5 mar. 2016

cual tú, que ahí estabas


MÁS ALLÁ DE LAS VÍAS

Casi están ya olvidadas las luces
más allá de las vías,

qué dulce
su manera de alumbrar en la sombra, donde el oscuro pavimento ahora separa y

borra aquella nuestra cercanía
cual pisada en la nieve, cual tú, que ahí estabas, cual yo, que desolada, me vi lejos de todo.

                                                                              Johann R. Bach

el cielo se esclarece por obra y gracia del desapacible viento,


CAFÉ DE SÁBADO

Sin prisas ha salido a la calle,
ha respirado hondo al ver que los ciruelos bordes se han cargado de pequeñas flores.

Ya cuelga café de las ramas de los plátanos en la plaza
y todo fermento se ha deslizado aguas abajo bajo la presión de las máquinas de limpieza;

el cielo se esclarece
por obra y gracia del desapacible viento, sin embargo, la calle junto a la plaza, tan vistosa, tan incierta, parece esperar ser andada por ella una sencilla Dama Solitaria amiga de la noche y del mar

como si de nuevo fuera al encuentro
de un día más dulce una vez más.

                                                                                    Johann R. Bach

Recoge suavemente esa flor.

          
                     LA FLOR DEL CUERPO

Mira su cuerpo.
Mira como la luna lo ha encendido más que a la propia luna.

Recoge suavemente esa flor.
Déjate embriagar por su aroma y que la noche caiga sobre la noche.

                                                           Johann R. Bach

4 mar. 2016

tu música, tu dulce piel, tus montañas azules.


ENTERRAR UN TESORO EN VIERNES

Te vieron hacer bosques y subir montañas. Te vieron cavar en la arena de la playa con tus manos. Nadie fue capaz de adivinar dónde ibas. Te vieron buscar la sombra entre la luz que atravesaba las nubes, te vieron buscar los lobos entre la vida, y no pudieron entenderte.

Nadie sabe qué has ganado, pero sí lo que has perdido: tu música, tu dulce piel, tus montañas azules. Ahora es fácil decirte que no puede ser feliz quien entierra un tesoro, pero nadie te ayudó a limpiar de veneno las aguas donde tú bebías.

Viernes. 4 de marzo

Dicen que en otro tiempo el Río Segre arrastraba pepitas de oro como ahora al final de la tarde y todavía se puede ver a su paso por Lleida cómo resplandece sobre las casas lo que el poeta llama más o menos la púrpura soberbia del poniente cuando llegamos a su valle.

A su espalda -el Pirineo está nevado- la lluvia golpea los árboles rodeados de jardín. Unas horas más tarde, de vuelta en el coche, meditaré seguramente sobre aquel consejo de Kant en su locura: busca lo conocido, mira hacia las estrellas.

                                                                  Johann R. Bach

he hallado uno de tus mensajes.


UN MENSAJE EN EL ORDENADOR

Al registrar el contenido de mi viejo ordenador
he hallado uno de tus mensajes. Un mensaje que no leí en su día y al leerlo me ha dado un vuelco el corazón. Es un mensaje corto, escrito en tu lengua –tan parecida a la mía- y que te transcribo tal cual:

"Dende o derraidero outón
non sei que é de ti, i afellas que o sinto no corazón.

¿Qué che pasóu dende entón,
Vello das brancas guedellas?".

Estuve enfermo… muy enfermo…
pensando que morir –contigo- no podría,

pues uno de los dos debería esperar
para cerrarle la mirada al Otro.

                                         Johann R. Bach

Como en un teatro se apagan las luces para cambiar el decorado


SUEÑOS DE POETA

En este oficio –como en muchos otros- a veces uno está tentado de decir que la poesía no importa, que no es (para recomenzar) lo que uno se había imaginado.

¿Cuál es –surge la duda- el valor de lo que tanto tiempo anhela el escritor: la calma tan esperada, la serenidad otoñal y la sabiduría de la vejez?

