28 jun. 2014

Paul corrió al encuentro de Agnes y la arrastró literalmente hasta una pequeña hondonada, allí la cubrió con su propio cuerpo.

LOS COMPAÑEROS DE PAUL LAFITTE  (V)

 

LOS COMPAÑEROS DE PAUL LAFITTE

 

Los compañeros de Paul Lafitte

establecidos y organizados en Hof enviaron un mensaje indicándole que la guerra había dado un giro importante y que estuviera preparado para un posible golpe de mano en la zona.

 

Acostumbrado a las mentiras

de los partes de guerra y a las batallas de mensajes falsos cuya finalidad era la de dar moral a los combatientes, sonrió y se dispuso a escribir las sensaciones sobre las que nadar aunque no se vislumbrara la orilla.

 

Agnes le traía papel

que robaba en el instituto de Gera pues ya comenzaba a escasear. Su caminar erguido se distinguía desde lejos por sus anchos hombros como un libro abierto. De grandes ojos y tez blanca parecía hermana de Sofía y no su hija.

 

Verla al lado del camino

con su pelo de oro haciendo juego con el campo de alfalfa y caminando deprisa como si quisiera deshacerse lo antes posible del objeto robado era como un cuadro de Monet.

 

En efecto, los alemanes tienen tendencia

a considerar todo pequeño hurto como un crimen y toda liberalidad se convierte en una colaboración con el enemigo. Si era descubierta por satisfacer las ansias de escribir de un prisionero se exponía a graves consecuencias. 

 

De repente aquel idílico cuadro

de una muchacha atravesando un campo de alfalfa se vio inmerso en un auténtico infierno: las bombas caían aquí y allá abrasando los campos.

 

Paul corrió al encuentro de Agnes

y la arrastró literalmente hasta una pequeña hondonada, allí la cubrió con su propio cuerpo. El aire flotaba un negro fragor como negra era la inmovilidad. La brisa caliente olía a azufre y leña quemada y el terror se extendía cegando la tarde.

 

Cuando el bombardeo acabó

todo permanecía quieto como si fuera posible la repetición de aquellas oleadas de fuego. En medio del sonido de sirenas de alarma antiaérea Agnes conoció sus primeros besos y el sudor de una piel masculina: el cálido grito de la anémona quería sustituir el verdor de los campos.

 

Aquel bombardeo convenció a Paul

de que, en efecto, la guerra había dado un giro importante. Al amanecer vio a través del pequeño ventanuco del cobertizo cómo Dieter y su cuñado Hans se despedían con efusivos abrazos de Thomas –el abuelo- Monique y Sofía –sus esposas- y de su hija Agnés.

 

Paul era sólo un prisionero

del que ni remotamente pensaron que fuera un humano merecedor de una despedida. No importaba el tiempo que había estado arañando la tierra para arrancar algunos alimentos destinados a la familia. Se sintió dolido.

 

Poco después Thomas, cabizbajo

y sin mediar palabra, abrió la puerta del cobertizo y le dio una pala para reanudar el trabajo.

 

Durante más de diez días

no tuvo contacto más que con Thomas. En el ambiente se palpaba un endurecimiento en el trato de los prisioneros. Sus movimientos se redujeron al trabajo junto a Thomas y el resto del tiempo era encerrado en el cobertizo.

 

Por suerte tenía algunas octavillas

de papel en las que escribir. Con su diminuta letra Paul administraba el espacio del papel como los alimentos que le procuraban.

 

                                                             Johann R. Bach

27 jun. 2014

Mi brazo ya no lanzó más el alma a lo lejos en días que el sol volaba bajo, tan bajo como el pájaro. La noche los apagaba a ambos ante mis ojos.

DEJÉ DE SONREIR

 

Dejé de sonreír

en la mañana más fría de mi vida.

 

A veinte bajo cero,

con las manos en los bolsillos, recorriendo las calles cubiertas de nieve y hielo dejé de sonreír.

 

Dejé de sonreír

porque la alegría se había alejado bruscamente de mi corazón. Caí sobre la acera helada

 

quedándome sólo la tristeza

al saber que vendrían días de infelicidad al percibir con angustia infinita que había olvidado cómo fueron los días de desamor de épocas ya olvidadas.

 

Me aferré a mi dignidad

como náufrago a su tabla como una obligación ética antes de considerar el suicidio ante tanta desesperación.

