14 sept. 2013

Leyendo "Diario de un cura rural" de Georges Bernanos

  Gracia o El origen de una vocación

 

                                           Antiguos Baños de San Sebastián en Barcelona

Después de haberme peleado

con la sintaxis latina durante todo un curso lleno de satisfacciones y colmado por las buenas notas obtenidas, la euforia se me había subido a las cejas. Veía un futuro próspero a pesar de tener sólo quince años

 

Con los hombros fortalecidos

me dispuse a disfrutar del verano mediterráneo. Aquel año, por primera vez, no iría a Cadaqués, pues mis hermanos habían comenzado a trabajar y todo indicaba que aquéllas serían mis últimas vacaciones de escolar.

 

Iba, sin prisas, cada día a los Baños de San Sebastián.

En la bolsa azul de deporte no llevaba ni libros ni pensamientos; sólo una toalla llenando su vacío y dos bocadillos para pasar el día tendido al sol pegado a una cálida arena gruesa.

 

En aquellos años pocos turistas

–por no decir ninguno- visitaban las playas de la Barceloneta o de Badalona. Los pocos extranjeros que nos visitaban preferían la Costa Brava o Sitges.

 

Era raro, pues, encontrar

más de una veintena de personas tanto en la arena como en la piscina. Entre los habituales destacaba el "Tarzán" denominado así porque en cierta ocasión sacó a rastras un enorme tronco del agua porque amenazaba con su vaivén a los bañistas.

 

El Tarzán era un individuo

al que su juventud, su bello y bronceado rostro orlado con una cabellera rizada y su fuerza física le salvaban de calificarlo como un mendigo. No trabajaba en nada y pasaba todo el día en la playa.

 

Muchas mujeres le invitaban

a comer en pago de favores sexuales, pero ninguna de ellas se lo tomaba en serio. Él pacifico como nadie, se mostraba pasivo y hasta cierto punto tímido.

 

Cierto día al ir al bar

a tomar una naranjada asistí a una escena que nunca supe como calificarla. En la barra estaba el Tarzán con su pequeño bañador habitual con una mujer a cada lado. Su conversación parecía normal, sin altibajos, pero las dos mujeres se reían burlándose ostensiblemente de él.

 

Por la parte superior de su bañador

asomaba la punta de su pene en una incontenible erección y las mujeres se reían señalando los genitales de El Tarzán. Aquella escena me encendió. Salí del bar para no seguir viendo la escena.

 

Por la tarde intentaba olvidar aquello,

pero cuantas más vueltas le daba más me excitaba. Me puse a ver una película de Perry Mason en la poco atractiva televisión en blanco y negro cuando la vecina del piso de abajo vino a ver, como todas las tardes, junto a mi madre y a mí la película.

 

El simple roce de su brazo me excitaba más y más.

Otra vecina llamó a mi madre por algún asunto que no recuerdo. Aprovechando su ausencia puse al descubierto por mi bragueta abierta todo lo que podía aflorar de mis genitales.

 

La vecina enfurecida

con una mirada de disgusto y ofendida por mi actitud me dio un solemne bofetón que me obligó a abandonar el comedor y encerrarme en mi habitación.

La vecina siguió mirando la televisión

a la espera de que volviera mi madre. Con las mejillas encendidas más por la vergüenza que por el bofetón temblaba de miedo por la posibilidad de que le contara todo a mi madre.

 

Algo extraordinario debió pensar Amelia

para guardar silencio sobre lo ocurrido. Era una mujer algo delgada, vestida siempre de negro y con un moño que parecía rejuvenecerla. Sus ojos brillaban de una forma extraña cada vez que se hablaba de otras personas.

 

Amelia tenía cinco hijas.

La mayor, Fernanda, algo entrada en carnes perseguía a mi hermano porque era el único chico de su edad al que tenía acceso.

 

Recuerdo que siempre alardeaba de sencillez

en sus aspiraciones y su conformismo al decir que prefería una rebanada de pan con aceite y sal a cualquier manjar, pero la verdad es que tragaba todo lo que se le ponía delante como si fuera una lima nueva del cincuenta.