¿Hay engaño o fraude en lo que los ancestros de voces tranquilas nos legaron? Cada vez es más difícil escuchar a aquellos que hablan de la sabiduría de los ancianos. Es preferible oír la pasión de los que hablan de su locura, su miedo al miedo y al delirio, su miedo a la posesión, a pertenecer a otro, a otros o a Dios.

Es obvio que la sabiduría deseable es la sabiduría de la humildad: la humildad infinita. No importa si pudo prender en el alma de un anciano o en la de un tímido y joven poeta. En no pocas ocasiones hay que lidiar con la idea del espacio vacío: El hueco entre los astros es recorrido por millones de fotones a una velocidad de vértigo y constatan millones de paisajes "vistos" en sus trayectorias, paisajes que aparecen y desaparecen en un instante.

Es como si el espacio estuviera lleno de militares, desalmados banqueros, hombres de letras no eminentes, algunos mecenas generosos como neutrinos, funcionarios que complican la vida a otros funcionarios, presidentes de comités que ignoran o han olvidado para qué se les paga y exigen respeto a sus canas, señores de la gran industria que pretenden hacernos creer que sus beneficios llueven del cielo cuando los hay… cayendo todos en la materia oscura.

Como en un teatro se apagan las luces para cambiar el decorado, con un hueco rumor de bastidores, movimientos de sombras entre sombras y todos sabemos que enrollan y se llevan la colina, el árbol y el paisaje, las altivas fachadas imponentes.

En los espacios abiertos o semiabiertos el poeta se introduce en el susurro de corriente y relámpagos invernales, aspira el aroma del indómito tomillo no visto y dibuja las diminutas manchas rojas que las fresas silvestres han ocupado sus pequeños lugares en el paisaje: La risa en el jardín, eco del éxtasis, no perdido sino exigente, que indica el esfuerzo de la partida hacia el Ápex y el nacimiento.

                                                                                Johann R. Bach

3 mar. 2016

No pude seguir copiando aquella sintaxis


DECLARACIÓN ANÓNIMA DE AMOR

No era fácil que Dos Manos se separara de su diario,
pero mi paciencia y tozudez en desentrañar los misterios que le habían llevado a ese repliegue espiritual me dio una de las recompensas más apasionantes de mi vida.

Poco a poco,
fui construyendo el mundo vivido por aquel humilde empleado de Correos. En efecto, Dos Manos había plasmado con pelos y señales cómo había vivido esa etapa en la que el crecimiento rápido se acompaña con la aparición de vello grueso sobre el labio superior, con el surgimiento de una voz ronca mientras que las manos se arrugan después del baño, y, cómo sentía sobre su cuerpo las miradas falsamente comprensivas de sus padres y vecinos.

Pero lo que más me conmovió,
fue el descubrimiento en aquellas páginas escritas con el corazón, aquello que hasta una sencilla araña como yo intenta "narrar lo inexpresable", rehacer un camino que ya no existe en ningún mapa ni en ningún recuerdo.
En aquellos días de tierna juventud, Dos Manos tenía una faceta diurna en la que le interesaban las chicas o mejor dicho, sólo pensaba en ellas.

En su diario explicaba con todo lujo de detalle
qué significaba él amar. En esas notas también se reflejaba la queja de que sus amigos del "insti" se reían de sus ideas y sentimientos calificándolas de tonterías. Son emocionantes sus palabras cuando explica qué significaba para él tener una amada y pensar única y exclusivamente en ella, prestarle atención, fabricarle forma de "escubidú" un "no me olvides" con finos hilos de plástico de colores, regalarle margaritas, perderse por los pequeños bosques urbanos con ella de la mano.

"¿Y allí…?" completaban los compañeros riéndose de él, pero, en el fondo ellos también querían hablar de cómo eran las chicas y de qué se podía hacer con ellas. Dos Manos insistía, una y otra vez, en decirles que amar a una chica podía ser muy hermoso… escribirle versos originales o no, sentarse frente a ella en una cafetería ante las tazas de chocolate caliente y las manos frías juntas sobre la mesa. Eran tiempos -cuenta con mayúsculas en el diario- en los que se descubrían los símbolos con los que se representan los sexos respectivamente.

