7 mar. 2015

Con palabras, como sueños, quemadas por la vida


ESCRIBIR:
LA ÚLTIMA AVENTURA DE LA MUJER

Esta es una de esas noches de sábado
en las que nada queda, ni siquiera el eco del viento en la ventana, noche en blanco y negro,

gris de humo,
transparente cristal, papel vacío, donde un poeta leer podría las páginas no escritas.

La larga, lenta lengua de la soledad
ha lamido la mano de la mujer madura que escribe. ¿Lucidez o locura cargada con sacos de fertilizante?

Nadie lo sabe:
Sólo al final de esta noche de sábado podremos valorar las palabras que no se han deshecho.

De momento nadie la propone para el Nobel
ni la invita a cenar al restaurante.

Con palabras, como sueños,
quemadas por la vida esta noche sin viento y sin lluvia me gustaría hablar con ella… leer a su lado sus versos…

Hay quien piensa
que de alcanzar su ático un escritor sólo llegaría a ser un vulgar socio, nunca su amado.

¡Qué suerte la de un socio
que compartiera con ella esta noche!
                                                                   Johann R. Bach

Hablan de mi como musitación monjil

TESTAMENTO

¡No!
No volveré a la tierra
como una mariposa blanca harinosa al amanecer.

No volveré a la tierra
como si mis despojos me los hubieran prestado.

He dejado dispuesto en mi testamento
que mi cuerpo pensante se convierta en negro asfalto sobre el que puedan circular las motos,

sobre el que destaque
el amarillo polen de los tilos en primavera como sucede en la Kiefholzstrasse de Berlín.

He dado instrucciones a mi amada
para que trituren bien mi cuerpo vertebral, hecho de carbón, consciente de su extensión.

Hablan de mí en voz baja
y señalan las cortezas de mis hombros y mis costas las más bonitas del mundo. Ponen veneno en mi comida y en el agua con la que hacen un café ligero sin llegar a ser un americano.

Ignoran que me pongo sólo una gota
de ese brebaje debajo de la lengua con lo que mi oído se vuelve más agudo y mi lucidez aumenta.

Hablan de mi
como musitación monjil porque sigo siendo el extraño del lugar el único que comprende qué hacen todos esos bultos que se mueven entre el supermercado y la sombra de las acacias.

¡No!
No volveré a la tierra
como una mariposa blanca harinosa al amanecer.

No volveré a la tierra
como si mis despojos me los hubieran prestado.

                                                      Johann R. Bach

6 mar. 2015

se inventa cada día maneras nuevas de recomponerse

DESAFINADO PARA UNA MUÑECA ROTA
               
Sintiéndose –frente al mar-
muñeca rota

se inventa cada día
maneras nuevas de recomponerse

pues ama lo que no tiene
y la angustia de correr tras lo nuevo, palabra o cuerpo y desearlo aún incomprensiblemente.

Del verde del agave al azul del mar
se reflejan los colores en sus ojos y bajo sus pies ceden la pinaza y la grama gruesa sorprendiéndole la puesta de sol.

Un silencio extraño
y un ligero rumor de lluvia mansa se mezclan con sus horas ya maduras

Quisiera huir de ese mar,
pero no es capaz de vivir en otra latitud: su vida un pentagrama casi despoblado de corcheas no se conforma con administrar solamente los silencios de su espacio musical.

Las olas del mar
parecen –ante sus ojos- distanciarse unas de otras como si alguien apretara el pedal para prolongar el tempo y

sólo las notas blancas y negras
dibujan las suaves e hipnóticas ondulaciones de un mar extrañamente en calma de forma introspectiva.

¿Angustia?¿Tristeza?¿Desazón?
No nos inquietemos. Todo forma parte de eso que llamamos vida.

                                                                       Johann R. Bach

5 mar. 2015

la imperfecta para quien el recreo era un suplicio.

CUMPLEAÑOS

Parece increíble,
pero puedes mirar atrás y ver sesenta años. Y allí, al final de la mirada -a cada año un metro de distancia-, un ser humano ya completamente reconocible, las manos apretando los puños al dormir,

los ojos clavados en el futuro

con la mezcla de terror
y desesperanza de alguien que sabe de su próxima aniquilación.

Completamente familiar
aunque todavía, por supuesto, muy joven has vuelto a ir al cine y a oscuras has vivido cómo dos manos se buscan entre sí.

Mirando ciegamente hacia adelante,
con la expresión de alguien que clava los ojos en la más completa oscuridad recuerdas con cariño a aquella niña que no acababa de encajar:

la imperfecta
para quien el recreo era un suplicio.