 

El dolor que me sobrecogió,

con la caída, en la espalda era incomparablemente más dulce que el que me embargaba el corazón.

 

Una idea única se abrió paso

en mi atribulada mente: marchar y no volver nunca más a ese país donde el hielo invadía hasta el corazón humano.


Rogando al destino

que no me abandonara, que, por piedad, no me hiciera sufrir más me bebí mis lágrimas

 

fingiendo

con una mueca extraña en los labios que sólo el dolor de huesos de la caída se hundía en mi alma.

 

Nunca hice teatro de mis penas;

 

No tuve más remedio que aprender

cuando comprendí que el amor se había retirado irremisiblemnte. Me marché de la ciudad fingiendo indiferencia

 

aunque ella sospechara

que era yo quien, en silencio, sufría

 

Aprendí a ahogar la pena

y enmascarar el gran dolor pues sólo las personas alegres encuentran alegría sustitutiva.


Retuve oculto el hoyo en mi pecho.

Camuflé el infierno surgido del hielo y que quemaba pasión.

 

Aprendí a guardar el llanto

como indicaba en sus canciones Charles Aznavour

 

hasta más no poder.

 

París fue consumado por mí

dos días más tarde. Allí decidí vivir aunque fuera provisionalmente.

 

Mi brazo ya no lanzó más el alma

a lo lejos en días que el sol volaba bajo, tan bajo como el pájaro. La noche los apagaba a ambos ante mis ojos. tan bajo como el pájaro. La noche los apagaba a ambos ante mis ojos.

 

Aprendí a amarlos.

 

Claro que ella era tierra

de noche baja –casi boreal- y de hostigamientos que se colaban por insospechadas rendijas de mi memoria,

 

pero supe al fin

que no estoy solo por estar abandonado. Estoy solo porque estoy solo, almendra cercada dentro de su huerto.

 

                                                               Johann R. Bach

 

 

Las dudas del día y las dudas de la noche, el sí y el cómo extraños de una pasión, dentro de una cabina de una camioneta varada al borde de un camino

 LA EDAD DE LA LUZ  (IV)

 

 

A Paul Lafitte le parecía que la luz tenía edad:

nacía, maduraba, envejecía y moría en la noche escondida tras la propia sombra del planeta.

 

La espera excavaba en aquellas noches

un insomnio vertiginoso sobre los campos de alfalfa vigilados por escuadrones de valeriana. La combinación de ambas plantas daba vigor a sus músculos y tranquilidad a su alma.

 

Entretanto, en el cobertizo,

bajo la paja, se acumulaba poco a poco gasolina en espera de la deseada fuga. En el almacén de abonos de Hof conoció a un grupo de prisioneros que trabajaban allí desde hacía dos años.

 

Uno de ellos le dijo en voz baja

"si conocía Grenoble". Sus ojos se empequeñecieron para evitar el chorro de luz que estaba iluminando sus pupilas. Esa era la consigna del maquis provenzal.

 

Le contestó que "él no pero su hijo sí"

a modo de contraseña. En un momento dado Firmin le colocó en su bolsillo un papel doblado que no leería hasta llegar la noche. Simulando decirle algo sobre las ruedas, le indicó una pequeña cavidad entre las ballestas y le nombró la palabra correo.

 

La camioneta iba dos veces por semana a Hof

con lo que se estableció un correo regular entre todos los componentes del maquís en la zona. La información pasaba a través de la vía checa de la resistencia.

 

La actividad para una fuga

en toda regla había comenzado. El peligro de ser descubiertos también, pero saber que contaban con la ayuda de los sudetes les animaba como una aurora.

 

Durante tres semanas el correo funcionó

a las mil maravillas, luego quedó interrumpido sin saber por qué.

 

A las cinco de la mañana

el runruneo del motor de la camioneta despertó a Paul; pocos segundos después la puerta de su prisión se abrió y sorprendentemente era Monique, la mujer de Dieter, la que requería sus servicios.

 

Paul se sentó en la amplia cabina

junto a ella. A pesar de la oscuridad de aquel amanecer adivinaba su perfil: era hermosa, algo corpulenta y con cierto aire empático en sus movimientos.

 

La camioneta avanzaba lentamente

por aquel camino helado y lleno de socavones. Paul la notó excitada por su proximidad y no pudo evitar acariciarle la rodilla con suavidad.