Todo lo que escribía Dos Manos
tenía contenido y profundidad, pero lo que alteró los latidos de mi mínimo corazón, erizando todos mis músculos horripiladores de araña peluda, encendiéndome como una cerilla, fue el hallazgo de un poema titulado "Declaración secreta de amor" y que transcribo aquí tal lo leí.

Aunque apenas te has fijado en mí,
te he pertenecido desde que empezó el curso.

Me he sentado todos estos meses
en los pupitres más cercanos a la tarima desde donde he podido observar esos labios de los que salían maravillosas palabras de poemas clásicos antiguos, pero que en ti cobraban nueva vida.

Dicen que cuando te pica la araña Migale
te enamoras de tu profesora y no importa ni lo que explica ni su edad, ni siquiera si ella lo advierte: A mí me ha debido picar toda la familia Lasiodora.

Hermosa esa hora en que noto tus caderas,
tan cerca de mí –apenas siete palmos- que me siento invadido por tu aura de mujer animal.

El único contacto que tengo contigo
es tu maravillosa voz femenina penetrándome el cerebro casi hasta el mareo… Si supieras que sueño a diario contigo…

No pude seguir copiando aquella sintaxis
que nada tenía que ver con la de Proust -en la que cada oración tiene cámaras secretas, laberintos-, pues tuve que esconderme a toda prisa detrás del armario pues el estruendo de unos pasos ya pesados –los de él- se acercaban a la habitación de forma inusualmente rápida.

Jadeante y excitada en mi escondrijo
comprendí que la biografía era y ha sido durante toda mi vida de araña narradora la medida del entusiasmo que siento por alguien. 

Ignoro el impacto que tal declaración anónima de amor
-en caso de que llegara a su destinataria una entusiasta profesora de instituto- podría tener sobre una mujer madura, soltera por no haber dedicado atención a pretendientes poco interesantes, pero si algún alumno me hubiera dedicado –aunque fuera a escondidas- aquellas palabras en los tiempos en que me dedicaba a la enseñanza, creo que me habría quitado de golpe cualquier amago de hipo.

                                                                                     Johann R. Bach


2 mar. 2016

Dejé el libro (El Quijote) en un rincón y no volví a leerlo nunca más…


EL MISTERIO DE DOS MANOS

Tenía razón aquella señora cuando decía que Dos Manos

no bebía ni fumaba;
enjuto, rubicundo, se embriagaba de ira al oír las noticias en la radio; le gustaba observar, hacer examen de ingenios:

nunca la descripción adherida al ejemplar:
explosiones o piel ceñida al hueso en la mejilla, venillas y áspera textura bajando no adaptable,

olía la chaqueta de mezcla a la persona,
la persona y el olor, no olía la persona, sí la chaqueta, la chaqueta de Dos Manos era el puro ser.

También la descripción
que de él hacía Emilia la Dama Escritora era exacta. Pero yo como araña narradora que soy no me conformaba con esas generalidades. Así que desde lo alto del techo me dediqué a observar todos sus movimientos y, durante sus ausencias, leía, nerviosa, todo lo que escribía en su cuaderno negro tipo Moleskine.

En una de aquellas páginas
hallé la respuesta a su carácter nostálgico e intimista. El texto –que copié con puntos y comas- decía lo siguiente:

"Cuando leo a Séneca pienso que estoy más allá de toda fortuna humana, en la cumbre de una colina por encima de la muerte".

"Plutarco decía otro tanto de Homero,
porque sus padres, como al Niceratus de Jenofonte, le habían hecho aprender a recitar de memoria la Ilíada y la Odisea de Homero, tanto para hacer de él un hombre bueno y honesto como para evitar la pereza".

"Por mi parte al intentar hacer
lo mismo con El Quijote de Cervantes tuve tantas dificultades que renuncié a ello. Dejé el libro en un rincón y no volví a leerlo nunca más…"

Algo debió cambiar en mí
para llegar a jurar que nunca más trabaría amistad con otro hombre sin que antes me demostrara que era diferente a mí".