 

María la que le seguía

era bastante desagradable en el trato y sólo recuerdo de ella una mueca de disgusto en su boca que me hacía bajar la mirada y eludir todo lo que podía su presencia.

 

La tercera, Maribel, era de mi edad,

pero su dura musculatura apartaba de mí cualquier deseo libidinoso. No hacía más que hablar de correr y competir en carreras. Por otro lado eran chicas que no estudiaban y sólo pensaban en colocarse a trabajar en cualquier cosa sin más proyecto que cobrar una semanada.

 

Las dos más pequeñas

unas preciosas niñas de pelo de oro rizado casi no salían de casa y yo tenía entonces la impresión de que no eran hijas del mismo padre, pues el  marido de Amelia era un tosco funcionario de jardines municipales que estaba más en las tabernas que en casa. No era mala persona, pero le faltaba un ojo y eso me impedía mirarle a la cara como si al hacerlo pudiera ofenderlo.

 

Durante unos días Amelia evitaba venir a casa

si yo estaba presente. Esa actitud me llevó a pensar en si debía hacer algo como pedirle perdón o decirle que no volvería a suceder nada nunca más y rogarle que lo olvidara todo.

 

Pero algo me decía

que, de momento, era mejor el silencio; aunque en mí crecía la sospecha que tarde o tempranos surgiría algún comentario. Eso me hizo meditar en hacer algo que neutralizase esa posibilidad.

 

Leyendo "Diario de un cura rural"

de Georges Bernanos se me ocurrió algo que me marcó profundamente. Pensé en hacer correr la voz de que me sentía llamado a la fe cristiana y que había decidido ingresar en el seminario para alcanzar el sacerdocio.

 

Empecé por Gracia,

la vecina del mismo rellano de la escalera. Era una mujer de semblante sombrío que siempre hablaba de las desgracias de los desposeídos, de los pobres, de los perseguidos. Al igual que su marido tenía ya cumplidos los sesenta años.

 

Cierto día coincidí con ella en el ascensor

y cuando me preguntó –como solía hacerlo- por mis estudios, aproveché la ocasión y le dije que había pensado en hacerme sacerdote, sabiendo que a una persona espiritualista como ella no la dejaría indiferente y poco a poco correría la voz al resto del vecindario.

 

De repente su rostro cobró vida

como la estatua de Pigmalión, sus ojos se abrieron como nunca yo los había visto, los clavó en los míos y me dijo que quería comentar más a fondo esa opción por considerarla de una seriedad extraordinaria.

 

Gracia antes de entrar en su casa

me dijo que si me iba bien hablar del asunto al día siguiente. Bueno –le dije- cuando vuelva de los Baños de San Sebastián. Me preguntó asombrándome en extremo si me parecía bien acompañarme a la playa y así tendríamos toda la mañana para hablar del tema.

 

A las nueve de la mañana

tomábamos el metro que después de hacer transbordo en Sagrera y Plaza de Catalunya. Me intrigó más aun aquel vivo interés sobre mi futuro sacerdocio. Tenía por piadosa a Gracia, pero no hasta tal punto de acompañarme a la playa.

 

Su habitual vestimenta gris

había desaparecido en aquella mañana soleada del mes de junio. Se había puesto un jersey playero de rayas azules que hacían juego con su pantalón azul marino y sus wambas blancas. Tocada con un gorro de paja y su rostro embadurnado con una olorosa crema parecía haber rejuvenecido veinte años.

 

Durante el trayecto me explicó

una y mil cosas de cuando en su juventud iban las muchachas de los talleres a la playa donde jugaban con un artilugio que ella denominaba "diabolo", algo desconocido en los ambientes juveniles de mi época.

 

Desde la estación de Fernando

hasta la playa se colgó de mi brazo, cosa que me pareció normal. Al llegar a los Baños me hizo entrar a cambiarme primero en la caseta donde dejábamos la ropa y el resto de cosas.