 

Todo, absolutamente todo

se puso patas arriba. Lo que no habían conseguido los continuos bombardeos o el goteo de pérdidas humanas se despertó entre dos enemigos irreconciliables:

 

La madre, en casa,

la que puso tranquilamente los platos en la mesa para la cena durante tantos años se esfumaba bajo el calor de una amorosa mano.

 

La madre de palabras dulces,

inmaculados su gorra y traje que habían exhalado el olor sano de su persona, pasaba a pensar en las mariposas que revoloteaban en su vientre.

 

La figura del padre, Dieter, fuerte, arrogante,

viril en las formas, mezquino, colérico, injusto, con su golpe y palabra violentos, con su pacto estricto y sus añagazas se hundía ante una acaricia de la música de una viola de gamba entre las piernas.

 

Las costumbres, el lenguaje educado de los visitantes,

los muebles familiares… Todo, absolutamente todo se tambaleaba.

 

Sólo el efecto que no permite contradicción,

el sentimiento de lo que es real, la idea de que pueda al cabo no ser real como el corazón anhelante y amoroso, se mantenía en pie en aquel paisaje helado.

 

Las dudas del día y las dudas de la noche,

el sí y el cómo extraños de una pasión, dentro de una cabina de una camioneta varada al borde de un camino de una llanura llamada a convertirse en un infierno eran en su conjunto

 

destellos de lo que nunca

se debió haber modificado: hombres y mujeres apretujándose en rincones nunca pensados para ello en el instante, bellísimo, en que la luz comienza a nacer.

 

                                                               Johann R. Bach  

26 jun. 2014

Sí, sí. Es mi retrato. No quiero perder más tiempo contemplándolo.

YA SÓLO FALTA LA MISTICA

 

En lucha contra mis propios escritos

nadie pudo arrebatarme jamás aquella dimensión de luz salida de la inteligencia de las experiencias, ni nadie pudo

 

derrocar el luto de la fe perdida,

aquella fe tan grande y transparente como el roble que se parece a un bello árbol infinito.

 

Yo misma me sorprendía

día a día mientras robaba la vida, fugitiva de mis designios de amor. Nadie me escuchó con suficiente atención y he tenido que ver cómo los barrotes del silencio crecían y reforzaban

 

la celda de cristal de roca

y me arrancaban los cabellos mientras lloraba, reía o esperaba que alguien me contestara la pregunta sagrada: ¿Qué era eso del Señor?

 

De la idea de su existencia,

después, saqué fuerzas para resistir el martirio que sobrevolaba por encima de mí como una mariposa viva. Consumé el amor, aún en mi soledad incluso lejos de los dioses.

 

Pero finalmente volví a la ciencia

del Dolor del Hombre, que se fue convirtiendo poco a poco en mi ciencia.

 

¡Oh noche!

 

Libera mi corazón

de esta agobiante estación de amor llena de recuerdos secretos. Él es la tierra, pero la tierra quiere ser fecundada y yo ya no tengo semillas.

 

¡Oh noche!

 

Si escribir es una culpa

por qué Él me dio el don de la palabra para hablar con trémulo lenguaje de amor a quien quiso escucharme.

 

Cargada ya de años

y a punto de entrar en la cuarta edad en la que las sienes son pura ceniza y ya se han cerrado los poros del pubis ¿dónde encontraré un pellizco siquiera de buena hierba?

 

¿Qué sabe nadie de mis conventos?

¿Quién sabe nada de la madura gracia de las santas? ¿y de las grandes almas enloquecidas?

 

¿Qué puedo encontrar

entre los hosannas de un hombre culto, pero vacío de cualquier contenido humano?

 

En algún lugar se halla el canto,

en algún otro, la palabra; y, nadie se atreve a pronunciarla: Locura, mi mayor y joven enemiga.

 

Durante un tiempo llevé mi soledad

como un velo sobre mis ojos hasta que se me cayó. Causa y síntoma de mis infortunios la actitud taciturna en mi juventud fue voluntaria y deleitosa:

 

era agradable al principio concebir

y meditar a ratos sobre cosas "presentes, pasadas o por venir". Aquella especie de inofensiva locura me eran tan placenteros que podía pasarme días enteros y

 

noches sin dormir,

incluso años completos en dichas contemplaciones y meditaciones fantásticas que eran como sueños y difícilmente los interrumpía voluntariamente.

 

Pero en algún momento la escena

cambió de repente por algún mal objeto a partir del cual la compañía se hizo insoportable porque me había habituado a los lugares solitarios y me incapacité para reflexionar sobre temas agrios.