"De los hombres nada;
de las mujeres hasta sus uñas".

                                                                                 Johann R. Bach

no nos queda ninguna razón para rechazar vivir.

                                         
 LIBERTAD

Somos libres. 

Lo comprobé a través de nuestras confesiones:
no nos queda ninguna razón para rechazar vivir. 

Vivir, respirar hondo, saber que seguimos estando cerca. 
Incluso el pasado puede modificarse 
si nos tomamos el tiempo necesario. 

No todo ha sido descubierto y 
mucho menos cómo cada uno ha de vivir.

                                                                                      Johann R. Bach

El paso sonoro de las botas de tío Arturo molestó su recogimiento


VISITA A LA CATEDRAL CON TÍO ARTURO

La frente de tío Arturo era redonda,
blanca y brillante como una bola de billar. No era calvo pero su pelo completamente estirado hacia atrás y cargado de brillantina parecía sujetar toda la superficie de su cabeza. Nunca lo vi sin su bigotito –señal en aquella época de personas aseadas- y siempre tuve la impresión de que formaba parte de una cierta sonrisa cínica frente al mundo.

De él contaban cosas horribles, pero a mí me caía bien.
Me trataba como a una aristócrata y me explicaba cosas que nadie más que él lo hacía. Fue el único que presentía mi futuro: "serás escritora –me decía- pues tus ojos lo copian todo". Recuerdo que una tarde en la que el calor agotaba mis fuerzas me llevó en la grupa de su moto una Vespa de aquellas en que la rueda de recambio servía de portabultos. Me llevó hasta la plaza de La Catedral. Yo alucinaba viajando en moto con un señor vestido de militar pues todos nos miraban como algo exótico.

"Ven –me dijo-, vamos a tomar un poco de aire fresco".
Cuando corrí la cortina de seda verde que cubría la entrada de la catedral y entramos en la casa de Dios me sentí agradablemente reconfortada en cuerpo y alma gracias al delicioso ambiente que allí imperaba y a la suave luz mágica que penetraba de las vidrieras policromadas sobre la comunidad orante. Mayormente eran mujeres, arrodilladas en largas filas sobre bajos reclinatorios.

Oraban solamente con ligeros movimientos de labios
en musitación monjil y se abanicaban constantemente con grandes abanicos verdes, de tal manera que sólo se oía un incesante y misterioso bisbiseo y sólo se veían los golpes de abanico y los velos ondulantes.

El paso sonoro de las botas de tío Arturo
molestó su recogimiento y grandes ojos católicos nos miraron, medio curiosos, medio benevolentes y quizá pudieran estar aconsejando que nos arrodilláramos y nos echáramos una siesta espiritual.

Después de deambular entre los bancos de madera
salimos afuera y el calor de aquella tarde me devolvió a la realidad. Tío Arturo me dijo algo que no olvidé nunca: ¿Has visto los ojos asustados de esas mujeres? Piensan sólo en las cosas de Dios mientras ignoran lo que todo hombre ha hecho. ¿Sabes tú, que es lo que todo hombre ha hecho?

No; –respondí- toda seria.

Tío Arturo sonrió maliciosamente.
Todo hombre cuando va al campo y tiene ganas de orinar se saca la chorra y para distraerse mientras orina intenta orinar sobre cualquier mosca que se ponga al alcance del chorro de su orina.

Durante muchos años
estuve pensando sobre "aquel mensaje cifrado" y creí –en el mejor de los casos- que tío Arturo era un bromista-, pero muchos hombres me confirmaron que aquella observación sobre la forma de proceder de los hombres cuando orinan es totalmente verdadera:

Si no hay mosca, buscan una mota negra, hormiga o algo sobre la que echar su orina (¿su culpa o su mala suerte?). Así son los hombres.

1 mar. 2016

observé, a través del retrovisor, cómo los párpados de Emilia se abrían de forma notable.