En tu opinión, no cumples con la definición
de niña, una persona que puede esperarlo todo del futuro y, sin embargo, los otros te van mirando sorprendidos, constantemente amistosos, con la cámara, mientras dices "Lluiiiiiiis";

muchos de ellos sonríen
realmente con verdadera convicción, y acuden a tu memoria todos esos años plagados de inseguridades, de sueños bonitos, de disgusto por ti misma, y, también inundada

de desprecio hacia lo común y corriente;

eternamente relegada a la soledad,
dominada por lo trágico, donde la inmensa voluntad de vivir sólo era algo a rechazar, te ha sorprendido al aprender a los sesenta

con qué se llena una vida vacía.
                       Johann R. Bach

como el orangután que sabe que hay una hembra disponible.

SUEÑOS BAJO CANTOS GREGORIANOS (Poema)

Desde las diez de la noche
en que el silencio invadía, totalmente, por orden de la  Superiora, todos los rincones del Monasterio la oscuridad, muñeca trasnochada de esperanza con las sílabas aún sueltas en la boca, créelo, nadie hubiera visitado el liquen de tu rostro, nadie hubiera acudido a tu celda para abrir tu puerta y quemar la deshilachada funda de tu almohada.

Y, sin embargo, ahí estabas
en tu habitación depósito de estrellas que sonreían como niños de color y tu cuaderno con sabor a lágrimas donde contabas los días por plegarias junto a armonías esperando ser cantadas en otro mundo, quizá sólo en otras celdas secuaces de serpientes y de versos:

sólo tus jirones
en la tela de la ropa íntima componían tu cárcel de juguete y el deseo del manantial de un hombre arlequinado  aún fuera de la vida misma.

En esa misma humilde frontera
de noches como aquellas de silencio obligatorio no eras más que una región delimitada, dígitos de molécula en cubilete eléctrico a pocos segundos de luz de la eutanasia que distan del acuerdo o de la rendición; sin tastar siquiera la longitud de un sorbo de café o de un ovillo de voces de canto gregoriano que esbeltas te ayudaran a arrojarte en los brazos de Morfeo.

Reconocías
en esas voces logradas en los amaneceres acompañados sólo por los bellísimos sonidos arrancados a los tubos del órgano la inalcanzable meta de nunca haber nacido.    

                             Sylvia M. Folch

Ayer era domingo, Georgina estuvo almorzando conmigo, luego me dejó sola con mis pensamientos. Mi apartamento olía a madera vieja aún con la ventana abierta de par en par; el desagüe del plato de ducha se atascaba con cierta facilidad y hacía que me duchara con poca agua y poco jabón, pero no me importaba pues con la pérdida de peso también había disminuido mi olor corporal.

Me disponía, después de poner orden en mi nuevo refugio –un sencillo apartamento de un solo ambiente como otros miles que existen en París-, a escuchar radio FIB,  cuando al abrir el correo vi que tenía un mail de mi sobrino Daniel que me hizo temblar hasta las raíces de los cabellos de la nuca.

Estaba escrito como una carta antigua, como si se lo hubiera pensado mucho, antes de escribirme. Lo leí varias veces para cerciorarme de que lo que en él me decía tenía un único sentido. Copié el texto y lo guardé en un archivo que denominé DANIEL y le puse el siguiente título:

                     PRIMERA CARTA DE AMOR DE DANIEL
Querida Sylvia

Estoy desolado. Mamá no para de llorar y yo me siento impotente para consolarla. No sé qué hacer ni que decir. A veces se me escapan a mí también las lágrimas cuando la miro de reojo y veo como las lágrimas resbalan por su rostro sin interrupción. Siento que es muy desgraciada con papá que la ha maltratado siempre; incluso llegando a las manos. Pero por alguna razón que aún desconozco no se atreve a abandonarlo.  

Ester y yo callamos y comprendemos, pero a menudo ella abraza a mamá, la acaricia y la besa; yo, por algún prejuicio masculino, no puedo hacerlo: siento como si estuviera sujetado por unas botas de hierro y encerrado en una celda de conceptos antiguos.

Desde que te fuiste de casa las comidas y las cenas se han vuelto amargas. El silencio es lo menos doloroso, pero papá, ya lo sabes, se empeña en romperlo de forma brusca, con palabras muy duras para mamá; le echa la culpa de todo lo que pasa. Si se cae una cuchara al suelo la trata de inútil... Ya sabes: que si la sopa está fría…, que si no sabe ni planchar bien una camisa…,

Sus amigos dicen de él que es una persona simpática y que siempre está de buen humor, explicando chistes y lisonjeando a todos. Cuanta más cerveza bebe más simpático les parece a los colegas del bar. Es todo lo contrario de cuando está en casa. No quisiera odiarlo porque es mi padre, pero a menudo me pregunto hasta cuándo tendremos que soportar ese infierno.

