenía buen corazón y siempre había ayudado en los partos de lagartijas jóvenes y juguetonas".

"Ha sido muy emocionante-continuaba diciéndome mi sabio amigo- ver todo el séquito de lagartos cubriéndose de la lluvia con tiernas hojas de nenúfar. Es, ya sabes, una obviedad decir que nada es duradero excepto el cambio".

"Cada latido del corazón nos causa una herida, microscópica, sí, pero herida al fin y al cabo: La vida sería un eterno desangrarse si no existiera la poesía, pues ella nos concede aquello que la naturaleza nos deniega:

una edad de platino que no se oxida, una primavera que no se marchita, un cielo de felicidad sin nubes y una juventud eterna.

                                                                  Johann R. Bach


no malgastes tu soledad dedicándola a una absurda búsqueda de la nada,


LIRIOS BLANCOS PARA UNA DESCONFIADA

Acostumbrado a la soledad,
no contesto algunas preguntas por la obviedad de sus respuestas. No obstante, de vez en cuando es de buena educación responder ante tales requerimientos. He pensado mucho en ti, en tus preguntas respuestas a otras preguntas o proposiciones encubiertas o francas y abiertas.

No se me ocurre decirte otra cosa que,
 mientras puedas mi amor, no malgastes tu soledad dedicándola a una absurda búsqueda de la nada, ni te persigas tozudamente por pasillos oscuros, amedrantada por la luz de la pantalla de tu ordenador.

Sal a pleno sol y fíjate en las cosas duras.
Piensa que el juego exagerado de las palabras no te servirá de nada si no lo apoyas sobre aquello que te rodea. Están las rocas -contra las que se estrellan las olas del mar- y los árboles y la gente y ¡tantas cosas que puedes tocar con las manos! Ten cuidado de que no llegue un día, con espanto, que los años te sobrepasen y te muevas únicamente alrededor de tu sombra.

Nunca me molestaron tus palabras,
sólo tu desconfianza hacia mi persona, las sospechas a medias que abren distancias entre las almas y, finalmente, no ver amor en tus ojos, me hicieron borrar los sueños.

                                                                                       Johann R. Bach

11 mar. 2016

Quiero –lo reconozco- ese chapuceo,


TELARAÑA DE COLORES

La debilidad narrativa de una araña
–mi cabeza es una gran lámpara, colgada del techo, intermitente, por momentos los motores de mis lóbulos cerebrales pasando a toda velocidad- responde a un deseo degenerado, lesivo y lunático: "Un deseo epiléptico, un deseo deforme, un discapacitado deseante y baboso".

Esa actividad narrativa
que me asalta intermitentemente como a cualquier otra araña que no se limite al aburrimiento en su telaraña convive afortunadamente con una concepción sobre el sexo como una necesaria forma de relación, como único modo de salir del letargo y abrirse al mundo:

Quiero –lo reconozco- ese chapuceo,
eso moluscoso que no te deja columpiarte sin premura sobre los finos hilos de nuestras hamacas de colores, que no te deja ni un respiro". En el mundo de las arañas todo está impregnado de una enfermiza sensualidad. Las arañas asumimos que sin sufrimiento no hay pasión, y que "enamorarse es el diluvio con nuestros habitables rincones electrificados". Somos como dos almas solitarias que viven en una caravana y en invierno se frotan como dos cetáceos.

Este torrente verbal
que es "La Telaraña de Colores", este flujo de conciencia desbocado, orgánico y sensitivo, surge de un estado de hiperestesia y disponibilidad perceptiva. La frontera entre realidad y fantasía debe ser valorada por vosotros amigos lectores pues yo como araña narradora me he limitado a escribir lo que he visto, oído, olfateado o… imaginado.