LA SENSIBLE PALMA DE LA MANO

Cuando oí a Emilia hablar por teléfono,
diciéndole a Pablito que preparase el equipaje para el viaje a París creí que no me daría tiempo a parir. Yo no quería perderme el viaje y la oportunidad de narrar escenas diferentes de las cotidianas.

Afortunadamente dos días antes de la partida,
pude dejar colgado el huevo matriz de algunas decenas de huevos adheridos de forma que cuando eclosionasen las juguetonas arañitas podrían sin ningún problema alimentarse. Durante toda una noche estuve trasladando restos de una olorosa tortilla francesa al oscuro fondo de la alacena donde construí una de mis mejores telarañas de colores.

La siguiente noche me desplacé
descolgándome por la claraboya hasta el garaje y esperé pacientemente junto a la rueda trasera a que Pablito bajase con las maletas. Cuando abrió la portezuela del maletero sentí como aumentaban mis pulsaciones por la alegría del inminente viaje pues yo también soy una de esas criaturas que al viajar mejora su sistema neurológico.

Los hombres, ya se sabe,
no son todos del mismo tipo, y, naturalmente, aunque difícil de clasificar, Pablito debía pertenecer a alguna de esas categorías. Oficialmente, no era más que una especie de ama de llaves que se ocupaba de todas las tareas mal llamadas domésticas mientras que Emilia escribía y escribía, a diario, durante horas y horas miles de sensaciones.

En el barrio se consideraba a Pablito
un auténtico protegido de una "una escritora mayor". En la editorial estaban asombrados con la fértil producción poética de Emilia. La consideraban una verdadera anacoreta urbana pues en los bares de la zona todos sabían que no bebía y no fumaba. Los numerosos cafés eran el único exceso observable durante las mañanas a primera hora.

Sólo yo, una inquieta y observadora araña
estaba en condiciones de narrar toda aquella vida íntima de una famosa escritora. Es por ello que esperaba acontecimientos interesantes de aquel viaje. En efecto, después de un par de horas, después de haber cruzado la frontera sentí cómo la música que había seleccionado Emilia en la radio FIP de fuerte percusión se apoderaba de mi cerebro.

Un fuerte aroma acre
invadía todo el habitáculo y observé, a través del retrovisor, cómo los párpados de Emilia se abrían de forma notable. Desde mi posición no podía ver la cara de Pablito, pero no albergaba ninguna duda de lo que estaba sucediendo: él se había abierto la bragueta y mostraba su enorme verga.

Como buena narradora busqué un rincón
sobre la luz del techo de forma que podía ver efectivamente la escena que se estaba desarrollando ante mí. Creo que eran como las diez de la mañana, pero no podría asegurarlo pues el reloj del salpicadero estaba parado y parecía que era hora de hacer un alto en el camino para tomar un café.

De repente Emilia alargó la mano en dirección a los genitales de Pablito.
Él la tomó delicadamente y situó su palma abierta, sudada, sobre la punta de aquella protuberancia y con leves movimientos circulares excitando más y más a aquella dama como un premio inesperado. Emilia viró el volante, casi con violencia, introdujo el auto en el carril que conducía a "air de repos"; detuvo con una fuerte frenada el vehículo bajo la fronda solitaria y abalanzó sus labios sobre aquel instrumento de placer casi sollozando.

Poco después,
ambos entraron en los lavabos saliendo luego de ellos como recién peinados. Pasearon bajo aquel cielo de color índigo y volvieron con cierta nostalgia a poner en marcha el potente Honda y el viaje se reanudó hasta llegar a una estación de servicio donde tomaron un café y llenaron el depósito de gasolina.

A lo largo de aquel viaje se repitieron tres escenas más,
libidinosas, y que me reservo su narración como primicia para los próximos días, de la misma forma que Emilia se reservaba para ella, en su cuaderno rojo, sus propias impresiones.

                                                                              Johann R. Bach

Las cosas, los seres y la luz ante mis ojos tomaron la maravillosa forma del sueño.


NIEBLA DORADA Y TRISTE

Una vez, mirando fijamente el horizonte vacío de barcos,
entré en un sueño. Las cosas, los seres y la luz ante mis ojos tomaron la maravillosa forma del sueño.