 

El temor, la tristeza, la sospecha,

el pudor rústico, el descontento, las preocupaciones y el cansancio de la vida me sorprendieron con la dolorosa alarma de la congestión de mis cervicales señal inequívoca de fracaso.

 

No puedo negar que saqué provecho

de algunas de aquellas meditaciones y que me permitieron comprender la parte positiva de aquel retiro voluntario para profundizar las palabras de Jerónimo:

 

"Dijo que las villas y ciudades

le parecían cárceles horribles; la soledad, un paraíso envenenado sólo por los escorpiones. Prefería estar vestido de saco, tumbado en el suelo, alimentado de agua y hierbas, a los placeres romanos".

 

La soledad de otros autores

como Crisóstomo, Cipriano, Agustín, en tratados enteros, la que Petrarca, Erasmo, Diego de Estella y la de muchos otros que alababan tanto en sus libros es un paraíso,

 

un cielo en la tierra

si se usa correctamente, bueno para el cuerpo y mejor para el alma: "los que están inspirados por los dioses saben vivir solos". Ese debería ser el Lema número 8 de los que

 

como hicieron siempre Demócrito,

Cleantes, y todos esos filósofos, al apartarse del mundo tumultuoso, como en la Villa Laurentana de Plinio, las "Tusculanas" de Cicerón, el estudio de Giovio, para seguir sus estudios.

 

Siempre me vi, de todas formas, observada,

como Sócrates por los soldados, con admiración de mis compañeros de la facultad, pero la frialdad y la melancolía trepaban por mis piernas amenazando invadir mis órganos más nobles.

 

¡Ay del que está solo!

Hombres y mujeres deberían aprender esa disciplina de la vida que impide que unas dulces criaturas sociables acaben siendo una bestia,

 

un monstruo, inhumano,

de aspecto desaliñado y misántropos que, incluso se aborrecen a sí mismos y odian la compañía de otros seres humanos, como tantos Timones, Nabuconodosores,

 

por consentir demasiado

a esos humores agradables, y por su propia negligencia. Lo que postuló Mercurial para un paciente melancólico se puede aplicar –creo- con justicia a toda persona solitaria:

 

"La naturaleza, se puede compadecer de ti, porque mientras ella te dio un temperamento bueno y saludable, un cuerpo sano, y los dioses te han dado una alma tan divina y excelente, tantas y tantas cualidades y dones provechosos,

 

tú no sólo los has despreciado,

sino que los has corrompido, viciado, has arruinado su temperamento e infectado esos dones con el desenfreno, la ociosidad, la soledad y muchos otros medios".

 

¡Oh noche!

 

Me he convertido en un enemigo

de mí misma y del mundo. Me he perdido voluntariamente, he naufragado, yo misma soy la causa eficiente de mi propia miseria.

 

Sí, sí. Es mi retrato.

No quiero perder más tiempo contemplándolo. Debo reflexionar solamente si aún es posible corregir mi caligrafía y si aún me queda suficiente amor propio para ello.

 

Gracias por darme la oportunidad

de escribir con mis propias sílabas todo aquello que aún no ha salido de mi pecho.


                                                                                                                                   Johann R. Bach 

Durante los siguientes días, Paul Lafitte ayudó sin rechistar en todas las tareas de la granja

EN LA GRANJA(Johann R. Bach)   (III)

 

Durante dos días le hicieron cambiar

cinco veces de tren. Sin comer nada durante el trayecto, el estómago se le retorcía como su rabia.

 

Pidió a los guardianes ir a orinar,

aquéllos, mofándose de él, lo sacaron al aire libre. Orinó ante las risas de sus captores en la plataforma formada por dos planchas de hierro entre los vagones de aquel tren que podría ser el último.

 

Pensó en saltar y escapar,

pero desconocía dónde se hallaba y a juzgar por la hora ya debían estar en suelo alemán. Por otra parte le habían quitado su documentación, y con la escasa ropa no resistiría mucho tiempo perdido. Prefirió esperar a que el Destino le diera otra oportunidad.  

 

Cuando Paul Lafitte bajó del tren

leyó "HbfGera" en un gran letrero. Desconocía el nombre del lugar y dónde se podría hallar. Su obsesión por los mapas cobró nuevos bríos.

En la misma estación fue entregado a tres hombres vestidos de paisano que a juzgar por su aspecto podrían ser abuelo, hijo y nieto.