                                                                           Johann R. Bach

10 mar. 2016

Su cajón vacío encerraba supuestamente un espacio imaginario


UN CAJÓN DONDE GUARDAR EL VACÍO

A veces a una araña narradora como yo
se le atribuye una actividad fisgona que raya en lo neurótico. No es imposible que eso sea así y que realmente la capacidad imaginativa a la hora de emitir suposiciones no sea otra cosa que vencer mi propio ostracismo. Como ejemplo hoy os voy a explicar una curiosa manía de Dos Manos y cómo posiblemente se anude a un divertimento.

Dos Manos insistía en mantener en su casa
un cajón para guardar el vacío.

Él mismo aclaraba si algún compañero del trabajo se atrevía a preguntarle sobre esa manía -en la oficina de Correos tenía otro cajón para guardar el vacío- que la realidad sólo tenía una dimensión, como una ecuación de primer grado en una hoja de papel.

Probablemente
quería expresar el descontento por su dualidad. Escribía, era innegable, después de otros, sobre fragmentos y representaciones ficticias aunque posibles. Su cajón vacío encerraba supuestamente un espacio imaginario en el que la definición de distancia fuera un misterio:

La ausencia de dimensiones
no era sino la pura nada. En un mundo de esas características Dos Manos podía comprender cómo un hombre puede llegar a desvanecerse hasta ser impalpable. Para evitarlo escribía… escribía sobre mundos imaginarios. En una de esas cartas postales antiguas estaba escrito de su puño y letra lo siguiente:

Ni una mano sostiene todavía
la voz que domina la calle.

Los mínimos relieves en las aceras se deshacen,
entre los árboles el aire se desnuda
mientras las nubes permanecen.

Los restos del pálido paisaje
Son clústers habitados por los ángeles.

Dos Manos intuía, aunque fuera de forma somera,
que, al escribir, él mismo cambiaba aunque las circunstancias no se modificaran, que él como propio pensador sí cambiaba adquiriendo plena consciencia de su situación de absoluta soledad.

                                                                Johann R. Bach

¿Dónde está la madurez y el futuro de oro?


¿QUÉ ES EL AMOR?

Si le preguntas a trabajador rural
¿qué es el amor? sonríe, si le haces la misma pregunta al panadero responderá que no lo sabe, que se acuesta a las ocho de la noche para levantarse a las cuatro de la mañana.

Si esa pregunta tan sencilla
se la formulamos al herrero, se enoja y calla y el comerciante contesta en cuatro idiomas que no entiende la pregunta.

El sacerdote acostumbrado al amor al prójimo 
se ríe en tus barbas ante una pregunta sencilla sobre lo que realmente piensa.

¿Dónde está la madurez y el futuro de oro?

                                                           Johann R. Bach

Torpes sueños de Pigmalión ya no son esperanza


CARTA DE DESPEDIDA DE ELISA
                                                                                        
Ya todo es amargura. Torpes sueños de Pigmalión ya no son esperanza. Se alejan de mí ansias hipocráticas por el hosco camino de los imposibles. En los dominios de mi profesión, los límites de la mínima elegancia y generosidad se han visto asaltados por el engaño de los trepas, mientras que yo distante, empeñada en prolongadas discusiones y enredada en las marañas de mis colaboradoras he perdido el tiempo en busca de una conciencia espiritual que es humo (para una inmensa masa con ojos parcheados) y se halla en suelo extraño.
Presiento que el final está próximo.

Pero no en el sentido de esas agoreras que anuncian el fin del mundo con el único objetivo de ganar adeptas para sus sectas, sino en el sentido de que el final es mi final: los últimos sucesos  me han dejado un pesado cansancio. Todo se precipita en el vacío. Agobiada por una vida cargada de años y desengaños, pienso que la fortuna, como buena mujer, es áspera y desafecta con los viejos y denostada por las más jóvenes. Las personas que decían querer colaborar con la causa de una verdadera espiritualidad se rebelan (ah, ¡qué codicia la suya!) demostrando que no buscan más que su propio beneficio y se disponen a seguir viviendo de la mentira.

