23 oct. 2015

¡Ni un minuto para la metafísica!


NUESTRO ENVEJECIDO PLANETA

Estaba tan absorta 
observando la calle desde la atalaya de mi silla de ruedas, cómo llegaban de dos en dos los autobuses repletos de gente que no me daba cuenta que mi amigo el sabio lagarto estaba tomando el sol en la parte baja del muro. Al verlo le he dicho si no tenía ganas de ver gente.

"Hoy - me ha contestado aquella noble criatura-
no he tenido el valor para contemplar -como otros días- esas caras típicas del mediodía cuando se apean del autobús.

Qué contentos están de sí mismos casi todos, cómo se pierden ante la perspectiva de una comida rica en grasas e hidratos de carbono (azúcares), cómo piensan aprovechar la presencia de los demás para hablar de la cena, de sofisticados vinos, la cama y... quejarse de lo problemático que es el metro.

¡Ni un minuto para la metafísica!

¡No tienen tiempo para entender la crueldad de las cosas!
Este Envejecido Planeta parece predestinado: una y otra vez nos vemos obligados a elegir entre formas más o menos nobles de sufrimiento"

Bajo la luz intensa del sol,
el pequeño saurio tenía un aspecto especialmente pálido y parecía respirar con dificultad el aire que transportaba el penetrante aroma de las magnolias en flor.

"Me encuentro bien
-respondía a mi preocupación por su salud. Recuerda, en caso de que algún día deje de venir a tomar el sol en este jardín Nuestro pequeño Paraíso, que todo está en todo.

Las estrellas más lejanas
influyen en la orla del cáliz de una flor. El rocío de la mañana contiene la neblina de la noche pasada. Todo está entrelazado por una omnipresente dependencia.

No hay nada
que pueda librarse del poder de todo lo demás. Y... sin embargo..., nuestro pensamiento se mueve, vuela..., libre.

Como el polen de la palmera
el amor viaja libre a través de miles de kilómetros, buscando el abrazo en la aurora.

                                                                     Johann R. Bach

20 oct. 2015

Ya está en la imprenta la novela "El Origen de Un Claro de Luna"


el origen de UN CLARO DE LUNA

                                                                                   Johann R. Bach



Tía Olga odiaba las persianas subidas hasta los topes a todas horas,


LAS ARAÑAS DE TÍA OLGA

Tía Olga no volvió a quedarse tranquila hasta que el último portazo de la entrada del edificio le anunció que su marido con toda certeza se había ido. El migrañoso dolor de cabeza comenzaba a ceder. ¡Cuánta claridad había en la habitación. Tía Olga odiaba las persianas subidas hasta los topes a todas horas, pero por las mañanas se le hacía insoportable.

Se sentó en la cama, se volvió hacía la pared del cabezal y ociosamente resiguió con un dedo el trazo de una amapola sobre el papel pintado, con una hoja, luego un tallo y luego un capullo carnoso a punto de abrirse (la fuerte migraña disminuía por momentos). Podía notar los pétalos pegajosos, sedosos,, el tallo peludo como la piel de la grosella espinosa, la hoja áspera y el capullo tirante y satinado.

Así solían cobrar vida las cosas. No sólo las cosas grandes importantes como los muebles, sino las cortinas y las texturas de los tejidos y las orlas de la colcha y de los cojines. Cuántas veces habría visto ella la borla de su colcha convertirse en una curiosa procesión de bailarinas con un séquito de curas ... Porque había algunas borlas que no bailaban, que sólo andaban majestuosas inclinándose en reverencias como rezando o cantando.

Cuántas veces se habían convertido los frascos de medicina en una fila de hombrecillos con chisteras negras; y el jarrón del antiguo lavamanos tenía una forma de apoyarse en la palangana como un pájaro gordo en un nido redondo.

Aquella noche Tía Olga había soñado con arañas -según me explicó luego, por la tarde. A pesar de haber sido un sueño no placentero, hacía esfuerzos por recordarlo hasta en los mínimos detalles. La parte más extraña de aquel cobrar vida de las cosas era lo que hacían. Escuchaban, parecían inflarse con algún contenido importante, y cuando estaban llenas a ella le parecía que sonreían. Pero sus maliciosas sonrisas secretas no eran sólo para ella; eran miembros de una sociedad secreta y se sonreían entre ellas. A veces cuando se quedaba de nuevo dormida en las primeras horas de la mañana, se despertaba y no podía mover un dedo, no podía siquiera mover los ojos a derecha o a izquierda porque ELLAS estaban allí; a veces, cuando salía de una habitación y la dejaba vacía, sabía tras el clic de la puerta que ELLAS la estaban ocupando.

Y había momentos por las tardes, cuando ella estaba arriba, quizás, y todos los demás abajo, familiares o vecinos de los que difícilmente podría librarse de ellos, no podía ir deprisa, no podía tararear una melodía; si intentaba decirse a sí misma, siempre sin darle más importancia: ¡Qué lata este viejo dedal agujereado! a ELLAS no las engañaba. ELLAS sabían lo asustada que estaba; ELLAS veían como volvía la cabeza a otro lado cuando pasaba por delante del espejo con una mano entre las piernas para evitar el prolapso uterino.

La sensación que tenía siempre Tía Olga era que ELLAS querían algo de ella, y sabía que si se rendía y se quedaba quieta, más que quieta, callada, inmóvil, algo ocurriría con toda seguridad. Con las cortinas bajadas, en la penumbra, con el silencio, el dolor de cabeza siempre cesa -pensaba. Abría mucho los ojos y oía en silencio como tejían sus finísimos hilos de interminables telarañas.

 Sí todo había cobrado vida, hasta la más minúscula, la más diminuta de las partículas, y ella no sentía la cama porque en esos momentos se libraba de la presencia de su útero, flotaba sostenida en el aire. Sólo parecía estar escuchando con sus atentos ojos tan abiertos, esperando a que llegara alguien que sencillamente no llegaba, atenta a que pasara algo que sencillamente no pasaba y las horas se le hacían eternas.

                                                               Johann R. Bach