5 sept. 2015

Canto ... a tu prolongada juventud aunque creas que mi canto es chulesco

FLORDENEU DE NOMBRE,  

Debieron haberte puesto por nombre Flordeneu
la esperanza de llenar de oxígeno la incipiente biosfera de muchos planetas que esperan convertir su hielo en suaves copos de nieve

Canto por ello a tu prolongada juventud.

Escribo con admiración
sobre tu casa donde la vida se mide como el grano, por litros y donde abunda la ternura como en los campos de algodón.

Te escribo a ti mujer sensible,
como yo, como tú lectora montón de carnes ruidosas y de ecos de conciencia, completo en el único fragmento de voluntad:

tu nombre portátil Flordeneu,
-desde mucho antes de que existieran los actuales teléfonos y/u ordenadores- es asimilable, pulido por las dóciles inflexiones de las mujeres,

incomprendido
a pesar de haber sido repetido cientos de miles de veces -incluso al oído-, vario, según el goce de las corrientes sociales y culturales.

Te escribo a ti mujer
en tu prolongada juventud; a ti mujer sensible como yo, a ti hombre también sensible como lector;

entre tus manos tienes
dispuesta para lanzarla, una bola de cristal cifra luminosa como tu cabeza llena de poesía.

Te escribo a tí mi dulce Flordeneu,
a ti que te espera el amor en el rumor -a pesar de los años acumulados- de un asombroso torbellino en mil brazos explosivos.

Mantente despierta Flordeneu.
No hagas caso de esas gentes que conciben la vida tan sólo en ejemplos demostrados mientras envejecen sin saber por qué enmohecen los goznes de sus cabezas.

Lee, pasea por la calle como siempre,
viendo cómo trepa la vida por los árboles, ama, pues siempre está fresca el agua donde confluyen tus amores.

Deja que la muerte te sorprenda
amando apasionadamente en tu dilatada juventud.

                                                             Johann R. Bach

Salí, no obstante, vibrante


UNA VOZ DESCOLGADA DE LAS CORTINAS

Entré en el hospital
con el ánimo por los suelos.

Un negro túnel cruzaba mi cabeza cocida
en un horno microondas retorcido

y agitado contra los metales de sus paredes,
tirado, barrido en un montón como la basura.

Salí, no obstante, vibrante
y vendados mis huesos con anchos surcos de crepúsculo

una palabra: convalecencia obligatoria y

una palabra seca y mate 
abrigada en las llagas de invierno

una voz descolgada de las cortinas
como único consuelo 

                                       Johann R. Bach

3 sept. 2015

Me replegué sobre mí misma.


LLEGANDO A LA CUMBRE DEL TURÓ DE L'HOME


En algún momento pensé
si Corinne esperaba que me abalanzase sobre su boca, si esperaba mis caricias o simplemente lo que quería era no estar sola, pero al mirarle los ojos sólo veía un vacío indescriptible y en sus labios una ligera línea blanca como si hubiera bebido leche que no eran precisamente algo erótico. Con esa pobre compañía de Corinne como vecina se acababan mis relaciones con otras personas del poblado edificio de París.

La invité a visitar Barcelona. Pero su silencio me indicó que nada esperaba de mí. Me preocupó durante algún tiempo aquella sensación de mostrarte dispuesta, útil, sentirte necesaria en contraposición al menosprecio por no colmar las expectativas de personas de ambiciones superficiales.

Me replegué sobre mí misma. Al principio intenté apuntarme a un centro excursionista, pero mi carácter retraído me alejaba de todos los grupos -muy cerrados, por cierto- y decidí ir haciendo excursiones en solitario. Fue así que un viernes a la tarde tomé el tren que me llevó hasta Sant Celoni. Desde allí cargada como una mula con exceso de alimentos en la mochila me dirigí caminando hacia Santa Fe.

A mitad de camino la noche cayó sobre mis hombros despiadadamente y me alejé un poco de la carretera, coloqué mi saco de dormir entre los pinos, miré al cielo para ver si había luna y estrellas, pero las nubes tapaban por completo el firmamento. Me quedé dormida sin darme cuenta. Me desperté un par de veces durante la noche y al amanecer mis ojos estaban abiertos como platos. El hambre me obligó a desperezarme y desayunar.

El sol salió temprano y las nieblas huyeron como fantasmas al tercer canto del gallo. Caminé de nuevo montaña arriba y detrás mío se cernía espléndido el sol, iluminando una y otra vez nuevas hermosuras. Evidentemente, el espíritu de la montaña del Montseny me era benévolo. Probablemente sabía que el poeta, o poetisa en su caso, es capaz de narrar la belleza; y, aquella mañana me dejó ver su Ápex respirando por el Turó de l'Home como estoy segura de que no todos lo han visto.