 

Lo subieron a la parte trasera

de una camioneta, junto a unos postes de madera. El viaje duró unos veinte minutos. Su primera tarea de prisionero fue la de descargar la madera.

 

Oscurecía ya cuando le condujeron

a un pequeño cobertizo junto a una nave enorme donde mantenían a cientos de pequeños cerdos. En su interior había un montón de paja que le señalaron como sitio para dormir.

 

Le dieron dos mantas

y una marmita llena de patatas crudas con dos trozos de carne magra. Cuando la puerta se cerró tras él oyó como la llave chirriaba en la antigua cerradura y se lanzó desesperadamente sobre "aquellos manjares".

 

Paul Lafitte se encontraba al borde

de la desnutrición y se comió la primera patata a grandes mordiscos. Su estómago protestó por la acidez y pasó a devorar la carne. Buscó por todo el cobertizo algo que le pudiera ser de utilidad.

 

Mientras se calmaba algo su estómago

pensó que aquella tierra quizás recibiera las semillas con tristeza. Las semillas que tanto arriesgaban en medio de los campos arrasados por el fuego probablemente no se preguntarían si eran felices;

y, sin embargo, brotaban.

 

Desde el primer momento

que Paul Lafitte vio los campos de aquella granja le vino a la cabeza el concepto de maldición; una maldición que no se parecía a ninguna otra.

 

Aquella maldición azul parpadeba

con una especie de pereza como queriendo dar el aspecto de una naturaleza afable; los hilos de luz que se iban perdiendo en la noche ofrecían una cara de rasgos tranquilizadores.

 

Pero una vez acabado el fingimiento

surgían del amanecer el nervio y el malhumor de Dieter quien parecía ser el que mandaba sobre toda la familia.

 

Durante los siguientes días, Paul Lafitte

ayudó sin rechistar en todas las tareas de la granja y vio cómo su esfuerzo era compensado con arroz hervido, algún que otro muslo de pato, tres salchichas diarias y de vez en cuando un pie de cerdo extremadamente salado y que en realidad era de vaca.

 

De lejos veía a tres damas

de las que no podía apreciar ni su edad ni su aspecto. En realidad no podía quejarse: dormía sobre un lecho cubierto por una manta, estaba ganando peso y a pesar de estar vigilado todo el día, en su mente se iban encajando los datos para una posible fuga.

 

A veces, la silueta de un caballo joven

en el horizonte montado por un niño lejano avanzaba exploradora frente a sus ojos y la excitación, ante esa estampa de libertad, se desbordaba con lágrimas humanas.           

 

25 jun. 2014

El mundo, con todo su séquito de belleza luminosa y feliz (pues en mí todo era un deleite indefinido),

¡Sí, ella era digna de todo amor!

 

En la oscuridad de la noche más larga

-aún más larga sin ella-, en aquel local en lo alto del Tibidabo, un punto de observación desde donde se puede,

 

con una sola mirada de reojo,

abarcar siete mil hogares humanos con sus lucecitas.

 

La gran Barcelona a lo lejos es,

como este monte, una ciudad vibrante con puntos brillantes como las de una galaxia espiral vista de lado.

 

Dentro de aquella sala,

en la noche de San Juan se deslizaban las jarras de cerveza sobre la barra, las vitrinas mendigando a los que pasaban y en

 

el cielo enrojecido por decenas de hogueras

una maraña de zapatos que no dejaba huella alguna.

 

"¡Sí, ella era digna de todo amor!

 

-Comenzaba un blues

abriéndose paso entre el jolgorio general del local; todos lanzaron su atención al trío: un trompeta, un bajo y un piano-

                                             

"Aún éramos jóvenes;

ningún pensamiento más puro moraba en el pecho de un serafín que el suyo,

 

pues mi amor apasionado

sigue siendo divino; yo te amaba como pudiera hacerlo un ángel, con el rayo de toda luz viviente que resplandece

 

en el altar del amor de la aurora.

 

¡Sí, ella era digna de todo amor!

 

No es, sin duda, un crimen

mezclar esa mítica llama, con una como la mía.

 

¡Yo no tenía existencia sino en ella!