Por otro lado, pienso que el conocerte a ti ha sido una cosa maravillosa. Tu amabilidad, tu paciencia y tu comprensión hace que los que te rodean se sientan a gusto. Tus ideas sobre las cosas me han hecho ver el mundo. No es que antes no lo viera, pero ahora algo dentro de mí ha cambiado. Siento que te quiero. Sí. Pero no como piensas tú.

Tengo sólo catorce años –a punto de cumplir quince-, apenas un niño para ti, pero si pudiera fugarme de casa y escaparme contigo, te aseguro que lo haría esta misma tarde. Anteayer, en el cine, mientras me acariciabas las mejillas y te besé tus dedos me sentí feliz y entré en ese mundo mágico que inspiras y que tú conoces tan bien. A causa de eso no he dormido en toda la noche y no he probado bocado en todo el día. Los pantalones se me caen porque he adelgazado.

Ester y mamá se han ido a la piscina y papá se ha ido a pescar con los compañeros de su empresa. Así que estoy sólo en casa. No hago más que pensar en ti. Veo tu cara en todo lo que miro y si cierro los ojos oigo tu voz y me estremezco, los poros de mi piel se abren como si quisieran estar a punto para recibir tu aroma. Guardé en mi armario una de tus toallas y la huelo todos los días para tener algo tuyo cerca de mí. Te quiero.

Espero que no te enfades por este mail. Besos. Daniel   

Respuesta

Hola mi amor,
NO ME HE ENFADADO

He meditado mucho sobre las palabras que viertes en tu mail y he de reconocer que me has obligado a escoger entre contestarte como lo haría una tía normal a su sobrino o a explicarte todo aquello que me has hecho sentir. Finalmente he optado por tratarte ya como un adulto. En efecto, cuando me besaste los dedos en el cine se me puso la piel de gallina y sentí que esos labios tuyos ya no son los de un niño. Yo también pensé en ti cuando llegué a casa y… soñé…

Y ahora que tengo la confirmación de lo que pensaste con mis dedos entre tus labios me haces sentir la mujer más dichosa del mundo. Pero de la misma manera que yo no quiero confundir mi hambre de sexo masculino con el amor, tú tampoco debieras confundir el descubrir el sexo con algo más profundo, que ha de llenar una gran parte de tu vida. Deja fluir el tiempo necesario e intenta contener un poco a ese gran corazón que amenaza con salirse por la boca.

Besos. Sylvia.

Casi inmediatamente apareció en la pantalla su respuesta:

Besos, besos, besos,
Te quiero. Daniel

Sin saber exactamente por qué, le contesté:

Besos, besos, besos,
Yo también te quiero. Sylvia.

Seguí escuchando la música de Radio FIP, pero en mi vientre sentí revolotear las mariposas. Para distraerme me puse a leer las instrucciones del nuevo teléfono móvil que me había regalado Geogina. Harta ya de manipular el aparato entré de nuevo en mi correo y me quedé estupefacta al ver otro correo de Daniel:

"Me he masturbado… pensando en ti…
Te quiero. Daniel."

El sencillo mail llegaba en el momento que de la web de Radio FIB salían los suspiros de "Je t'aime" y me provocó una titilación tan fuerte que con un solo apretón de muslos sentí las punzadas de un fuerte orgasmo que me subió por los pezones hasta alcanzar mi boca que se abrió para lanzar los suspiros como queriendo alcanzar el cielo.

Telefoneè a Georgina, le dije que abriera su correo. Le envié toda la conversación con Daniel. Necesitaba saber su opinión, su censura o su absolución; necesitaba compartir con alguien todo eso que me pasaba. Inmediatamente obtuve las siguientes palabras de su parte.

Hola Sylvia

"Eres una mujer afortunada. Yo haría cualquier cosa para que alguien me escribiera una cosa así. Esa pasión… incontenible… limpia… Me ha excitado muchísimo; lo mismo que a ti. Ya sabes que yo me enciendo con la velocidad del rayo. ¡Despreocúpate de todo!. No pienses en los prejuicios de edad… del parentesco… etc. Verás las cosas más claras y sobre todo aplícate el mismo consejo que le has dado: Da tiempo al tiempo." Te quiero. Georgina.

En la pantalla del ordenador apareció otro correo de Daniel:

"¿Te has enfadado mi amor?
Te quiero. Daniel

Le contesté:

No. No me he enfadado.
Yo también te quiero. Sylvia.

Cerré el ordenador para no ver su contestación. Intentaba escuchar la radio, leer una novela de Sartre, paseé por la habitación, miré por la ventana. Todo inútil no podía pensar en otra cosa. No había pasado ni media hora cuando la curiosidad no me dejaba vivir. Volví a encender el ordenador, abrí el correo y casi me muero de placer. Tenía otro mail de Daniel.


