5 nov. 2016

YA ESTÁ EN LA IMPRENTA LA SEGUNDA EDICIÓN DE LA NOVELA "Yo, Marta Guillamon y los Hombres de mi Vida"

YO, MARTA GUILLAMON
Y
LOS HOMBRES DE MI VIDA

Para conocer a los hombres
no tuve que acostarme con todos ellos. Como no me bastó con mirar a mi alrededor, observar a los compañeros de mis amigas y escuchar lo que de ellos decían ellas,

tuve que leer El Quijote,
el Código civil y el Código Penal. Y aun así tuve que grabar en mi ADN la mayoría de las guarradas de los dioses de El Olimpo.

Sigue no obstante, la luz de lo alto
a los hombres hablando llena de hermosos sentidos;

la voz del celestial tonante
clama inquiriendo si aún lo recuerdan;

la onda enlutada
eco le hace en su duelo y repite: "¿ninguno en mí piensa?"

Los seres celestes
gustan de un nido en los pechos sensibles, siguen gentiles las musas al hombre esforzado inspirando,

hoy le acompañan lo mismo que antaño
y envuelve las cumbres de las montañas que vieron su nacimiento,

pervive e impera
y en todo preséntase el aire para que unido en los brazos de Eolo ora para que todo un pueblo a la vieja dicha retorne y

a todos un común espíritu sea.

Y aunque hay muchas mujeres que dicen
que los "buenos tiempos" fueron con mucho los peores de todos –cuya sana doctrina yo también acepté, confundida, en cada ápice-

sin embargo, sigo, con todo,
creyendo a éstos un tanto peores que ellos.

He estado meditando - ¿es así como se dice? -;
me gustan las palabras de los hombres a pesar de sus modales, pues a las mujeres nos enamoran por el oído.

He estado meditando, repito,
si sería lo mejor tomar las cosas en serio, o todo en broma;

si con el adusto Heráclito de antaño,
llorar, como lo él lo hizo, hasta que escuezan los ojos, o bien reír con aquel filósofo extraño,

Demócrito de Tracia,
que solía pasar cada página de su vida sonriendo a los dobleces como diciendo: "¡Vaya! A quién diablos le importa cómo es un hombre!" Tantos y tantos como hay para reemplazarle.

                                                                                              Johann R. Bach

3 nov. 2016

Eso, que lo sepáis. Estamos bien todos y no tenéis de qué preocuparos.


 ESCALERA DE MÁRMOL

Hola soy Ermessenda
y me han encargado los Huéspedes de esta Casa que os diga que no os preocupéis por nosotros: aquí en esta prodigiosa Pensión llena de libros estamos todos bien. Sólo que ya estamos muy arriba en esa Escalera de Mármol y que eso que llamáis “más allá” existe. Eso, que lo sepáis.

Al principio no entendí
nada pues un sentimiento de mágico terror se había apoderado de mí, como si de repente me hubiera encontrado frente a toda la decadencia de occidente y al encanto de una civilización nueva.

Ya estaba oscureciendo.
Mi amiga Cassia se hallaba igual que yo llamando al timbre de la puerta de un piso Hausmann de París. La Escalera estaba a oscuras y nos alumbrábamos con una pequeña linterna.

¿Qué sentido tenía todo aquello
de llamar tres veces antes de que la Funcionaria de turno nos abriera la puerta para atendernos?

¿Sería quizá que…?
No. Desde luego hablando por teléfono me pareció que la Bibliotecaria que me informó era una persona formal.

¿Qué sentido tenía
el que nos convocara a las dos, a Cassia y a mí, a la misma hora?

Cierta amargura e insatisfacción
me había quedado en la boca disueltas en la saliva –lo reconozco- por toda aquella vaguedad negruzca, como si hubiera mordido una piña de ciprés.