 

El mundo,

con todo su séquito de belleza luminosa y feliz (pues en mí todo era un deleite indefinido),

 

el mundo,

su alegría, su parte de dolor, que yo no sentía, sus corpóreas formas de variado ser, que contenían los espíritus de las tormentas,

 

la luz del sol y la calma,

el ideal y las vagas vanidades de los sueños, terriblemente hermosos, las naderías reales de la vida de vigilia a mediodía,

 

de una vida encantada,

que me pareció -ahora que miro hacia atrás-, la lucha de algún demonio malo poseedor de poder que

 

me dejó en alguna hora maligna,

todo cuanto sentí o vi o pensé, acumulándose, confuso se convirtió (lleno de belleza ultraterrena)

 

en ella y en la nada de un nombre.

 

¡Sí, ella era digna de todo amor!"

                                                         Johann R. Bach

 

Él ignoraba su destino y sólo la banda azul en su brazo le distinguía de los demás.

EL NIÑO QUE SOÑABA CON CRECER (II)

 

EL NIÑO QUE SOÑABA CON CRECER

 

El acento suave de las erres,

propio de los marselleses, disimulaba su origen ampurdanés.

 

Él ignoraba su destino

y sólo la banda azul en su brazo le distinguía de los demás. De momento se sentía a salvo comprimido entre los desnutridos cautivos. La ausencia de hombres viejos impregnaba de esperanza todo el vagón.

 

El traqueteo de las ruedas metálicas

al saltar las ranuras de dilatación entre vías no era precisamente un vals, pero si lo suficientemente monótono para adormecer a Paul Lafitte –el más despierto entre todos aquellos pechos y espaldas.

 

Entre sueño y sueño observó

que entre los prisioneros destacaba, a pesar de un andrajoso vestir, un joven rubio de ojos tan azules que hacían sospechar que era un alemán infiltrado.

 

Aquello le impulsó

a cruzar algunas palabras con los compañeros de infortunio al solo objeto de demostrar que él era un auténtico francés.

 

No le fue difícil adoptar

aquella nueva personalidad puesto que en su raigambre había también una tierra,  l'Empordá mediterráneo, un viento, la Tramontana, y, una lengua, el catalán.

 

Todo ello muy similar

al conjunto de adopción de la Provenza con su Mistral, cazador de nubes, y el francés sibilante de la Côted'Azur.

 

Paul estaba convencido

de que en épocas de falsificación e hipnosis generalizadas hay que empecinarse en preservar la lucidez y mantener abierto un prudente diálogo acerca de las dimensiones esenciales de la condición humana:

 

libertad, justicia, amor, trabajo, creatividad…

 

Paul era uno de esos hombres

que habían derrochado generosidad en su juventud y eso era la causa de su ruina. Todos aquellos actos de liberalidad realizados al objeto de llevar una vida coherente eran los responsables de su situación.

 

Lo había perdido todo absolutamente:

amigos y compañeros abandonados en las cunetas de las carreteras o en los bajos bosques, amores desaparecidos en las continuas huidas y hasta su nombre desapareció en un asalto a una columna de invasores.

 

Aceptó la consumación del ciclo de la mercancía

y reconoció que nuestra civilización se había internado resueltamente en el ciclo del excremento, pero no quería renunciar a oponerse a un auténtico vendaval inhumano que quería reducir la Naturaleza a unos pocos parques naturales.

 

Nunca aceptaría –se decía a sí mismo-

que el hombre se convirtiera en jardinero de pequeñas parcelas verdes de un mundo arrasado.

 

Paul era, en efecto, un niño

que siempre soñó con crecer al mismo tiempo que los olivos: lentamente, sin prisa, pero sin pausa.

 

Dispuesto para el brote,

el porvenir le cedía todo el esplendor de la fe profunda. Su mirada llena de intención fundía la nieve y le protegía de toda destrucción:

 

la parte de la naturaleza

contenida en su pecho esperaba el momento oportuno para romper el cascarón como una nuez antes de convertirse en nogal.

 

Los crímenes que se estaban cometiendo

no hacían más que aumentar la rabiosa voluntad de enseñar a millones de almas a despreciar a los dioses fríos como el hierro que llenaban los uniformes de los soldados del ejército ocupante.

 

El porvenir parecía querer crear

otro ejército de pesimistas: en el curso de aquel viaje en el tren, los prisioneros veían cómo se realizaba el objeto de su recelo.

 

Sin embargo, el racimo que sigue a la siega,

por encima de su cepa, a pesar de la guerra, llegaba a concluir. Aquello también lo percibían los pesimistas.

 

Paul Lafitte, poco a poco investido

por su nueva personalidad, sabía que, a veces, lo real apaga la sed de la esperanza. Por eso es por lo que, contra toda espera, en su pecho sobrevivía la idea de un futuro mejor.