Pero lo que más me desalienta es que, de nuevo, el azote de la egolatría surge pérfido y sangriento bajo el disfraz de la espiritualidad. Las estafas así vistas, fructificarán cuatro veces más que los naranjos. Aunque por otro lado eso es también un signo de que en los próximos tiempos lo espiritual seguirá creciendo; y, que todos esos chupasangres morirán porque no tienen ninguna idea, real y propia, que ofrecer.

¡Qué lástima que yo no pueda ver esa Nueva Era! Las desventuras colman el ocaso de mi vida. A la oscura incomprensión de los míos he de añadir la desaparición -otra vez en la historia de la medicina- del interés en paliar el sufrimiento humano. La enfermedad, la desgracia, la tristeza y la depresión vuelven a ser –como siempre objeto de lucrativos negocios donde lo que prima es la cronicidad del enfermo para eternizar los beneficios.

Por mi parte paseo mi renuncia en silencio. En soledad, el ánimo se revela ligero entre los arbustos y las grises estatuas. Bajo la lluvia de noviembre siento que un tupido frescor destina la mañana a mis recuerdos amorosos y es cuando el rígido talante mantenido durante tanto tiempo se desploma. Tal vez me equivoqué de país o de época o, tal vez no supe dominar tantos arduos escollos como me acontecieron. Ahora sumida en la penumbra de la tarde que decrece acercándose al invierno, quiero tan sólo releer dulcemente mis queridos poemas, pues sospecho que mi desaparición de la escena será el preludio de esa esperada etapa de luchas intestinas para hacerse con el pequeño hueco que con tesón logré construir.

Dejé todos los valles de las vidas, dejando las caricias a mis hijos con la manos; codilleras de rosas que cantaban y me servían de apoyo, mares como pedazos de cristal bajo mis alas negras como cielo encapotado.

Me olvidé del cuerpo -el mío- a la fuerza; sirviéndome de él sólo como pauta para explicar el de otros; y, quise convertir mi sangre humeante en un combustible para mi piel para irradiar optimismo y entusiasmo contagioso.

A veces –es cierto- me refugié entre las telas de un absoluto del que ignoraba la forma y el sentido, pero no la fuerza (o la intensidad) con que acogía mi pasión. Creo, por otra parte, que no se tienen alas y se tiene la sombra de sus blandos movimientos.

Se tiene un horizonte que respira y que acompaña siempre la promesa resquebrajando lívido la losa de su confinamiento irremediable. El universo entero es para siempre al que dijo que no dentro de llamas.

Ahí quedarán mis palabras-libro en el rincón de donde quizá hubiera sido mejor que se hubieran quedado a reposar un poco más. En ellos he ido delimitando subliminalmente el gran cáncer de la humanidad:

El miedo y la traición por miedo. Pero para poder leerlos Hace falta una cierta dosis de generosidad que es precisamente lo que no abunda. Hay que buscar la luz que, por mínima que sea, es belleza y las galaxias nos la envían empaquetada en millones de clústeres.

Si ha quedado alguna cosa pendiente en relación con mi actividad profesional os podéis dirigir a Andrés y a Leo que quieren seguir al pie del cañón porque aún tienen mucha generosidad por repartir.

Dando las gracias a todos aquellos que, de una forma u otra, colaboraron en el proyecto de Homeo-Psycho (en especial a M. Amábilis, a Palas Atenea y a La Profe de Mates) me despido de todos vosotros.

A partir de ahora miraré pensativa como la callada vela que brilla en la penumbra del comedor mientras una mano de plata sirve la cena en una noche como esta con viento, sin estrellas, sin luna, con lluvia y ojos de té.

                                                                               Johann R. Bach

9 mar. 2016

Dormida, sí, en la pregunta de tus ojos, en la claridad de tu cuerpo.