"Sylvia, mi amor, tú qué sabes lo que es una voz de socorro,

"No me dejes sin luz y sin color olvidado de ti como de mí, perdido en el abismo de la desesperanza que yo mismo he escrito con dolor y con temblor".

"No me dejes sin voz y sin amor, olvidado de todo como si no fuese más que negro frenesí nacido del silencio que ha ido creciendo en mí como lo hace una semilla al humedecerse".

"Deja que me penetre  tu fulgor, admíteme en tu mundo necesario y deja que yo describa tu lamento".

Te quiero. Dime qué día podemos hablar. Necesito hacerlo mientras te miro a los ojos. Daniel.

Noté como si saliese humo de mi sangre. Encontré de gran belleza esas palabras. Para calmarme, imaginé que Daniel habría copiado ese texto de algún libro de poemas, pero el sólo hecho de encontrar ese texto, seleccionarlo y aplicarlo en una situación tan difícil, ya indicaba una sensibilidad tan extraordinaria que me llegaba al alma.

Antes de contestar llamé a Simone, le leí de viva voz todos los mails, los de Daniel y también los míos. Simone, incomprensiblemente estalló en carcajadas y me dijo: ¡Estás loca! ¿Cómo me pides consejo a mí, si sabes que yo en cuestiones de sexo necesito salirme de la norma? Ese tipo de relaciones no sólo me trastorna sino que las necesito. No me pidas consejo a mí. Pídeme lo que quieras, pero no lo que has de hacer con tu sexo y con tu alma, pues ya eres mayorcita. Ya no estás en el lado oscuro de las puertas de tu monasterio.

Contesté a Daniel

De acuerdo mi amor,

Me rindo ante tus demandas, sólo te pido que me des tiempo para calmar un poco los latidos de este corazón que no se acostumbra aún a este mundo. La semana que viene te diré el día en que nos hemos de ver.

Besos, besos, besos,…
Te quiero. Sylvia.

Durante toda la semana estuve meditando sobre lo "ocurrido" en la mente de Daniel y en la mía. Siempre creí que intentar la pureza es intentar la autenticidad. Siempre consideré que para ser auténtica, era necesario un considerable esfuerzo lúcido. Ahora me daba cuenta de que todo depende de lo que se entiende por pureza.

El conocimiento filosófico místico de Daniel era, evidentemente, incipiente y no había podido madurar en él el sentido de la salvación, pero aunque las circunstancias no habían cambiado, su propia mente sí había cambiado al adquirir plena consciencia de su situación. Y su cuerpo ya estaba dando muestras de crecimiento como el del orangután que sabe que hay una hembra disponible.

Al igual que la orangutana acepta la relación sexual asimétrica, yo decidí entregarme a Daniel, pero antes acepté la recomendación de Simone. A Simone siempre le había dado algún tipo de secreto placer visitar cementerios. Quise saber que se sentía en esos ambientes y acepté su invitación de visitar aquel domingo el cementerio de PèreLachaise. Me impresionó mucho el mausoleo de Chopin. Tanto que llamé a Daniel y le dije que corría a casa para entregarme.

                        (Fragmento de "Las Puertas del Monasterio")
                                  Johann R. Bach

Las pasiones ¿qué son? ¡Serpientes voluptuosas!



MELODÍA CARGADA DE NOSTALGIA

Hola amor,

He recibido tu carta
y debo confesar que la he leído varias veces –más de siete- y que me ha gustado mucho, pero

¿a qué viene confesar nada,
si mi existencia, irrevocablemente, la has decidido tú?

Dame la mano.

Las pasiones ¿qué son?
¡Serpientes voluptuosas!

Y su poder oculto es un imán mortífero.

Y no osando detener esta danza inquietante
de mis ojos sobre tu bella caligrafía contemplo a través de ella

el brillo de unas mejillas de muchacha
y de mi pecho sale una melodía cargada de nostalgia.

                                                             Johann R. Bach

Las pasiones ¿qué son? Serpientes voluptuosas

MELODÍA CARGADA DE NOSTALGIA

 

Hola amor,

 

He recibido tu carta

y debo confesar que la he leído varias veces –más de siete- y que me ha gustado mucho, pero

 

¿a qué viene confesar nada,

si mi existencia, irrevocablemente, la has decidido tú?

 

Dame la mano.

 

Las pasiones ¿qué son?

¡Serpientes voluptuosas!

 

Y su poder oculto es un imán mortífero.

 

Y no osando detener esta danza inquietante

de mis ojos sobre tu bella caligrafía contemplo a través de ella

 

el brillo de unas mejillas de muchacha

y de mi pecho sale una melodía cargada de nostalgia.