 

Luego entró ella

y cuando salió me di cuenta que su cuerpo no era lo mismo en traje de baño que vestida. Tenía unas piernas que podrían ser la envidia de cualquier jovencita: limpias de venas y bien formadas.

 

A primera hora el sol no alcanzaba

el agua de la piscina y a la sombra el ambiente allí, a comienzos del verano, era demasiado fresco por lo que fuimos directamente a tumbarnos en la arena.

 

Poco a poco el sol iba calentando toda la playa.

Yo estaba tumbado de lado y ella sentada con las piernas cruzadas como en una posición de yoga frente a mí me hizo un discurso verdaderamente apologético sobre las inmensas posibilidades sociales de la función sacerdotal. Casi me olvido del motivo que nos había llevado hasta allí.

 

En un momento en que pasó

por delante nuestro el Tarzán, ella interrumpió el discurso y al ver que me saludaba me preguntó por él. Le expliqué lo poco que sabía sobre él, pero me sorprendió que Gracia halagase mi capacidad empática, virtud según ella necesaria en un sacerdote.

 

Fuimos al bar a comer un bocadillo

y a tomar un zumo de naranja. Estábamos solos y me dijo en voz baja como haciéndome una confidencia que el único inconveniente de ser sacerdote era que al aceptar el celibato la única solución era la masturbación.

 

De repente vino a mi mente la escena de El Tarzán

con su pene erecto por encima de su bañador. No pude evitar la erección. Para despistar le dije que desconocía esa palabra. Ella asombrada abrió aún más sus ojos y algo incrédula me preguntó si yo me masturbaba.

 

Mi sorpresa fue mayúscula

al ver cómo había girado la conversación. Dentro del bañador la presión de mi pene crecía y crecía. Yo seguí insistiendo en que no sabía qué era eso de la masturbación.

 

Se levantó fue a pagar las bebidas

y me llevó a la caseta. Entramos los dos y me dijo que me pusiera de cara a la pared para no verla. Creí que se iba a desnudar, pero en lugar de eso me hizo apoyar mis manos en la pared de madera y sorprendentemente me dijo que me iba a enseñar a masturbarme.

 

Me bajó el bañador

y me hizo abrir un poco las piernas. Con una mano me acariciaba los testículos mientras que con la otra rodeando la cintura me masturbaba.

 

En un momento dado empezó,

como sollozando, a emitir unos gemidos ahogados y la mano que tenía entre mis piernas desapareció buscando otro lugar donde colocarse y yo, a pesar de estar de espaldas sabía hacia donde se había dirigido.

 

A pesar de la fuerte erección

la intensa excitación no me dejaba eyacular. Me giré hacia ella y vi una cara desencajada con las mejillas pálidas y lacias y la saliva fluyendo sobre su pecho; su respiración entrecortada y a punto del desmayo.  

 

Me asusté al verla temblar,

la abracé y la besé. Aquel día comprendí cómo era de maligna su soledad y desde entonces siento simpatía por las mujeres maduras. Aquella confesión de mi intención de hacer correr mi inclinación a hacerme sacerdote se convirtió en uno de nuestros más dulces secretos.

 

                                                                                               Johann R. Bach

Todo ese afán de cerrar párpados...

LA FIEBRE DE LA ESPECIE

 

Vestido con una simple camisa y unas bermudas

como si no existieran panales llenos de abejas, aquí me tienes con los ojos desnudos ignorando las ortigas que lastiman

 

ignorando la misma suavidad del calor.

 

La fiebre de la especie

se ceba, cada dos días, en mi bajo vientre reclamando la medicina de tu saliva.

 

¿Te acuerdas?

Viví nueve meses sobre un pecho latiente, vi como los gorriones, pasando hambre, con golpes de ala sobre los cristales,

 

buscaban tu misericordia

refugiados en el helado balcón, con la tristeza anidada en los ojos y una mejilla aflojada por el placer e incapaz de retener la saliva.