AUTORRETRATO

Me desperté sobresaltada,
los finos hilos de mi hamaca tintineaban como cascabeles, un suave viento cálido llegaba desde la cocina. Me descolgué hasta la parte superior de la puerta y me colé siguiendo el camino marcado por el aroma del café.

Era extrañísimo verla fumar.
¿Puede haber mejor y más breve trazo para describir a Emilia? De todo lo que he narrado sobre ella nada más elocuente que ver cómo el humo del cigarrillo se elevaba hacia el techo como por una orden de sus suspiros.

Adiviné de inmediato

lo que pasaba por su mente: Se sentía cómo si cruzara una calle, cómo si no hubiera hecho otra cosa en los últimos cinco años. Se sentó en una silla y aún sosteniendo entre los dedos de su mano izquierda el cigarrillo apuró el café de la taza hasta la última gota. Luego tomó su cuaderno y escribió un texto que me pareció un autorretrato y que reproduzco literalmente:

En una corta noche báltica
de julio soñaste otra vez que yacías sobre la fría roca como en una camilla depositada ya como un mueble. Tus propios gritos te despertaron.

La luz penetraba cenitalmente
sobre las sábanas empapadas de sudor; sólo eran las cuatro de la mañana, el aire se había detenido y en tu mente aún resonaban palabras:

¡Venid a mirar conmigo –decías-
cómo era su extraña pureza! Dormida, un palacio de aluminio sin llaves.

Dormida, sí,
en la pregunta de tus ojos, en la claridad de tu cuerpo. Y entre tu boca y tus cabellos flotaba la música en tus sienes, iluminada entre tus luces juveniles, resbalando por tus suavidades ya sin vello el olor a violetas.

El color cobrizo
de tus hombros y tus senos de jardín hacían juego con tu frente de imposible, tus amarillas manos y tu sol desvanecido.

Sola de amor y de brazos
frente a una costa de adularias áridas, junto al mar de doliente senecio sostienes tu recuerdo.

Repartida en el cielo sonríes
y tus imágenes cromáticas difunden una vida de tenue transformación  de eternidad pálida.

                                                              Johann R. Bach

8 mar. 2016

¿Qué hacer en el Día de la Mujer?


DOS ENTRADAS PARA EL CAFÉ-TEATRO

Pierre se había presentado en casa de Emilia
sin avisar a las once de la mañana. La puerta no estaba cerrada con llave, así que había entrado sorprendiéndonos a Emilia y a mí. Aunque yo cuento poco, no sólo por mi tamaño de araña, sino porque mi único papel en esta historia es la de narradora.

Emilia se hallaba sentada
en su diminuta cocina, desayunando y leyendo el periódico. No cabía ni un solo plato más en el fregadero. Sobre la encimera se podía contemplar una sucesión de latas de conserva, botellas, ristras de cebollas, pan mohoso, cacerolas tiñosas y sobres con facturas sin abrir.

Pierre, mirando aquel conglomerado de reojo,
pensó que se parecía a una pintura surrealista que acababa de comprar en el "Marché aux Pouces". Emilia se quitó las gafas cuando él entró. Como la había pillado por sorpresa, su aspecto era espantoso. El cabello castaño, necesitado de un corte, estaba sucio y le colgaba en mechones apelmazado a ambos lados de la cabeza.

Tenía el cutis grasiento,
el cardigán viejo y dado de sí estaba del revés. El jersey que asomaba debajo le estaba demasiado ceñido y demasiado corto, y llevaba la falda torcida, y no muy limpia. Llevaba puestos los calcetines que usaba para dormir. Se encorvó, frunciendo el ceño y mirándole con furia como si le hubiera picado una cantárida –ya sabéis una de esas moscas cojoneras que de vez en cuando forma parte de los desayunos de las arañas.

Sus ojos parecían dos hendiduras más
entre las resecas patas de gallo. Las costosas lentes de contacto no habían funcionado. Ella pensó que, puesto que la había pillado por sorpresa y con aquella facha, no le quedaba otra que actuar con orgullo.