Y, sin embargo, al mismo tiempo,
sentía algo firme, rico, limpio, que me procuraba una euforia especial y me hacía pensar con precisión matemática con cuanta facilidad me iba a adaptar a una vida diferente en muchos aspectos; una vida muchísimo más placentera que la anterior, junto a Cassia la Dama de mis Sueños.

Eso, que lo sepáis.
Estamos bien todos y no tenéis de qué preocuparos. Eso sí, os agradeceremos de todo corazón a los Amantes de los Libros y de la Metafísica que por lo menos una vez al año nos enviéis flores.

                                  Jardines de Pere Lachaise a dos de noviembre de 2.016
                                                                                  Ermessenda y Compañía



2 nov. 2016

Poco conocía yo entonces el verdadero valor de los bienes que se me aparecían en aquella visión


CASSIA Y EL ÁRBOL DE LA VIDA

Desde que seguí aquel tratamiento para crecer tuve varias "crisis" en mi pensamiento. Algunas veces dudé de si mi cabeza era la misma de siempre.  Durante esos episodios en que yo, desdoblándome a cada momento, tenía sueños continuamente sobre accidentes, entierros, serpientes, mangueras que chorreaban aceite o cerveza en lugar de agua, lagos infectos de aguas negras cloacales…

Pero los sueños que persistían durante muchos días, incluso semanas, eran aquellos en los que imágenes paradisíacas se entremezclaban con alegorías religiosas. Hasta pensé que no era nada descabellado el tomar los hábitos de alguna orden religiosa. Recuerdo que en una noche de un agosto sin luna mi primo Zenón y yo, tumbados boca arriba sobre una alfombra de hierba corta y matas de romero por todas partes, mirábamos el cielo completamente estrellado.

No había una sola nube que perturbara nuestra visión, el aire estaba en calma y la sinfonía de los grillos acompañaba la cadencia de nuestra respiración. Debió ser a causa del descenso de mi presión que de golpe fue apareciendo ante mí un árbol, un enorme Árbol de la Vida y en lo más alto de su copa, como en una alegoría del Paraíso se posó algo o alguien como si se hubiese transformado en cormorán.

Poco conocía yo entonces el verdadero valor de los bienes que se me aparecían en aquella visión aunque sí sospechaba ya que las mejores cosas se pervierten por los abusos que de ellas se hacen y por su vil aplicación. Ensimismada en aquellos pensamientos, me sentí como si me hubiera refugiado debajo de aquel sagrado Árbol de la Vida. Debajo de él, maravillada, contemplaba nuevamente las delicias expuestas a los sentidos humanos, los tesoros de la Naturaleza entera en breve espacio comprendidos;

Aún más, el Cielo con sus millones de ojos veía sobre la Tierra que ese Jardín era un gozoso Paraíso, plantado por el Ángel Montserrat al de una pequeña península. Desde las Islas Cíes mi ángel extendía sus confines hacia Oriente como buscando la península del Cap de Creus poblada desde antiguo por reyes griegos, o hasta Tortosa en donde, mucho tiempo antes, moraron los artesanos del estaño del Edén.

En aquel suelo placentero –donde Zenón y yo estábamos tumbados-, Dios había puesto para nosotros su aún más placentero jardín, y de su fértil terreno hizo brotar todos los árboles de la más noble especie de castaño de Galicia por su aspecto y propiedades nutricionales hasta los más olorosos naranjos y los más vigorosos olivos de Cadaqués. En medio de ellos descollaba aquel Árbol de la Vida de una eminente altura, rebosando fruto ambrosíaco de oro vegetal y que los niños de Cadaqués lo denominaban "dimoni"; y junto al de la vida, destacaba el Árbol de la Ciencia usado en casi todos los cementerios.