 

La soledad, aparcada momentáneamente,

de lo inmenso mientras medía la capacidad de una gota de café para dulcificar tus sueños, hacía más gustoso tu beber en el cántaro.

 

Hecho pura memoria,

hecho aliento de un mínimo pulmón de un diminuto caracol me he arrastrado sobre los amaneceres espinosos, sobre lo que no puede tocarse con las manos.

 

El hielo, el hielo blanquecino,

fijado en tu jardín, impediría siempre el beso sobre tu colina, sobre la única desnudez que yo amo, y

 

de mi tos caída

como una pieza única no se esperaría un latido, sino un adiós yacente.

 

Después del trato que me diste,

me siento como la avispa imprevista, como el intruso que desde lo alto de la litera desciende como un ojo herido que se va a clavar, indefenso, en el cobalto.

 

Me siento como la previsión triste

de no ignorar todas las venas, de saber cuándo, cuándo a sangre pasa por el corazón y cuándo la sonrisa se entreabre estriada.

 

Todas las corrientes dulces

que salen de las manos, todo ese afán de cerrar párpados hasta la posición de los ojos de té, de dejar fluir la saliva durante el sueño, de convertirlo todo en un lienzo sin sonido,

 

me transforma

en la pura brisa de la hora, en ese rostro azul que siente más que piensa, en la sonrisa de la piedra, en la espuma que junta brazos jadeantes.

 

Era en ese instante último ¿te acuerdas?

en que los dos convertidos en un trepidante amasijo amoroso, se imponía la imperativa palabra:

 

¡Así...! ¡Así...! ¡Así...!

                                                                                       Johann R. Bach

En alegrías primaverales, sin orgullo de vanidades

¡QUÉ GRAN INVENTO LA MÚSICA!

 

¡Oh MÚSICA! 

 

Musa de tus expresiones,

cascada de entendimientos, melodioso cantar de dioses, lenguaje de la brisa, ríos de agua dulce, lírica de Serafines…

 

En tus partituras de señorío,

al canto de ruiseñores, eres pacífica y armoniosa halago de las Cuatro Estaciones, deleite de los sentidos

 

y de los vientos libertades

 en loor de los silencios por ser cáliz, lecho de virtudes, relax entre divinidades y flores…

 

Con tus poéticos sentires,

 y tu arte de finura y terneces, acaricias a los niños y a mayores entusiasmas.

 

En alegrías primaverales,

sin orgullo de vanidades, vas levantando ánimos al sentir de los talentos, que en regocijo y placer ofreces con tus alientos dulce vigor y hermosura

hacia celestiales encuentros.

 

                                                                                         Pilar Novales              

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Otros escritos de la autora en su Blog (clicando sobre el link)

POESÍA ROSICA DEL VERBO AMAR

http://poesiapilarnovalesderomeo.blogspot.com

13 sept. 2013

Aquejado de manera congénita de la enfermedad llamada romanticismo.

LA TONTERÍA DE LA JUVENTUD

            YUKIO MISHIMA el Samurai de Las Letras Japonesas

 

"Ya empecé a creer que la juventud

y la flor de la juventud son una tontería de muy escaso valor. Lo que no quiere decir que espere con ninguna ilusión la vejez.

 

Lo que queda entonces es el concepto de la muerte,

la muerte presente, momentánea, segundo a segundo. Parece probable que para mí ése es el único concepto realmente tentador, realmente vivo, realmente erótico.

 

Y en ése mismo sentido

parece probable que estoy aquejado de manera congénita, y por tanto incurable, de la enfermedad llamada romanticismo."

 

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Para leer el texto completo de Mary García sobre

NEUROLOGIA Y ARTE(YUKIO MISHIMA) clicad sobre el link siguiente

 

http://cerebroefectivo13.blogspot.com/2013/09/neurologia-y-arteyukio-mishima.html

 

 

Imaginé el cuerpo de mi amigo yaciendo en esos momentos ...

