19 may. 2016

Yo nunca fui una utópica –irrumpió Clementina con cierto aire de autoridad-, nunca creí que el estado fuera a derrumbarse,


EL TELÉFONO HA DE SONAR TRES VECES

Era casi medianoche,
la cena se alargaba inusualmente. Clementine se quejaba de que al final de su vida laboral solamente la élite tenía libros, el resto de la población pasaba horas y horas ante un televisor.

Agnés estaba convencida de que su generación era pura basura y no merecía nada, ni siquiera latigazos.

Todo lo que podemos hacer es…
-decía Cassia cuando de repente sonó el teléfono en el recibidor. Todos nos mirábamos unos a otros, pero nadie se levantó de la mesa. Fueron unos instante eternos… Cuando los timbrazos dejaron de sonar… la conversación se reanudó.

Niko decía que la democracia
como forma de autoridad no puede sobrevivir. Nunca un parlamento consiguió –era su argumento- eliminar el hambre, la miseria social y psicológica de millones de seres.

Tu teoría se basa –protestaba Bruno-
en algo erróneo: ¡Sólo consiste en destrozar lo primero que se te tenga a mano y en esperar luego que algo bueno surja por sí mismo! ¡Combinas pesimismo irracional con optimismo irracional! ¡Prevés cosas terribles pero también crees que se puede predecir el futuro y que es también posible controlarlo y amarlo!

El marxismo siempre salvó sus hipótesis
extremadamente improbables mediante la fe en una conclusión utópica. ¡Y tú te quejas de que yo crea en el Ángel Montserrat!

Yo nunca fui una utópica
–irrumpió Clementina con cierto aire de autoridad-, nunca creí que el estado fuera a derrumbarse, ni que se fuera a terminar la división del trabajo… claro que yo era funcionaria y no podía creer en algo que fuera a destruir mi modo de vida… aunque tampoco era tan estúpida como para no ver que aquella administración en la que yo vivía totalmente inmersa estaba podrida hasta el tuétano, que era opresora, corrupta e injusta, materialista, implacable e inmoral, blanda, podrida por la pornografía y la cursilería. Las personas estaban vivas a medias cuando no simples marionetas.

El silencio, de nuevo, se impuso:
el teléfono del recibidor volvía a escupir al éter sus timbrazos… Nadie se levantó de la mesa.

                                                                                Johann R. Bach

Los precios son aquí de risa.


CRONICA DESDE 
EL PARAISO TRANSPARENTE DEL TERCER NIVEL

Hola amigos de la Casa de Huéspedes del 13 Boulevard Raspail París. Pienso a menudo en vosotros y además por recomendación del Ángel Montserrat os envio esta primera crónica desde el PARAISO TRANSPARENTE DEL TERCER NIVEL:

Esta semana –como todas-
se ha caracterizado por el buen tiempo y la buena cara de todos los vecinos, con una sonrisa de plástico envidiable. No llueve y el sol quema la piel mejor que en cualquier playa.

Esta ha sido una semana
de poco trabajo/persona –unas dos horas en total- y hemos cobrado unos subsidios maravillosos. Esto es el Paraíso. ¿Puede haber alguien que desee otra cosa?

Los precios son aquí de risa.
Con el sueldo de una semana podemos tomar 200 cafés, 1 hamburguesa, dos huevos, 1 sopa de ajo, 10 gramos de pan, 3 litros de ginebra, 2 colas de 500 ml, 3 champiñones, 50 porros, 1 gramo de jabón, 3 aceitunas y… ¡cómo no? a escoger entre 1 mandarina ácida o 1 lima.

(El lector de esta crónica
comprenderá por qué nuestras neveras están repletas)

En estos días se ha practicado
más deporte que nunca. Ya sabéis que aquí en el Paraíso Transparente el deporte preferido consiste en partir leña o en escribir sobre el teclado del ordenador ya que gracias a ello el sistema social es estable.

¿Los gobiernos? ¡Ay!
Son de lo más sensato. Casi no hacen nada y por ello hay pocas quejas. En caso de conflicto se van a la playa y así se evitan discusiones.