En la zona del sur de aquel edén un gran rio transcurría que sin cambiar de curso por debajo de las suaves y afelpadas colinas, porque el Ángel Monserrat había puesto aquellos llanos como los más fértiles del jardín, erguido sobre una lenta corriente, que las venas de la porosa tierra hacia arriba absorbían lentamente y de la que manaban frescas fuentes que regaban el jardín con arroyuelos acequias naturales. Éstos después se unían y surcando el claro escarpado se encontraban con el caudal aguas abajo, que al salir de su trayecto oscuro, después de haber saciado la sed de los habitantes de Tortosa, se partía en cuatro importantísimas corrientes que fluían separadamente y que vagaban  por todo el imperio del Delta.

Sí debo decir, antes de acabar la descripción de aquella visión, cómo, si es que el arte de escribir puede, salían de aquellas fuentes de zafiro, los riachuelos encrespados que corrían sobre la perlas de oriente y turquesa arena, y en meandros errantes bajo umbrías enramadas, derramaban néctar, bañando cada planta, y nutriendo las flores dignas de aquel Paraíso que ningún arte jardinero había puesto en bellos lechos ni en curiosos cuadros, sino que el don de la Naturaleza se vertió en abundancia sobre el valle, colinas y llanos, tanto donde el sol mañanero caldea el campo abierto como donde la sombra impenetrable oscurece las frondas meridianas.

No se borró de mi retina, durante meses, aquella visión que me invitaba a poner patas arriba todas las ideas materialistas que recorrían en aquellos años todo el mundo universitario.

                                                                             Johann R. Bach


Nuestra madre decía que donde comen seis pueden comer nueve.


VIDA SENCILLA

El nombre de Asun se lo debo a mi tía.
A mi hermano mayor le pusieron el nombre del abuelo al que no conocimos: Carles. El nombre de nuestro padre Joan fue para mi hermano menor. De haber tenido otra hermana le hubieran puesto el nombre de nuestra madre: Marta.

Compartíamos la casa
con otra familia: el señor Roca, su esposa Rosa y Teresa su hija. Nuestra infancia fue sencilla… como la de otros niños.

El señor Roca siempre hablaba de negocios.

En medio de la quietud del tiempo
oíamos el pasar de la página como si una puerta secreta se abriera a un paisaje blanco, diáfano. Y en ese momento una puerta se abría en realidad. Llegaba nuestro padre.

Nuestra madre ayudada por Teresa
–la hija del señor Roca- ponía la mesa. Nos llamaba. Todos bajábamos la escalera interior con presteza excepto el señor Roca pues se molestaba si se le interrumpía su discurso de tal o cual negocio.

Nos sentábamos a la mesa y comíamos,
oyendo afuera el rumor de las olas. Nosotros no hablábamos en la mesa. El señor Roca insistía en hablar de negocios con nuestro padre.

Así era de sencilla, pues, la vida en Cadaqués.
Así de hermosa.

Rosa –la esposa del señor Roca-
se inclinaba hacia su plato y lloraba. Nuestra madre apoyaba la mano en su hombro. "Es de felicidad" se justificaba ella.

Nosotros mirábamos hacia otro lado
simulando que no nos enterábamos de nada. Afuera la noche inmensa y transparente con una luna delgada como un pétalo de rosa olvidado entre las páginas amarilleadas de un libro quieto y cerrado.

El señor Roca siempre hablaba de negocios.
Nosotros nos asomábamos a la ventana y le decíamos: "mire señor Roca por allí va el socio capitalista". El hombre se acercaba a los cristales y no veía nada. Nosotros reíamos. Nos burlábamos de él pues ni siquiera sabíamos qué era aquello de "socio capitalista".

El señor Roca no hablaba de otra cosa que de negocios.
"He tenido varias zapaterías en Nueva York" –solía decir. Se suponía que en algún momento fue una persona adinerada.

El señor Roca, Rosa su esposa y Teresa la hija
eran el ejemplo de una familia venida a menos. Vivían con nosotros acogidos a pensión completa. Nosotros éramos felices con su presencia en la casa. No sentíamos lástima por ellos: el menosprecio era algo ajeno en nuestra familia. Nuestra madre decía que donde comen seis pueden comer nueve. Y así era.