RELOJ DE CARILLÓN

 

Ayer me llegó la noticia

de que a un amigo le ha tocado la lotería. Miré la gran manecilla negra del dorado reloj de carillón en el momento de tocar las once treinta y nueve de la noche y observaba cómo avanzaba el fino segundero al ritmo del corazón con pequeños brincos contenidos.

 

Pensé que el tiempo a menudo se dilata

cabiendo en un día días, prolongándose en el sueño los rostros, las callejas que suben serpenteando hacia las colinas urbanas.

 

Imaginé el cuerpo de mi amigo

yaciendo en esos momentos con alguna compañía pagada a modo de celebración. Así es el mundo.

 

Dado que siempre fue un hombre

de buenos modales, al conocer la noticia su corazón debió comenzar a latir a ciento cuarenta pulsaciones por minuto suficiente taquicardia para alterar su buen tino.

 

Podía verlo sentado ante su pequeño escritorio

en la planta baja de su antigua casa modernista cuando le dieron las congratulaciones. El teléfono móvil se le cayó de sus temblorosas manos al oír el número del Primer Premio. Sólo la muerte podría haberlo sorprendido tan súbitamente.

 

El volumen de su cuerpo contrastaba

con su afición a los más frágiles objetos de vidrio antiguo, pero anoche –creo- que entre el no comer, el mucho beber y el no dormir con revolcones continuos sobre camas y suelos, debió perder por lo menos cinco kilos y otros tantos años.

 

A veces tengo la impresión

de que estoy destinado a vivir una vida larga precisamente para eso, para grabar en mi memoria la suerte de unos amigos que después de las buenas nuevas se olvidan de mí porque creen que ya no me necesitan.

 

Se equivocan. Uno no puede escapar

del nerviosismo del café cuando la fortuna llama a sus puertas. Esté donde esté necesitará aún más que antes a los amigos que siempre le acompañaron en los momentos de zozobra.

 

Vuelvo hoy a mirar la gran manecilla

del carillón y observo el fino segundero avanzando al ritmo de mi corazón –sesenta latidos por minuto- con pequeños brincos contenidos.

 

Son las once treinta y nueve.

Sólo ha pasado un día. Pienso en mi amigo y las largas noches de insomnio que le esperan rodeado de nuevos amigos.

                                                                                         Johann R. Bach

BARCELONA A TUS PIES

La vida puede haberte parecido peor o mejor, pero si aún estas en condiciones de ver las maravillas de una ciudad que a pesar de los pesares tiene vocación de amar y ser amada mira este video https://vimeo.com/71907595 y
 
observa detenidamente el erotismo del cuadro de 100 cm x 100cm delante cual escribo a los jóvenes de la primera, segunda, tercera y cuarta juventud. Mirándolo me inspiro.
 
                          Johann R. Bach

...nuestro vino helénico es muy diferente del persa

Yo, Homero y el vino

                                                              Homero es «el elemento

                                                              en el que el mundo griego vive

                                                              como el hombre vive en el aire».

                                                                                                           Hegel

 

Siempre me ha sorprendido

que  poetas, filósofos y artistas de todo el mundo griego me siguieran, criticando mis poemas, unos, los menos, halagando mi estilo, otros, los más.

 

Algunos me admiraban,

me imitaban y escribían raudos como el viento, citándome palabras que salían de mi boca por considerarlas bellas.

 

Decían de mí algunos pupilos, muchos de los cuales me siguieron en mis viajes a Colofón, Cumas, Pilos Ítaca, Argos y Atenas, que las flores nacían de mi hipérbaton. Era naturalmente una exageración pero, sabéis, aquello me gustaba. A fin de cuentas yo también era humano.

 

En cierta ocasión un famoso general

antes de una batalla me había pedido consejo para aumentar el valor de sus soldados. No siendo experto en esas cosas le recomendé lo que a mí me producía euforia:

 

tres buenos vasos de vino negro rasposo

de ese que expulsa la ansiedad de la boca, enardece el espíritu y da la sensación momentánea de ser capaz de realizar los actos que la timidez o la prudencia nos desaconsejan.