 

Aquél no era un tren

que fuera a ninguna parte: tenía un destino y un objeto.

 

                                                             Johann R. Bach

 

24 jun. 2014

Paul Lafitte Comprendió que aquella guerra iba a prolongarse “más allá de los armisticios platónicos”,

LA CANDELARIA DE PAUL LAFITTE (I)

 

LA CANDELARIA DE PAUL LAFITTE (I)

 

Toda la nieve del valle era insuficiente

para enfriar sus sesos. Tenía el infierno en la cabeza.

 

Con la primavera en la punta de los dedos

en el mismo instante en que La Candelaria reía, las verdosas andanadas de hierbas exuberantes cubrían las escasas parcelas de tierra enamorada. 

 

Como a todo lo demás,

animales de granja, escarabajos y muebles, le había temblado también el espíritu.

 

Con gran dolor se comió,

al mismo tiempo que su orgullo, las fotografías que aún conservaba en la cartera.

 

Eran auténticos documentos gráficos

de una actividad –la guerrillera- que comprometía su alma, incluso si aquélla hubiera estado dormida.

 

¿Cómo le pudo llegar a él la escritura? 

 

¿En qué podía pensar si no,

mientras el plumón de la niebla se estrellaba contra aquella ventana que no podía protegerle ni siquiera del frío del invierno?

 

Se levantaba de su lecho de paja,

iba y venía dando saltos de un lugar a otro, combatiendo con el ejercicio su entumecimiento.

 

Llegó a desear

que sus enemigos lo trasladaran lo antes posible a otro lugar soñando con el ligero calor del interior de un vagón de tren.

 

Siempre se había sentido orgulloso

de no haber nacido en una metrópoli. Creía que eso era una suerte porque le permitía ver a su país "desde fuera".

 

Comprendió que aquella guerra iba a prolongarse

 

"más allá de los armisticios platónicos",

pues los excrementos del nazismo se habían hundido en el fértil inconsciente de los hombres y la única forma de resistir era convertirse en un refractario.

 

Su propio aliento

era el único calor que llegaba a sus manos…

 

Dos soldados le registraron en el cobertizo.

al encontrar en su cartera un tríptico que le identificaba como Paul Lafitte, nacido en Aix-en-Provence,

 

le pusieron un brazalete azul en el brazo

y lo subieron a un vagón abarrotado de prisioneros.

 

El calor de aquel amasijo de desdichados,

con un mismo momentáneo destino, le devolvió la esperanza.

 

Vivió aquella noche

coloreada de herrumbre como la de un reo que ve cómo alguien misterioso le abre las rejas de todos los jardines.

 

Sobrevivió

porque para la mirada de la noche viva, el sueño no es a veces sino un liquen espectral dispuesto a hacerse realidad.

 

                                                          Johann R. Bach

 

 

De la novela "LA VOCACIÓN DE AMAR"

PAUL LAFITTE  (SUITE DEL MAQUÍS)

 

 

El sueño de un maquís prisionero: LA FUGA.

Siete poemas con un hilo conductor entre ellos para dar relieve al relato en tercera persona del maquís Paul Lafitte, de origen empordanés, que luchó con las armas en la mano durante veinte años, y veinte más denunciando con su pluma las injusticias en el ámbito europeo. 

 

                                                                                                Johann R. Bach

22 jun. 2014

Había olvidado aquel viaje, de vuelta de la playa en tren

LAURA, LA HERMANA DE MANUEL

 

El 20 de mayo de aquel año

acabó el curso para los que estudiábamos el Bachillerato Oficial en el Instituto. Me acuerdo muy bien, era viernes y el tranvía iba completamente abarrotado y de los estribos de la puerta del remolque iban colgados varios hombres.

 

Como no tenía prisa decidí ir a pie

y ahorrarme los 50 céntimos del billete. Llegué un poco cansado a casa; me sentía satisfecho por lo bien que me había ido aquel curso.

 

Al caer la noche

los vecinos sacaron sus sillas a la calle huyendo del calor del interior de las casas. Nosotros no éramos una excepción. Aquel día estuvimos de charla, unos con otros hasta bien pasada la medianoche.

 

Un ligero hormigueo recorría mis pies

cuando mis ojos se cerraron y ya no me enteré de nada. Me llevaron medio dormido a mi habitación y estuve durmiendo hasta las doce del mediodía siguiente.