Nosotros valorábamos mucho su compañía:
Teresa nos enseñaba a sumar y a escribir, tenía muy buen carácter y la queríamos como una hermana mayor. Recuerdo que en las noches de otoño ya empezaba a hacer frío y Teresa dormía con nosotros en una gran cama de hierro. Nos abrazaba y nos daba calor mientras nos explicaba cuentos.

Rosa Tenía treinta años menos que su esposo
y se había casado con él porque siendo empleada suya quedó embarazada. Él, con la promesa de hacerla responsable de una de los establecimientos de Nueva York la sedujo como se seducía en la época a las empleadas. Justo después de la boda Los Estados Unidos decretaron restricciones a los extranjeros, le denegaron la renovación del visado.

Para nosotros era una felicidad
ver que nuestra madre, tía Asun y Teresa se miraban en el espejo preocupándose de su peso; nos gustaba verlas ocupándose un poco de ellas mismas y nos quedábamos boquiabiertos observando cómo se hacían el moño, cómo adoraban el yogurt y su brillo fresco, marmóreo, azulado a la luz de los quinqués.

Éramos felices al lado de aquel anciano y su familia. Sus insistentes referencias a los negocios reales o imaginarios eran para nosotros algo divertido, a pesar de que no entendíamos ni papa.

Así era de sencilla, pues, la vida en Cadaqués.
Así de hermosa.

                                                                                          Johann R. Bach

31 oct. 2016

Eso, que lo sepáis. Ya está lista la novela y entrada en la imprenta "Retales de Algodón" -la última de la trilogía "Dibujos y Paisajes de Cassia" "El Arte Gótico de los Huesos" "Retales de Algodón" y que se la dedico a todos los amigos de Google +

RETALES DE ALGODÓN

El alma jarra de porcelana
es una cavidad profunda –oscura- donde las percepciones
se transforman en sentimiento, punzada,
vibración interior como una caja de resonancia.

                                                                                                     Johann R. Bach

Te debo a ti y a Ermessenda estos dos colores naranja y mostaza que llenaron desde el Principio mi antiguo hogar.


LA TARDE DE CLEMENTINE

Toda una tarde de Domingo,
lenta, coagulada en los cristales de este humilde Hostal de Algodón mientras tú Cassia dibujas mis últimos contornos.  Miro con satisfacción sin cesar, tu mano de marfil.

¿Cómo decirte lo que ya flota en el aire?

Veo cómo tocas, Cassia, hoja de plátano ocre,
guante de seda y su hueco cálido, golpe de trazo o caricia, serenamente, la piel de la Amazona de Platino.

Te debo a ti y a Ermessenda
estos dos colores naranja y mostaza que llenaron desde el Principio mi antiguo hogar. Agradezco al Destino esas dos flores reencarnadas en vosotras que perfuman toda la Casa y que se derrama hacia la calle llena de bullicio porque afuera la fiesta vive ajena a la nostalgia.

Debes tener tus motivos –bien claro está-,
los olivos, la lluvia, las viñas, los acantilados y playas de tu mar, las raíces, cada hoja de tus libros, las herramientas jardineras, el mes azul dentro de la cisterna, el pijama bordado con el arco iris…, para desear volver con los tuyos, con las chicas amigas de la noche y de un mar envuelto en papel de celofán.

No seré yo quien te lo impida.
Tienes siete oportunidades aún de volver a recorrer mundo de materia superficial. Pero si decides no volver atrás, oirás, en la medida que vayas subiendo esos escalones verdes de cobre oxidado, cómo la música de la lluvia, toda húmeda, lentamente, se va alejando de ti.

Sí, sí amiga Cassia,
todavía estás al Principio de una escalera hilo de cobre suspendida del infinito por donde sube completamente desnuda la libertad… el arte… la poesía…

                                                                             Johann R. Bach

Es un recipiente (el alma) que tiene peso, densidad, humedad tierna, piadosa, añorada:


EL ALMA JARRA DE PORCELANA

¿Qué opinas amiga Ermessenda de la juventud?
–preguntó Clementina en una de esas tardes nostálgicas de domingo. ¿Qué me dices de Cassia, Laia, Agnés…?