Pierre, oliendo a loción de afeitar,
había ocupado una silla sobre la que previamente había colocado una bolsa que había cogido del aparador y que parecía limpia. Intentó balancear la silla hacia atrás. Las patas se despegaron a regañadientes al tiempo que emitían un sonido de succión de la costra pegajosa del suelo. Pierre llevaba un traje azul oscuro con una camisa rosa casi fucsia y una corbata amarillo ocre con un estampado de pequeñas fresas.

Su pelo rizado, más oscuro que el de ella,
sin canas en las sienes, y con un rizo más cerrado que el de su exmarido, resplandecía de vitalidad. Sus labios, carnosos y rojos, estaban húmedos. El frío de la calle había teñido de rojo sus mofletes.

Ella no sabía qué decir.
Él viéndola turbada comenzó a hablar… y a dar órdenes…

Te voy a decir lo que vamos a hacer
–le dijo en tono cariñoso- y… no admito que me lleves la contraria: Te vas directamente a la ducha, te vas a poner guapa mientras yo voy a limpiar esta cocina, así que me vas a dar uno de tus pijamas para meterme en tarea. Luego vamos a ir al restaurante "Au Petit Pucet". Allí comeremos un menú baratito y ligero y después iremos a ver un monólogo en un café-teatro en "Les Grands Boulevards".

Mira ¿Ves? Aquí tengo las dos entradas.
Lo que hemos de hacer con el resto de la noche es cosa que discutiremos luego y sin la presencia de nadie que no seamos tú y yo.

                                                                 Johann R. Bach

7 mar. 2016

Era la voz de un mundo que ya no existía más que en mi memoria.


ANTES DEL PARTO de Emilia

No siempre estuve sola. Hubo un tiempo en que yo, Emilia Quarat una escritora ya consumada estaba contenta con la vida que me había tocado en suerte y mi marido me colmaba de atenciones; las obligaciones naturales de nuestra casa llenaban mucho espacio y tiempo en mi vida. Mi hermana no se cansaba de repetir que no debía dedicar tanto tiempo a la limpieza, pero si quieres tener un chalet con piscina y jardín para hacer cenas al aire libre, conversar con "amigos" hasta el amanecer no queda más remedio que trabajar duro. En una cosa tenía razón mi hermana: ¿Para qué todo eso? ¿Para qué tu marido pueda ostentar?

Poco a poco mi marido se fue distanciando de mí. Al principio lo atribuí a que no teníamos hijos, pero más tarde me enteré por casualidad que tenía una amiga que debía exigirle más y más espacio para ella y menos para mí. Pero eso no me molestó mucho. Llegaron por correo unos análisis clínicos cuyo contenido y su causa yo no entendí. Le llevé los papeles a mi prima Mónica. Resultaron ser la prueba de la incapacidad de mi marido para tener hijos. Si en aquel momento me pinchan no hubiera salido ni una gota de sangre.

A partir de aquel día noté que el olor del sudor de mi marido me daba náuseas y por suerte no me molestaba más que de vez en cuando. Incluso después de abandonar a su amiga por ser demasiado exigente logré que durmiéramos en camas separadas con la excusa que era mejor para descansar.

El día que cumplí cuarenta y cinco años invité a mi hermana y su marido, a Monica y su compañero de turno porque los hombres le duraban muy poco. También estaba mi madre, cuatro amigas de la infancia con sus respectivos maridos e hijos y por parte de mi marido acudieron unos veinte "amigotes" porque por lo visto era una fiesta como las anteriores: un velada más para su ostentación. Me sentí como una ama de llaves que no cobra. De repente a mitad de la cena decidí irme de casa.