Se cubrieron de una niebla dorada y triste.
Sobre todo y todos había un gran silencio en el espacio entre el cielo y el mar. Quedé preso, sumergido, alucinado por aquella luz y aquel viento que venía de un abismo desconocido.

¿Querrá alguien cubrir con una boca desesperada,
con unos ojos vacíos el portal que da a la vigilia? ¿Querría, quién sabe quién, si yo se lo pido -como te lo estoy pidiendo a ti- tiernamente, degollar el día?

                                                                       Johann R. Bach

29 feb. 2016

Poeta ayer, hoy triste y pobre filósofo trasnochado.


FILOSOFÍA

Se puede dudar de todo, pero de lo que no se puede dudar, mientras se duda, es de que se está dudando. He ahí la primera certeza.

Toda mi vida ha estado plagada de desgracias, la mayoría de las cuales no sucedieron nunca.

-Me gustas mucho.
¿No te interesa un novio formal?

-Es que estoy casada.

-Entonces tendrá que ser informal ¿no?

Un filósofo sólo busca saciar una curiosidad congénita. Y si además alguien lo contrata por ello llegará a conseguir la máxima felicidad.

Un sabio no es más que un filósofo inteligente. La mayoría de los filósofos no son sabios.

Por contemplar las estrellas puedes dejar las narices en el suelo.

Poeta ayer, hoy triste y pobre filósofo trasnochado.

Parece que los filósofos, de acuerdo con los científicos, se ingeniaron para vaciar el mundo de la presencia del hombre.

¿Cuál será el esplendor –decía el padre de una hija minusválida psíquica- oculto en este pequeño ser que no puede expresar nada a los hombres…? Margarita, hijita mía, eres para mí la imagen de la fe.

                                                                        Johann R. Bach

28 feb. 2016

Cae la noche con la amenaza de empeorar.


CAE DE LAS ALTURAS EL DESAMPARO

Hoy, el viento del anochecer no es apacible.
La luz tardía por última vez sobre el muro blanco va acompañada de frío y lluvia.

Cae la noche con la amenaza de empeorar.
Los pájaros hace rato que han enmudecido. Las luces se extinguen como si hubiera disminuido el número de vecinos.

Se oscurece el cielo nocturno.
Sobreviene el sueño tras el largo día del que no se podía esperar más que aguanieve.

Cae de las alturas el desamparo.
Se impone el silencio de miles de teóricos amigos -que presumen en Google de personas sociables- como castigo.

La oscuridad engulle en vano la voz.
Todo dormita en el barrio. Con el corazón en un puño se agita una campana como un final.

Calles en las que ni la nieve cuaja.
En la radio sólo se oye música enlatada ya caducada.

Por ningún lado nadie.

                                                                                     Johann R. Bach

¿Qué vienes a hacer sobre estas casas, en las que no estamos seguros ni ante nuestra propia vida


KATRINA BLUES

¡Katrina!

Nunca dejaste caer tanta agua
sobre esta ciudad.

¿Qué pretendes hacer aquí, donde es tanta la indigencia, y son tantos los seres que, a pesar de todo, creen en la música

único bien que poseen
en este New Orleans ya lleno de penas?

¿Qué vienes a hacer sobre estas casas,
en las que no estamos seguros ni ante nuestra propia vida, en las que vivimos como fugitivos junto a la huida, que ha entrado con nosotros?

¿Qué has venido a hacer Katrina
sobre nosotros, que estamos cansados y hemos dejado nuestro coraje fuera, en calles inundadas, asustadas?

¿Qué quieres de nuestros pequeños huertos,
que son más viejos que el más viejo de nosotros?

¿Tienes algún recado
para las cenizas de quienes hemos resistido, harmónica en mano, a tu huracanada violencia?

¿Por qué interrumpes
la melodía de todos esos viejos en su recordar inacabable? Los niños se han despertado y se sorprenden, y

hay como una cólera
en el aire que la madre no puede disipar. Ella estrecha los pequeños rostros, uno tras otro, sobre sus rodillas, pero cada rostro sabe y ya nada podrá ser como antes.