 

Es esa época,

cuando era conocido como Melesígenes, aún no había perdido la dicha de contemplar el cielo y el mar.

 

Así que me senté en una cercana colina

a ver el resultado de una desigual batalla en la que nuestros soldados en menor número –con sus estómagos ardiendo por el vino- vencieron a un ejército persa bien disciplinado.

 

He de confesar que nuestro vino helénico

es muy diferente del persa cargado de agua; y, puesto que ya han pasado los años y su fórmula ya no es ningún secreto puedo deciros de memoria que metí en las tinajas de los soldados antes de la batalla, miel, canela, menta y resina terebintina de pino piñonero.

 

Esa utilidad del vino la aprendí en mi juventud

mientras amas ya maduras rociaban con vino rojo oscurecido desde mi pubis hasta las rodilla antes de beber la miel que brotaba a borbotones de mi cántaro.

 

Yo solía esconderme entre las viñas

de Esmirna y Quíos, en medio del misterio de los efectos del vino que me proporcionaba la euforia suficiente para vencer mi timidez y, amar, entre verso y verso, como los otros, a doncellas ávidas de crecer como los racimos de uvas.

                                                                               Johann R. Bach

¡Es la vaina del rayo!

   LUZBÉLICA  DIADEMA  DE  LACHESIS

Eres la serpiente Lachesis

en tus sueños de amor. Te deslizas y ondulas como una corriente; un insomnio de café y un hipnotismo de tila son tus ojos; la punta del encanto es tu lengua…

 

¡Y atraes como el llanto!

 

Eres el abismo del beso.

Tu cuerpo es una deliciosa cinta, resbala y ondula  como una caricia… Eres la serpiente Lachesis en tus sueños de odio.

 

La fuente más venenosa

es tu lengua; la trigonocéfala forma de tu cabeza es la diabólica diadema, haz de la muerte; como un rito fatal son tus pupilas diurnas; y tu cuerpo brillante, estrecho como este verso:

 

¡es la vaina del rayo!

 

Si así sueñas tus vísceras,

así es tu mente: un cuerpo largo, largo de serpiente, vibrando eterna,

¡voluptuosamente!

                                                                               Johann R. Bach

Entre bellas montañas un simple Lago se refleja en el cielo

            EL  LAGO  DE  LOS  SUEÑOS    

Entras en la biosfera

después de atravesar el espacio exterior y por enésima vez ves: abajo el agua lisa y azul del gran lago cuyo nombre saben los geógrafos; donde tú naciste.

 

Entre bellas montañas,

un simple Lago se refleja sobre un cielo apoyado -como sobre columnas- en Pirineos, Atlas, Alpes, Apeninos, Mahya Dagi…

 

Meciéndose lentamente,

como un columpio atado a sólo dos puntos de desagüe: a la Atlántida por el poniente y a la roja tierra de descanso de los faraones por el oriente.

 

Tú lo conociste en la infancia

como Mare Nostrum. Entre las rocas y el agua están ahí, rincones poblados con buenas gentes que rozan los sentimientos y en un privilegio de presencia, despliegan una inmensa hospitalidad.

 

¡Ah!... Un paisaje como un espejo

donde hay un raro orden  y un olvido que afloja los miembros. Todos los sueños de paraísos se encuentran en esos pueblos blancos, costeros, mediterráneos como el bellísimo rincón de Cadaqués.

 

Bajo ese azul te preguntas

¿Para qué poseer, si ya se sueña? Sin respuesta, no recibes más signo que una repentina y fértil facultad de amar las cosas sencillas.

 

Cuerpo y espíritu se rinden íntegros.

 

El bienestar del mundo espiritual

bajo la luz del Lago de los Sueños invade por completo la piel, y el placer tiene el olor de las hojas del romero -que es un aroma que cura- El acuerdo es profundo.