Al día siguiente, con toda tranquilidad hice una maleta con lo imprescindible, le pedí prestado dinero a Mónica. Desaparecí de aquel mundo. Viajé con el primero que encontraba en mi camino. Sólo miraba que tuviera algo de dinero y que estuviera dispuesto a viajar.

Tuve momentos que hasta me divertía. No obstante las emociones se fueran amontonando en mi cerebro, había ya intuido que mi despedida de los hombres no sería tal y como soñé: algo me lo impedía: una conciencia exacerbada me alejaba por momentos de lo inalcanzable para un ser humano… Los hombres acabaron rehuyendo mis proposiciones. Busqué amigas que resultaron ser peor que los hombres.

¡Fue en esos momentos…! Hasta mí llegaron las notas de una música que volaba desnuda en una brisa no definitiva: ¡Esa era la voz…..! ¡La oía realmente! ¡La que tantas veces lograra descifrar a las noches de invierno, confiadas en su oscuridad!. Era la voz de un mundo que ya no existía más que en mi memoria.

Imperceptiblemente mi humor cambiaba, iba ganando notas cada vez más desafinadas. La presión de los cielos en días grises era agobiante y el resplandor conocido del amanecer estaba cegando la miope mirada que únicamente podía esbozar. Mis ojos estaban irritados enormemente como mi conciencia vigilante: el cerebro se resistiría a aceptar el choque inevitable con el azul deseado. ¡Tenía que disolverse pronto en el viento escondido tras las casas de cualquier paisaje!

Por momentos, todo fueron certezas de mi hundimiento irremediable en la dimensión de la que intentara huir durante los últimos diez años. ¡Mi destino estaba suspendido en las horas, el atavismo de mi herencia me impelía a hundir sus amputadas raíces en suelos ya hollados de los que nunca podría brotar ya verde, por lo que necesité de mucho valor para sustraerme a la ayuda de los últimos familiares y conocidos y aprovechando el choque dedos estratos todavía semidormidos, impactó con fuerza en mi popa, quedando desgajado de su existencia corporal…

Releo lo escrito. No entiendo nada.
¿Me estoy volviendo loca?

He bebido demasiado. Estoy borracha y a punto de parir.  Todo es silencio en este mediodía. ¡Uy! Eso suena a poema. Voy a ver qué tal bailan las letras hoy.

                                                                    Johann R. Bach

6 mar. 2016

Se tallan en madera los rostros de las marionetas:


MARIONETAS BAJO LA LLUVIA

Llueve y el cultivo de plantas se ve favorecido.

Amo los puros arroyuelos que serpentean entre la hierba un poco descuidada del jardín que sabe recoger la luz de este mayo. La lluvia me obliga a permanecer junto al gran ventanal… y a escribir.

El cultivo de las letras no necesita del trato mundanal. Ardua es la ciencia de la psicología, y, para lograr comprenderla, camino solo sobre el tablado de este teatro del mundo. Se tallan en madera los rostros de las marionetas: los rostros malhumorados se extraen de la madera de un estrycnos; los rostros alegres, del castaño.

Se manejan con hilos.
Con su arrugada piel, sus cabellos blancos y sus hundidas sienes parecen verdaderos ancianos; mas acabada la comedia, se derrumban inmóviles.

Igual que marionetas, los humanos pasan,
como en un sueño, por la vida. Entretanto la lluvia me obliga a permanecer junto al gran ventanal… y a escribir.

                                                           Johann R. Bach

Ella, Ella, eres Ella; y no te siento ausente.

   
                    LA NOCHE DE LA OBSIDIANA

Sólo en la noche de la obsidiana
se puede ver cómo se coagula la plata.

Ella, Ella, eres Ella; y no te siento ausente.
Tú que has elegido la noche para hundir tu cuerpo en el agua oscura, asumes –lo sé- mi amor, la sombra terrible de la maravillosa luna.

Escucha amanece.
Tu boca inventa los signos. Ámame otra vez.

                                                     Johann R. Bach