 

Al despertar mis ojos recorrieron sin prisa

todos los detalles de la habitación. El aire estaba cargado. Dos personas habíamos respirado allí toda la noche con un sueño plomizo y restaurador. Sobre la mesilla derecha había más de siete libros apilado en posiciones aparentemente desordenadas.

 

Sobre la otra mesilla, la de mi hermano,

había dos libros más y un periódico. Las dos camas estaban unidas de forma que parecía una sola y opulenta. Así ganábamos espacio para dos mesas iluminadas por sendas lámparas de tipo flexo.

 

Junto a la ventana teníamos un mueble sifonier.

La ropa extendida sobre las sillas producían un cierto aire siniestro. Los pantalones colgaban hasta llegar al suelo y los indestructibles zapatos "Gorila" con sus correspondientes calcetines dentro yacían debajo de la cama.

 

La persiana estaba echada casi por completo,

pero el sol de la mañana entraba a través de las rendijas con su luz lechosa y enjabonada. El suelo era de madera como en todo el edificio y producía de cuando en cuando pequeños chasquidos.

 

En la habitación del piso de arriba había dos personas.

 

Por la tarde fuimos, Manuel y yo,

a nadar a la piscina de la Escuela Industrial. En la de Piscinas y Deportes había que pagar, en la del Club de Natación de Pueblo Nuevo no te dejaban entrar si no eras socio y en los Baños de San Sebastián el agua estaba helada; así que no había opción.

 

La caminata hasta casa fue brutal.

Quedamos en ir al día siguiente a la Playa de Vilassar de Mar. En aquella época nos gustaba madrugar y a las ocho de la mañana subíamos apretujándonos en un verde vagón de Cercanías. En una bolsa de deportes llevábamos una toalla y dos bocadillos para pasar el día sin apuros.

 

Manuel era de carácter más bien callado

aunque daba la sensación de que llevaba mal una cierta soledad. Era muy inteligente y ya desde muy joven no creía en nada. Fue el primer escéptico auténtico que se cruzó en mi vida. Siempre fue un misterio el que se encontrara a gusto con mi amistad.

 

Estuvimos contentos entre estar tumbados al sol

y metidos en el agua todo el día. Al tomar el tren de vuelta Manuel hizo un gesto de disgusto al toparnos en el mismo vagón con su hermana y una amiga que habían ido también a la playa de Sant Pol de Mar.

 

Por alguna razón

Manuel rehuía la presencia de las chicas como avergonzándose de mi presencia o como si su hermana y su amiga fueran de una clase social a la que nosotros no perteneciéramos.

 

La verdad es que Laura,

la hermana de Manuel, era como una muñeca de porcelana, delicada, sensible, educada, con unos ojos bellísimos llenos de pestañas y unos labios pintados con crema de cacahuete para evitar las grietas. En la cara bien broceada aún brillaba la crema con un delicioso aroma femenino.

 

Ellas, cinco años mayores que nosotros,

también estaban un poco violentas con nuestra presencia, pero esa actitud cambió radicalmente en la siguiente estación cuando una avalancha de gente subió al vagón.

 

Entre los apretujones

algunas manos buscaban sus glúteos. Ellas, incomodadas por tales acosos vieron en nosotros una tabla de salvación. Laura me rodeó con su brazo por encima del hombro como si yo fuera un primo suyo o algo parecido.

 

Sentí por primera

vez el olor de la alantoina y la primera proximidad de una princesa. Su cara casi rozaba la mía, esforzándose ella por abrir un diálogo conmigo. El sudor de la gente nos ahogaba con su olor a cebolla. Manuel se encontraba con la otra chica con similares "apuros".

 

Al llegar a Barcelona, todo acabó.

Ellas se despidieron de nosotros diciendo que iban en dirección a la Catedral a tomar el autobús de dos pisos que camino de la Plaza Ibiza pasaba por el paseo Maragall. Nosotros fuimos a pie.

 

Había olvidado aquel viaje,

de vuelta de la playa en tren, cuando curiosamente la escena se repitió el domingo siguiente. Volvimos a coincidir con Laura y Luisa en el mismo vagón.

 

Laura ya no lo pensó dos veces:

a los primeros apretujones me abrazó de la misma manera, pero en aquella ocasión cuando sentí su rostro tan cerca del mío no pude evitar el impulso de besarle la mejilla.

 

Laura sonrió. Aquél fue mi primer beso robado.

 

                                                               Johann R. Bach