 

Al igual que todos

tú también querrías recomenzar la vida; en ese pequeño mar una vida de los primeros sueños, añadiendo ahora, además, el sueño de retorno acompañando a tu amor a la casa donde naciste y llevando por toda fortuna, la joven alegría de un paquete de versos para comenzar otra vez como Ella y Él.

 

Un resplandor de eternidad

desciende continuamente sobre la belleza de ese Lago que espera a sus ansiados, -junto a gentes sencillas-  verdaguerianos atlantes.

 

Entras por enésima vez

en el mundo donde todo es posible: el Lago de los Sueños.

                                     

                                                                  Johann R. Bach

 

 

 

 

12 sept. 2013

¿MIEDO A APOYAR LOS TALONES EN EL SUELO?

ANDANDO DE PUNTITAS

 

  • El Equinismo

              LATHYRUS SATIVUS C30 

              CAUSTICUM C9

 

El amigo de mi amiga Claudia

vive en la Beermannstrasse junto al "Tapas 6" del Jens. Es un muchacho que no destaca nunca en la conversación; es callado, delgado, un poco escrupuloso y bastante nervioso.

 

Todo ello no tendría nada de particular

si no fuera porque anda como los caballos: con la punta de los dedos de los pies sin apoyar los talones.

 

Es una persona asustadiza. Es vegetariana.

Claudia me cuenta que su timidez es demasiado fuerte...y que cualquier enfermedad se le alarga en el tiempo con tendencia a no curar.

 

Se toma con paciencia

y comprensión todos y cada uno de los ataques de nervios y mal humor de su compañero, y participa con él en las tareas sociales que se llevan a cabo en Neuköln.

 

En Berlín abunda ese tipo de personas

que andan de puntillas, sobre todo en los pueblos de los alrededores. Son personas debilitadas y desgastadas con problemas de parálisis derecha, y con voz débil y ronca por debilidad pulmonar.

 

La tos en ellos pierde su fuerza expulsiva;

el catarro se les instala permanentemente. Los tendones se acortan y los músculos se vuelven reticentes a las órdenes, pero son voluntariosos y asumen su debilidad con notable entereza.

 

De vez en cuando yo como algo de carne,

tortillas hechas solamente con las claras del huevo (necesito comer proteínas) y me observo para comprobar que mis talones están fuertemente asentados en el suelo cuando ando.

 

Mis zapatos se me desgastan

principalmente por la parte trasera de los talones... En ese punto estoy orgullosa de ser Natrium muriaticum, aunque cuando veo una persona que anda de puntillas sin apoyar los talones al suelo no puedo evitar sentir que ese algo que le falta quizá es culpa de todos, mía también.

 

En tiempos de guerra,

muchas personas se ven obligadas a comer el forraje de los caballos y se intoxican, porque los humanos no tenemos las enzimas adecuadas para asimilar esos alimentos.

 

De esa forma ha habido en el pasado epidemias

en las que las personas padecían cuadros similares a los aquí descritos, obligándoles a caminar sobre las puntas de los pies: de ahí el nombre de equinismo.

 

Escribo sentada

en la diminuta barra del "Tapas 6" en la Beermannstrasse y Heike me comenta que su profesora de español, Carmen es la persona más dulce y amable que conoce en el Instituto Cervantes sito en la turística plaza Hackescher Markt.

 

En broma le pregunto

si anda de puntillas, como los caballos. Me mira asombrada. Le explico el caso del compañero de Claudia. Ríe. Bebe un trago de Paternina. Compartimos las patatas bravas y el chorizo a la sidra que Jens prepara con diligencia y alegría de que los clientes aprecien su especialidad de cocinero a la española.

 

Si yo no tuviera gran facilidad

para adelgazar, al igual que Heike, estaría hecha una vaca: las tapas que prepara Jens son las mejores que he comido en mi vida (sobre todo las croquetas de bacalao) y me imagino que esa riquísima cocina del "Tapas 6" me protegen del equinismo.

 

                                                                            Johann R. Bach