Pero también el Ápex me vio a mí como sólo Clara me ha visto: en mis pestañas centelleaban perlas preciosas como en la hierba del valle. El rocío matutino del amor humedeció mis mejillas, los susurrantes chopos, plantados en hilera junto al camino, me entendían, sus ramas se apartaban unas de otras, se movían arriba y abajo al igual que los mudos que expresan su alegría con las manos y a lo lejos se escuchaba un sonido milagroso y enigmático, como el tañido de las campanas de una iglesia. Se dice que son las campanillas de los rebaños, que en el Ápex están afinadas con amor y pureza sin igual.

En un recodo del camino me senté con la intención de comer algo y descansar y, sorprendentemente, me volví a dormir. Cuando abrí los ojos el sol había subido ya muchos peldaños de su marcha diaria. Por su posición juzgué que sería mediodía cuando me tropecé con uno de esos rebaños, cuyo pastor, un joven pelirrojo y amable, me informó sobre el camino que debía tomar para ir al lago de Santa Fe. Estábamos en una zona sin casas cercanas y por ello me alegró bastante que el pastor me invitara a comer con él. Nos sentamos para tomar un ligero bocado consistente en queso y pan. Las ovejillas atrapaban las migajas, las adorables terneras blancas saltaban a nuestro alrededor y hacían sonar traviesas sus cencerros mirándonos sonrientes con sus grandes ojos risueños. Disfrutamos de aquel banquete como reyes e, incluso, mi anfitrión me pareció un rey en toda regla y si me hubiera pedido desnudarme para que me entregara a él, lo habría hecho sin dudar.

En lugar de realizar mi deseo, nos despedimos amistosamente y, alegremente comencé a caminar montaña arriba. Pronto me recibió un boscaje de altos abetos que apuntaban al cielo mientras que sus coníferas colgaban cerca de mi cabeza. Un poco más arriba me topé con las enormes secuoyas, árboles por los que siento respeto desde todo punto de vista. Y, es que en mi imaginación me parecía comprender que su crecimiento no fue nada fácil y que en su juventud las habrían pasado moradas.

Mirando los árboles, apretándose unos con otros, alrededor del lago pienso en el trabajo que sus raíces tuvieron que realizar para romper la tierra granítica para absorber el óxido silícico base de la consistencia de sus tejidos y sus frutos las piñas, organizadas de tal forma que su estructura les permitiera sobrevivir a los incendios provocados por el rayo sobre los rastrojos del bosque.

A pesar de todas las dificultades meteorológicas, las secuoyas se han elevado hasta esa  imponente altura. Y abrazadas a las piedras, como si estuvieran soldadas a ellas, se yerguen con mayor firmeza que sus cómodos compañeros en el manso suelo forestal de la parte baja de la montaña los prolíficos castaños de La Batllòria.

El satisfactorio crecimiento de esos árboles era una gran esperanza para mí y mis problemas endocrinos: la esperanza en la propia naturaleza de la vida.

Lo más delicioso era ver cómo la dorada luz solar penetraba en la verde espesura de los abetos, las raíces de los árboles formaban una escalera natural por la que yo ascendía jadeante hacia el Turó de l'Home acortando así el sinuoso camino que conducía al observatorio. Por todas partes había mullidos bancos musgosos, pues las piedras estaban cubiertas de las más bellas variedades de musgo de siete u ocho centímetros de espesor, como si fueran almohadones aterciopelados de color verde claro. Por todas partes, un delicioso frescor y un ensoñador murmullo del agua de aquel minúsculo torrente. Aquí y allá veía cómo el agua goteaba bajo las piedras con brillo plateado, bañando las desnudas raíces y las fibras de los árboles.

Ante aquella fuerza natural yo me inclinaba escuchando a un tiempo las secretas historias de la creación de las plantas y los tranquilos latidos del corazón del Montseny. En algunos lugares, el agua brota de piedras y raíces con mayor fuerza formando minúsculas cascadas creando entornos idílicos para reposar. El murmullo y el susurro mezclados con los trinos de las numerosas especies de aves sonaban maravillosos; la nostalgia quebraba con el canto de los pájaros, los árboles musitaban a mi paso como mil lenguas de muchachas; como con mil ojos de novicias me miraban las extrañas flores silvestres que extendían hacia mí sus sépalos, de singular anchura y graciosamente dentados; juguetones centelleaban aquí y allá los divertidos rayos del sol; todo estaba como hechizado, todo resultaba cada vez más y más misterioso; un sueño milenario cobrando vida y ... el amante aún sin aparecer.

Después de un largo reposo en el observatorio y una exploración ocular de un mapa orográfico en relieve en una de sus pequeñas estancias me despedí del famoso y solitario meteorólogo padre de diez hijos emprendiendo el camino hacia Sant Marçal con la intención de subir a Les Agudes.