Había vida en New Orleans
y en los intersticios de la muerte antes de que tú vinieras. Sí, mucho antes de que llegases junto a nosotros había ya

dolores de todos los tamaños
y música de blues como única fuente de felicidad.

Ahora ya sólo nos queda recordar
el crujido de la madera y la oscuridad bajo la escalera mezclándose con las notas roncas de nuestras voces como un contrabajo desafinado.

Con todo el blues no traza fronteras
ni límites frente al bien y el mal, y frente a lo desconocido y sigue ahuyentando a los fantasmas en los espacios vacios, en nuestras habitaciones y a medianoche.

                                                                                            Johann R. Bach

Las nubes arrojaban fuego inquieto y sangre en los nenúfares como en crudas, rosas y blandas copas.


ENTRAR Y SALIR DE LOS SUEÑOS

Ayer tuve un sueño muy curioso
pues podía entrar y salir de él sin despertarme:

Bajo la arcada de los astros, Clara y yo, minúsculos, vivos, pero nacidos de las letras trenzadas en el libro de nuestra vida, trenzamos nuestros dedos para caminar despacio entre los que duermen bajo la lluvia de estrellas, bajo su luz y resplandor anaranjado.

Llegamos a un estanque de aguas limpias
que gorjeaban latiendo lentamente, reflejando entre sus pestañas una infinidad de llamas, provocando la meditación de todas las almas, de todas las mentes. Todo en mi sueño era poesía y me empeñé en recordar dónde había visto antes aquel paisaje. Sin despertarme conseguí recordar que el sábado anterior Tia Rosita nos había llevado al Parc de la Ciutadella y embelesadas nos quedamos un buen rato mirando a los cisnes del estanque.

En efecto, en mi sueño,
Clara y yo descendíamos los escalones cenicientos de una escalera helada, la misma del paisaje del parque y una vez identificado el paisaje me volví a sumergir entre ramas de acacias y rosas que en el ocaso llameante desgarran el velo del atardecer con sus duras espinas y extienden heridas silenciosas en el cielo con vagas líneas de púrpura y oro, de nubes que fluyen en una penumbra rojiza como las ubres, en verano, del escaramujo que se columpia en su rabito seco.

Dormía el estanque como el ojo de una mujer,
voluptuoso y castaño, donde los peces que nadaban, temblorosos, brillaban con sus cálidas escamas de ámbar y trazaban anillos en las ondas originadas por los cisnes. La luz del cielo repujaba con rubíes el empedrado de cristales de lo que era entonces el "insti" femenino Jacinto Verdaguer. Los arbolillos que crecían en la orilla del estanque olían a algas de agua dulce y bañaban sus raíces en la orilla.

Las nubes arrojaban fuego inquieto y sangre en los nenúfares como en crudas, rosas y blandas copas.

Los bancos de madera antigua cerca de la orilla del estanque se cubrían, entre las hojas muertas, de luces ocres. Los cisnes perezosos dejaban una línea de fuego entre las ondas y se sumergían en las sombras oscuras del ocaso, donde protegían la cabeza bajo las alas de plumas duras y espesas, esperando que les invadiera el sueño y permanecían inmóviles, atrapados en sus sueños fluidos como el mío.

Me desperté, voluntariamente, en el momento preciso en que el sueño había dado ya sus frutos placenteros. Pocos segundos después sonaba el despertador.

A partir de aquel sueño,
acogí la idea de que el sufrimiento de mi mermada salud me había adoptado como hija secreta y la nostalgia por una infancia recién abandonada me había expulsado del centro de un mundo podrido y lloroso. Todo me llevaba a rechazar esa parte de la humanidad que levanta tumultuosamente millones de hombres empujados a la desgracia sólo por haber nacido.

Interpreté mi sueño
como esa parte de los hombres y mujeres que, de error en error, se evapora como una cascada que se diluye en un pequeño estanque donde habitan blancos cisnes y pececillos de colores.

                                                                           Johann R. Bach