 

                                                             Johann R. Bach


4 mar. 2015

La nieve ha comenzado a hervir.

EL MORIBUNDO INVIERNO

 

El invierno –como otros tantos de este siglo-

da sus últimos coletazos y su malignidad se rebela contra los amenazantes frutos que piden oxígeno.

 

La nieve ha comenzado a hervir.

 

La células heliotropas están a punto de estallar

y las diminutas gotas de agua que se pasean por los campos y que nos besan los ojos como una telaraña aumentan aún más su inquietud.

 

Es la danza de la vida

que necesita pista para bailar.

 

Y en todo esto

no es menos importante el carmín de sus labios y el brillo de sus ojos de sus días vivos.

 

No parece interesada en preguntarme:

 

ya sabes que la ternura es inconsciente,

y poco importa cómo le muestre mi estremecimiento.

 

                                                               Johann R. Bach

Suavemente

INNECESARIO Y LIBRE

 

Suavemente

(ella) ha atravesado las vaporosas nubes de niebla.

 

El tierno colorete le llena las mejillas.

 

Luce el día frío y poco común,

y yo, vagando, me veo en medio del paisaje dispuesto y preparado para comenzar a envejecer,

 

innecesario y libre.

 

                                                            Johann R. Bach

Otra puerta en el paisaje

LA PORTE DE CHARENTON

Después de algunos días de relajamiento total, empecé a buscar trabajo. No tuve suerte. En todos los establecimientos comerciales donde fui me atendieron con gran cortesía, pero en ninguno me daban empleo; ni siquiera parcial. Mi escaso conocimiento de los lenguajes especializados no me ayudaba a abrir puertas y mi perfecto conocimiento del alemán chocaba con la temporada baja del turismo.

En los hoteles me prometían trabajo para los meses de verano, pero eso hizo que el alegre invierno de París se me hiciera muy largo. No quería depender de mi hermana y por otra parte sentía la oscura sombra de mi cuñado pisándome los talones.  Adelgacé unos cinco kilos en pocas semanas, pero eso me fue bien pues mi barriga se allanó dándome un aire aún más juvenil.

A excepción de la ausencia de una ocupación todo iba bien. Mi hermana estaba feliz de tenerme en casa y le entusiasmaba que por las noches les diera a los chicos algunas puntadas de alemán. Yo me sentía como la crisálida que, después de una larga etapa de acumulación de proteínas, se ha sacado definitivamente la corteza de los hombros, ha levantado sus alas y vive su segunda primavera.

A veces al despertarme no reconocía las paredes que habían cobijado mi sueño, pero esa sensación duraba sólo unos segundos. Miraba el reloj y saludaba con alegría la hora larga que aún faltaba para que se levantase mi cuñado. Él no soportaba que yo ocupara el único baño de la casa cuando él lo necesitaba. Era cuestión de evitar coincidir con él cuando precisamente su mal humor se mostraba con toda crueldad. Era una persona que llegaba fácilmente al insulto, así que cuando él iba a asearse yo ya estaba en la cafetería de enfrente tomando mi café y esperando a que él saliera de casa para volver a entrar.

A esas horas de la mañana sentía las miradas de todos los hombres que entraban en la cafetería y a pesar de no mirarles de frente reconocía su ansiedad y su inquietud, pero ni loca se me ocurriría dejarles entablar conversación conmigo. Me molestaban sus miradas destinadas a buscar en mi rostro algún signo de disponibilidad.

Distinto de todos ellos se colocaba todos los días en la punta de la barra, junto a la puerta, como si quisiera estar cerca de la salida, un hombre joven, casi un muchacho, ataviado con un mono azul de mecánico. Tomaba un café con el tiempo justo y se marchaba sin reparar siquiera en el resto de los clientes.

Su aire despreocupado me agradaba. Era diferente. Era alto y llevaba el pelo corto, demasiado corto comparado con los demás. Algo en él se parecía a mí, pero no sabría decir qué era. Me armé de valor y decidí preguntarle a la primera ocasión si trabajaba cerca. Me dijo que era mecánico y su taller se hallaba a tan sólo dos manzanas de allí. Así mismo me preguntó si yo también trabajaba cerca. Balbuceando no sabía que contestar, pero acabé por decirle que ayudaba a mi hermana en las tareas domésticas, aunque lo mío era cantar y claro encontrar trabajo no me era fácil. Se lo conté a mi hermana y se puso más contenta que yo de que por fin encontrara con quien hablar.

En los días siguientes tomar el café junto a Pierre se convirtió en algo sumamente placentero. Era una persona sencilla y seria; no regalaba fácilmente la sonrisa, pero era correcto y amable en el hablar. Era quince años más joven que yo y quizá por ello el trato me parecía franco y exento de cualquier intencionalidad distinta de la de charlar con alguien mientras se toma el café cotidiano. Quizá él sentía lo mismo que yo.