                                                         Johann R. Bach

entre árboles de oro


EN UN JARDÍN DESHECHO POR LA LUNA

Jamás vi su espalda,
jamás vi su frente excepto en sus fotos. Sólo sé que camina en mí con sus ojos de té, sedienta.

Recuerdo -la Noche Cósmica vigila eternamente-
que en un lugar parecido a un jardín deshecho por la luna entre árboles de oro, ella entró en mi alma callada,

como una Diosa del Amor.

Desde entonces camino
pensativo por bosques de eucaliptus como si pudiera llegar hasta ella Península del Amanecer Primero, Mañana del Recuerdo.

¿Me darà el mar el cóncavo vacío que no olvide?
¿Me hará puro de pura inocencia?
                                                                                                                                                     Johann R. Bach


2 sept. 2015

El Plà de la Calma era un auténtico y bucólico escenario


EN EL SILENCIO DEL PLÀ DE LA CALMA (fragmento)

Nadie hubiera creído lo que vi
cuando, insomne en aquel Pla de la Calma, salí fuera de la borda donde nos habíamos refugiado de la tormenta de granizo.

De explicarlo
me hubieran tomado por el mismísimo Diablo ya que las sospechas nunca significan para los humanos un designio positivo.

Abandoné el calor de mi saco
y el blando colchón de paja de aquél refugio de piedras hábilmente colocadas por algún providencial pastor, salí como la aurora al campo completamente blanco. El granizo lo cubría todo con sus granos esféricos llenos de gotitas de aire, caminé ligeramente para no enfriarme.

Junto al camino
había una enorme encina que parecía haber sobrevivido a los vientos de aquella meseta que parecía rozar el cielo. Me apoyé en ella y vi aquello que nadie hubiera creído que vi: Sintiendo que la temperatura del aire mejoraba todo parecía como si de repente hubiera entrado en los confines del Edén, en donde un deleitoso paraíso, en aquel momento más cercano, coronaba con su verde vallado como un rural baluarte la planicie de un erial escarpado -limpio ya del granizo caído-, cuyos bordes hirsutos de crecidos matorrales y espesa salvajez, negaban la entrada.

Pensé si estaba soñando
con el Valle del Silencio situado a los pies del pico Aquiana, en los Montes Aquilanos de la Comarca de El Bierzo en León. En la cima de aquel paisaje crecía insuperable una umbría de gran elevación. En ella estaban situados casi geométricamente cedros, pinos, abetos y copudas palmeras combinadas con castaños, cerezos, almendros, granados y naranjos.

Era un auténtico y bucólico escenario
y a medida que sus ramas subían superpuestas, de sombra sobre sombra, se ofrecía un boscoso anfiteatro de una majestuosa visión. Con todo –seguí grabando en mi retina-, por encima de sus copas surgían unos muros secos de piedra que parecían proteger bancales de dorados olivos, de verdor y de belleza llenos.

Y por encima de aquellos muros
se veía una hilera circular de los mejores árboles, cargados de los más bellos y desconocidos frutos, flor y fruto a un tiempo de doradas tintas, mezcla esmaltada de alegres y diversos colores; en los que el risueño sol imprimía sus rayos con más gusto que sobre nubes de una hermosa tarde en aquella meseta del Plà de la Calma,o sobre el arco iris cuando Dios ha rociado la tierra con la lluvia.

Tan hermoso el paisaje parecía
que casi me olvido de mis compañeros empeñados en la prolongación de sus sueños en un campo helado por el granizo en aquel gris amanecer. Si les hubiera contado lo que vi…

Si les hubiera contado
que me topé, frente a frente, con una dama que, con tan sólo un velo turquesa cubría su cuerpo; si les hubiera contado que, acercándome a ella sentí en el pecho una suave oleada de calor y unas corrientes eléctricas que partiendo de mi bajo vientre alcanzaban mis pezones; y, que llegué incluso tan cerca de ella que sus labios rozaron los míos…

¿Cómo explicarles que me dijo
"buenos días, que Dios te bendiga querida"; y, que así se borró de mi retina o del paisaje? ¿Qué hubieran pensado si les hubiera relatado que tan cerca había estado de su cálida respiración –suave boca, manos y cabello-, que sentí por primera vez en mi cuerpo aquella sensación en la que una mujer cree que ha tocado el cielo con la mano?

                                                                    Johann R. Bach

cómo su boca se abría para llamar a alguien


EL NUEVO AMOR DE TÍA ALICIA (fragmento)

El sombrío rostro de Tía Alicia
era lo contrario de la risueña cara de la prima Trinidad. Su semblante, lleno, de mejillas y párpados caídos es el que me viene a la memoria cuando alguien emplea la expresión "como manzana agria" su aire de un cierto disgusto.