Creo –respondió Ermessenda-
que lo que mejor caracteriza a la juventud es su candidez falda del día soleado.

También creo que es una etapa
donde las almas trémulas manifiestan con mayor fuerza su ansia de justicia.

-¿Pero qué es el alma para ti Ermessenda?

-El alma jarra de porcelana
es una cavidad profunda –oscura- donde las percepciones se transforman en sentimiento, punzada, vibración interior como una caja de resonancia.

Es un recipiente que tiene peso,
densidad, humedad tierna, piadosa, añorada: lugar donde quema el fuego de la aspiración (proyectos futuros) y las candelas del sueño y la memoria.

Así es un poco el alma,
que tiene bastante de extraña y misteriosa.

Por suerte nosotros, todos Huéspedes de esta Casa de Algodón, hemos comenzado ya el apasionante viaje hacia el Ápex que supone una maravillosa recopilación de respuestas

                                                                                 Johann R. Bach

30 oct. 2016

"...les cuesta incluso a los científicos reconocer que todo lo que se halla en el planeta es natural..."


BRUNO VISITA EL LOUVRE

Las estatuas de los dioses griegos
–explicaba Bruno durante la cena- son dos veces y medio el tamaño de un ser humano normal y hoy lo he podido comprobar pues he visitado El Louvre.

Lo he leído en el folleto
que he comprado en la entrada. En él se explica que la ampliación es lo suficientemente pequeña como para que la figura siga siendo familiar, pero lo suficientemente grande como para que te sientas muy extraño al estar a su lado.

La mayoría de los mortales
detectan cierta amenaza inminente, pero su sentido común les dice que no hay peligro, de modo que no salen huyendo del museo. Mantienen una distancia que parece respetuosa y no se acercan demasiado aunque la curiosidad sitúe en sus corazones el deseo de hacerlo.

La "Victoria de Samotracia",
al estar colocada en lo alto de una escalera aumenta esa sensación de poder, al despuntar sobre una ola. Mirándola me he sentido muy confuso, pues me ha parecido ver mis ojos en su cara, sus ojos en una cara como la mía.

Ahora mucha gente en el planeta Tierra
quiere ser natural y sentirse unida a la tierra. La moda ostentosa es ya residual. Al parecer no se han enterado aún que el isótopo Germanio 123 es uno de los componentes –junto al azufre- responsable de la eliminación de las toxinas ingeridas por los carnívoros.

Aún no han aprendido a usar adecuadamente
ese alumino-silicato potásico llamado Adularia por extraerse de las canteras del pueblo Adulaire de Suiza. Todavía no han llegado a comprender que los feldespatos tienen, aparte de ser exhibidos en las colecciones mineralogistas de los museos, muchas otras aplicaciones; les cuesta incluso a los científicos reconocer que todo lo que se halla en el planeta es natural y que en el cuerpo humano se hallan todos y cada uno de los minerales de la tabla periódica si exceptuamos el misterioso Bario.

El siglo XX se empleó a fondo
en la explotación del oro negro el petróleo y a punto estuvo de desplazar la ambición del oro de los humanos que sin duda esa ambición ya está siendo sustituida por la fiebre del oro azul. Pero esa fiebre también desaparecerá como desapareció en la antigüedad la ambición por el estaño. El siglo XXI aún no será el siglo del platino…

A la salida del Louvre
le he comprado a un artista modesto una escultura en miniatura de la "Victoria de Samotracia" realizada con alambre de latón dejando entre las espirales de metal unos huecos que recuerdan las esculturas de Gargallo. El artista, casi no podía creer que alguien le comprara una de sus obras.
                                                                                       Johann R. Bach