A los pocos días se presentó en la cafetería con una amiga, Simone, que cantaba en un coro y quería conocerme y oír como cantaba yo. Desde el primer momento simpaticé con ella. Sentía unas ganas locas de explicar toda mi historia o lo corto de mi historia en el mundo, pero me limité a explicarle que había cantado en un coro en un pueblecito de Alemania cerca de la frontera con Austria. Simone me dijo que mi voz de mezzo-soprano quizá me ayudara a abrirme camino en mi nueva vida.

Me pareció una amabilidad por su parte. Como si quisiera animarme. La verdad es que si a través de mi voz conseguía amigos como Simone y Pierre, era como para considerar que en mi garganta había un gran tesoro. Aunque algo dentro de mí me decía que en el barrio donde vives es conveniente no ser muy explícita en cuanto a tus cosas y en esas lides me sentía como una experta. Así que de momento no le conté nada acerca de mi estancia en el Monasterio, aunque Pierre sí lo sabía.

Simone, a bocajarro, me dijo que era feminista. Yo asentí con un movimiento positivo de cabeza, pero en realidad en aquellos momentos no estaba segura de entender el significado de aquella tarjeta de presentación, aunque me tranquilizaba saber que Pierre y ella eran amigos. Yo siempre había temido la brutalidad de los hombres, pero la convivencia en el Monasterio había liquidado toda sublimación del sexo femenino.

En Simone se aprecia rápidamente su locuacidad divagante; saltando de un tema a otro, luego tristeza, o repite la misma cosa. Se siente perseguida, odiada y despreciada. En sueñosve que está muerta y que están preparando su funeral. Según cuenta ella misma tieneideas eróticas persistentes. Es celosa y suspicaz. Se encuentratriste por las mañanas, sin deseos de mezclarse con el mundo. Sólo una pequeña conversación con Pierre la arranca de la deriva de esos pensamientos.

De soltera sentía aversión al matrimonio, repite obsesivamente de vez cuando. Cuando la mandíbula inferior se le cae y tiene hinchazón enorme de labios o se le hincha la lengua y le tiembla al sacarla su única solución es hablar con Pierre. A menudo nota en la garganta un bulto que sube y es tragado de nuevo. El dolor de garganta se extiende a los oídos y se le hace imposible cantar. Esas situaciones las resuelve Pierre de una forma tan natural que a veces cree que depende demasiado de él.

Otro de los misterios de Pierre es el haberle arrancado los deseos de alcohol. Desde que conoce a Pierre no bebe más que en casos excepcionales –y en no pocas veces con su permiso- Pierre ha conseguido que su abstinencia sea placentera. Critica a Georgina por su gran apetito pero es tan hambrienta como ella y además no puede esperar a los demás para comer.

En su corazón de oro siente inquietud, temblores, ansiedad y debilidad. De vez en cuando se toma el pulso porque cree que lo tiene débil. En momentos de crisis necesita sesiones de sexo duro y si no lo obtiene se siente mal al despertar; sufre calor, sudor, escalofrío, confusión. Por lo menos una vez mensual necesita salirse de toda norma sexual.

A pesar mío, las ideas sobre el mundo y la sociedad continuaban siendo las fijadas en mi ADN durante veinticinco años y quizá me fuera necesario un nuevo replanteamiento de las asimetrías humanas. Fue precisamente la consideración individual de cada persona la que me llevó al abandono de las ideas comunitarias. Quizá sea Simone un ejemplo a seguir.

                                                     (Fragmento de "Las Puertas del Monasterio")
                                                                               Johann R. Bach

Soy mujer: introductora de la locura del amor en el mundo natural;

LA SAL ES FEMENINA

 

Me gusta la sal,

esa sustancia que me obliga a beber el agua que da vida. La sed que me produce en los labios me indica la necesidad de roce con los de

 

otra alma solitaria como la mía.

 

Soy mujer:

introductora de la locura del amor en el mundo natural; necesito reparar las grietas de mi resentida alma para transformar en necesidad

 

los oscuros deseos de los hombres.

 

Quiero ser siempre

más que otras criaturas y, no pudiendo serlo jamás pues no puedo caminar  contra el viento,

 

me siento inferior,

 

tiendo a la búsqueda

de situaciones de superioridad y, despreciando a los otros, necesito tenerme por distinta para sentirme más

 

y cuando lloro

lo hago en soledad.

                                                                                                                                             Johann R. Bach

 

3 mar. 2015

todo un misterio – como es el morir…

SILVIA DECIDE DEJAR DE FINGIR
            
"Ya has fingido bastante Silvia
–se decía a sí misma-; ya sabes no eres Nefertiti y que estás condenada a muerte".