Recuerdo que un día mientras miraba por la ventana la vi cómo bajaba a la cancela de la casa en aquel espeso atardecer de septiembre -de palmeras solitarias y violento sol contra los muros- y ya en la calle movía su cabeza como mirando a un lado y a otro, como buscando a alguien que no alcanzaba a ver, quizá el rostro de algún niño que se alejara entre el escaso tráfico de las últimas esquinas o que pudiera regresar de la escuela.

La vi cómo hacía gestos como de saludos que pronto se desvanecen pues nadie acude; cómo su boca se abría para llamar a alguien, despacio al principio, con inquietud después, por encima de la lluvia, pero de su garganta no parecía salir palabra alguna. Daba la impresión de que el paso de los años por encima de su rostro no eran la causa del borrado de la alegría de la juventud.

Vi algunos coches enormes con su antigua carrocería de madera circular por la calle. Ella continuaba aguardando, aunque se hacía tarde y la lluvia seguía. Pensé años más tarde que quizá sólo querría sentir la lluvia sobre su rostro, levantar los ojos y ver cómo se encendían las luces en los balcones de las casas vecinas desdibujadas tras la fina cortina de las gotitas de agua. Vi cómo aguardaba un poco más deseando que la noche se cerrara. Un autobús rojo se detuvo a tan sólo unos metros de ella y parecía que escuchaba a su lado animadas despedidas de gentes que regresaban animadas del trabajo. Y, sin embargo aguardaba -al parecer sólo para oír aquellas voces que eran la única alegría que recibían las puertas quemadas por el sol y los pasamanos donde crecía la herrumbre- sobre la acera de aquella calle que estaba sola, aún sin asfaltar no lejos del manicomio del barrio de Verdún.

Días después pude comprobar que

en el segundo en que un nuevo amor
se mostró como un meteoro,

su corazón tuvo al cielo entero
para recibir lumbre.

Fue mediodía en su poema,
supo que la angustia dormía

que no le bastaba
el optimismo de las filosofías

                                                                                          Johann R. Bach

1 sept. 2015

Tal como respiro


TERNURA DE MUJER

Tomo una poesía, la leo y la aprieto.

Casi imperceptible en mis dedos.

De su luz última brotan
sus significados reales y/o imaginarios
subiendo por mis venas mi brazo.

Hasta aquí.
Hasta el último signo de mi pecho.

Tal como respiro.
Mordiendo el aire me llega tu forma.

Una forma de la tierra húmeda.
Uno de los ecos de ternura de una mujer.

                                                               Johann R. Bach

Allá en lo alto parecía que iba a romperse la tapa del cielo.


VINO DE ESTRAMONIO

Aunque solo eran las ocho de una calurosa tarde
bebí tres vasos de vino de estramonio.

Al primer vahído me tumbé sobre la cama,
pero soñé cosas como si hubiera bebido vino de Hyosciamus:

Me paseaba desnudo
arriba y abajo por el pasillo esperando que tus ojos se posaran sobre mi piel.

Veía arder las flores de plástico del recibidor,
saltar en llamas la pecera con sus peces sin poder salir y mi corazón como un pájaro herido por un mar de mercurio sin límites.

Mis manos en cruz,
mi alma con su boca de mil siglos profecía acostada a mi lado con ojos húmedos y cuerpo de niño, se apercibían cómo se gangrenaban los dedos congelados.

Allá en lo alto parecía
que iba a romperse la tapa del cielo. Me desperté sudando. Anochecía.

¿No notáis en lo que escribo que anochece?

Desde muy joven, la prima Trinidad escribía cosas que yo aún no podía entender. Se escondía de la tristeza de su madre Alicia. Su padre Antonio murió al caerse de un tranvía. Era un buen hombre que se declaraba ateo y defendía siempre que podía una postura ética ante la vida. Era enemigo de todo cinismo y creo que Trinidad siguió todos sus pasos a pesar de la corta edad en que se quedó huérfana.

Repetía, a la menor ocasión, que la mujer siente una particular atracción por aquellas formas de la cultura que son más próximas a la experiencia humana. Defendía la idea de que la mujer es fértil intelectualmente hasta edades muy avanzadas.

Y se rebelaba contra aquella realidad social que hace que la relación de la mujer con su propia vida esté cargada de servidumbres. No es que no fuera guapa, inteligente y de una gran disposición de ánimo, pero envidiaba a los hombres que no han tenido que enfrentarse nunca al gran problema que aquellos tiempos era la virginidad, ni conocen la maternidad, ni el aborto, ni el estigma de la belleza física; y tantas cosas más que han hecho de la vida de la mujer un espacio cargado de silencio y de destrucción.



                                                                 Johann R. Bach