Silvia no quería seguir fingiendo juventud eterna:
Sabía que sus días estaban contados y su insulina tasada de forma que variando la ingesta de calorías podía alargar o

acortar el número de latidos
de un frágil corazón

y ya nada escondía en absoluto,
nada podía ocultarle a las musas…

Y era extraño:
le gustaba reconocer que respirar no sabía con eficacia. Aquello que sentía Silvia era verdaderamente un encantamiento rodeado de niebla

todo un misterio –
como es el morir…

Somnolienta, en la hamaca se balanceaba
Y, con una fuerte dosis de buen juicio, se mantenía en silencio –estaba trazada irrevocablemente

para el futuro su eternidad.

                                                            Johann R. Bach


1 mar. 2015

Hay sitio en mí, más aún, espacio para vuestro dolor

A LAS VOCES DEL CORO

Hay sitio en mí,
más aún, espacio para vuestro dolor y las blasfemias y también para vuestra alegría…

No, nada os impide
entrar en mi casa cuando brilla el sol y mucho menos cuando ulula la tormenta…
sobre mi pecho podéis llorar y maldecir,

y más cerca del misterio reíros,
sí, reír y nada os impedirá marcharos con vuestras voces.

Mi amor está aquí,
vosotras vais pasando…
                                                                  Pierre Duval
……………………………………………………………………

Me deshice de mis ropas mojadas y me puse un pijama fucsia de Pierre. Decidida a acurrucarme en el cálido suelo de roble me ofreció un lugar en su cama con la promesa de sus ojos de no tocarme. Mirando al techo y con las lágrimas saliendo a borbotones intenté dar alguna explicación, pero las palabras se encallaban ante el nudo hecho de mi propia lengua.

Pierre pareció comprenderlo y me instó con toda la dulzura que pudo a guardar silencio. Para distraerme y olvidar lo más rápidamente posible aquella horrible agresión, comencé a pensar en la nueva situación.

Hacía más de veinticinco años que no estaba con un hombre tan cerca. Sentía sus palpitaciones y de vez en cuando miraba de reojo y sus ojos situados encima de una multiplicada nariz como los de un pequeño dios vigilante de una iglesia de desesperados, me parecían aún más despiertos. Poco a poco su presencia junto a mí me fue calmando y en algún momento debí quedarme profunda-mente dormida.

Hacia las tres de la mañana me desperté. Sentía en mi pecho un miedo extraño y no pudiendo contenerme me giré hacia el cuerpo de Pierre y puse mi mano encima de su pecho. Sentí su corazón latir con fuerza, pero por cada uno sus latidos, el mío daba dos. Ya no recordaba cómo era el tacto de un vello tan distinto del mío.

Sentí un cosquilleo en mi bajo vientre tan agradable que no pude evitar un ligero movimiento de lordosis.

Ahogué el grito de la especie por miedo a despertar a Pierre. Me sorprendió muchísimo sentir cómo aquellas punzadas me llenaron la boca de saliva y cómo aquel pecho masculino me tranquilizó inmediatamente.

Pierre no se despertó o si lo hizo simuló seguir durmiendo. Poco a poco retiré mi mano pero permanecí pegada a su brazo y me dormí otra vez. Al despertarme lo primero que sentí fue el aroma del café que Pierre había preparado. Sin moverme todavía, me negaba a abrir los ojos mientras recordaba que aquella sensación tan dulce pudo transformar una de las noches más desgraciadas en otra cosa bien distinta. Tenía la sensación de haber tocado las estrellas con mi mano.

Me voy a trabajar –me dijo Pierre-, volveré al mediodía. Llamaré a Simone. Puedes quedarte el tiempo que quieras. Estás en tu casa. Al dejarme sola me hallaba como flotando en una nube. No era mareo ni tristeza. Era una especie de asombro de todo lo que me estaba pasando, como si los hechos no hubieran sido reales. Mientras me tomaba el café husmeé toda la mañana, sin prisa, entre los libros de Pierre.

En todos ellos había anotaciones y frases o palabras subrayadas. Abundaban los de poesía y los de historia, pero las novelas tenían un rincón propio, aunque tenían el aspecto de estar abandonadas desde hacía mucho.

Me sentí en aquel apartamento tan a gusto que dudaba de que tuviera cosas por hacer. Hasta las cuatro de la tarde no tenía que ir a hacer la limpieza de la escalera. No sentía hambre; sólo sed. Por suerte Simone se presentó hacia las doce. Me preguntó qué había pasado y yo le contesté escuetamente que mi cuñado me había echado de casa, pero le rogué que no me hiciera entrar en detalles por el momento.

Simone me hizo acompañarla a un recado y luego fuimos a comprar hamburguesas, ensaladas preparadas, vino tinto y manzanas, un paquete de café y azúcar.

Cuando Pierre regresó puntualmente a las 14.00 h. todo estaba dispuesto en la mesa como si se tratara de un cumpleaños íntimo. Pierre nos besó con tres besos a cada una y con la sonrisa de que el mundo es el mejor de los mundos nos apremió a comer. En el aire había algo de extraordinario y casi me olvido de la terrible discusión con mi cuñado.

Durante toda la comida se habló de cosas cotidianas, como si los tres hubiéramos hecho un pacto de silencio sobre nuestros propios problemas. Ciertamente en aquellos momentos todo ocurría como si tres buenos amigos se hubieran reunido para celebrar algo positivo y alegre. En cualquier caso esa buena predisposición me calmaba y en el fondo de mi corazón les agradecía todo aquello. Al final de la comida Simone me prometió buscar una habitación para mí, que iría a buscar mis cosas a casa de mi hermana, la tranquilizaría si ello era posible y que en cuanto pudiera, hablaría con las compañeras del coro.

Cada uno partió a su trabajo. Limpié la escalera a fondo, con una presteza inusitada. Ese trabajo mecánico me ayudaba a contener todo un mundo que amenazaba con brotar de mi pecho. Cuando llegué al apartamento de Pierre, Simone ya me había traído mis cosas: dos maletas en total.

Aprovechando que Pierre aún no había llegado le expliqué la pelea que tuve con mi cuñado y cómo al huir, mientras los chicos intentaban interponerse para evitar una de esas peleas que ya conocían cómo acababan, me libré de una agresión de consecuencias desconocidas para mí.

No pude tampoco ocultarle lo que pasó por la noche durmiendo con Pierre a pesar de que Simone me repitió una y otra vez que no era necesario que yo le diera explicaciones, pero me escuchó pacientemente. ¡Bravo! ¡Bienvenida al club! Todas estamos enamoradas de ese maravilloso muchacho. Es el hombre ideal para cualquier mujer y por eso mismo, inalcanzable. Es el verdadero amor de todas las del coro. Cuanto más sepas de él, cuanto más contacto tengas con él más te enamorarás.

Yo no comprendía bien aquellas palabras, pero realmente me tranquilizaban porque Simone pareció no sólo no tomárselo a mal, sino que pareció encantada al saber que Pierre me caía bien. No soy nadie –me dijo- para decirte lo que debes hacer con tu vida, pero si eres amiga de Pierre, lo serás también de todas nosotras. Ya te irás dando cuenta que su empatía llega a impregnar el cielo.

Cuando llegó Pierre sentí que evidentemente su alegría era contagiosa. Cenamos pronto una simple tortilla francesa con una sopa y por recomendación de Simone nos bebimos dos botellas de Côtes du Rhône. Estuvimos charlando hasta las once.  A pesar de que no fue mucha cantidad, yo me encontraba flotando entre dos amigos y sin darme cuenta nos encontramos los tres en la cama. Simone se sentó sobre mi espalda y me hizo un masaje en los hombros y en el cuero cabelludo.

Por el rabillo del ojo vi cómo Pierre se desnudaba y se ponía el pijama. Me gustó verlo desnudo: era como un Apolo, musculado y sin un gramo de grasa. Simone me desnudó a mí. Me sentí observada y un gran placer corrió por mi bajo vientre. Me puso el pijama y sentí cómo se acostaban junto a mí. Uno a cada lado y después de sus cálidos besos de buenas noches entré en el sueño más tranquilo que haya tenido jamás. Me sentí protegida por primera vez en mi vida.

Me desperté abrazada a Pierre mientras que una mano de Simone descansaba sobre mi hombro. La cama parecía aún muy ancha para los tres. Retiré mi abrazo a Pierre con suavidad y me giré dándole la cara a Simone. Mis labios casi rozaban los suyos y la besé. No fue un beso fingido como los del Monasterio, puse en sus labios toda la  pasión acumulada durante toda la noche.

Ella se despertó y me besó a su vez, deslizando sus dedos por encima de mi sien. Se levantó y fue a preparar el café. Mientras se calentaba el café la abracé. Junto a la cafetera la volví a besar. Eran besos desconocidos, voluntarios y libres.

La subida del café despertó a Pierre que saltó de la cama y se desnudó ante nosotras sin ningún reparo. Entró en la ducha mientras Simone y yo sonreíamos. Después de tomar el café Pierre salió disparado porque llegaba tarde al taller.
Simone y yo, al quedarnos solas preparamos un almuerzo de aquellos expresamente largos para poder charlar.

                              (Fragmento de la novela "Las Puertas del Monasterio")
                                                                Johann R. Bach