Hay que reconocer
que no siempre fue así, que todo fue planificado para ser distinto. Pero nadie quería que el Paraíso Transparente fuera distinto: círculos luminosos, coros y grados de abstracción pintados de cian y magenta.

Nada de esos ridículos ocres
de los bosques caducifolios podría amenazar las plantaciones de café y hachís. Y aunque no se logró separar con precisión las palmeras de plástico de las vacas sagradas el resultado fue bueno.

Al principio el cuerpo y el alma
se resistían a separarse y se necesitó mucha agua caliente y jabón para lograrlo y eso hizo que se sacaran algunas conclusiones: se mezcló un grano de lo absoluto

con un grano de arcilla
y aquello fue la hostia: Las gotitas de grasa resbalaban sobre los dedos que aún no comprendían la orden de los Seres Supremos cuando decían con voz autoritaria: "Dedos a la obra".

Naturalmente cuando eso pasaba
las mujeres salían huyendo buscando otros manzanos bajo los cuales poder refugiarse. Pero finalmente la Doctrina Única se impuso y lo arregló todo:

A partir de entonces las mujeres
son las únicas que trabajan en el Paraíso mientras sus maridos miran la tele tumbados en el sofá. ¡Ah! ¡Esto es el Paraíso Transparente!

Los proletarios celestes constituyen
una minoría protegida para conservar la diversidad biológica; y, son felices hasta el punto de que si se portan bien y recorren todas las estaciones del viacrucis de la Fórmula 1 sin rechistar,

se les deja oír el sonido de la lluvia.

¡Esto es el paraíso Transparente!
¿Qué digo? Esto se está convirtiendo en algo mejor que el Paraíso Transparente, pronto subiremos de nivel. La Semana próxima les volveré a enviar otra crónica con la esperanza de poderles decir:

¡Esto es más que el Paraíso Transparente! ¡Es la leche!

                                                                         Desde el Paraíso Transparente
                                                                                       Bartolino R. Bach

18 may. 2016

Como su única hermana recogí en las mías, sus manos de sierra y de coral.


ÚLTIMO ADIÓS

Había en el monasterio ecos de plegaria
y música de piano que recortaban su silencio, abreviaturas sordas de música en sus sienes y sus párpados temblaban todavía.

En un claustro sonrosado con las piernas desnudas y manchadas del mismo color rosa que los arcos, las lágrimas abundaban como el frío. Pensé en su corazón lleno de tesoros, excepción en un mundo falto de latidos, en su vientre tatuado por espinos, en sus muslos pintados de azul claro.

En aquellos días viví entre su imagen, su sexo borrado del tiempo y un jardín lleno de letras grises y gemidos como un humo de nombre solitario; su respirar con los ojos; cómo en su musitar rogaba un nuevo hogar distinto de aquel donde la cera y la ceniza son los ángeles.

Vi cómo su quietud se pronunciaba descomponiendo el árbol de su ser, ablandando sus delicados miembros, cómo lo gris deshizo el vívido amarillo y cómo se iban perdiendo los aromas en el ascenso de un olor impuro, hipocrático.  Sus pétalos eran lívidas caricias. Su torso se transformaba en un tallo y en sus ojos la sombra del no ser miraba suplicando bajo las rojas grietas de su frente. En aquellos últimos minutos vi su presencia abrirse y deshacer y sus ojos perderse entre las frutas funestas de pasados intocables.

Como su única hermana
recogí en las mías, sus manos de sierra y de coral.

Repartida en visiones y en instantes, su estatura se quebró en infinitos fragmentos dispersados. Sus ojos como en un puente; sus senos se abismaron con su voz y sus palabras fueron en aquel día de otoño como agua de una lluvia más oscura, más doliente. Solamente su vientre se elevaba bajo la red azul de las estrechas distorsiones del grito de la luz.

Sus labios se fueron ocultando poco a poco en las hojas y en las raíces secas sus silencios traspasaban pálidas orquestas. Su cuello siempre fue una tétrica magnolia. Como innobles madreselvas las venas habían recubierto, hasta las orejas, su piel de adolescente en delirio. Sus pies habían sido, durante años y años, como dos piedras olvidadas, mientras que su nombre, fue como una cadena desprendiendo cada eslabón untado de sentido.

Había sido su vida como una antorcha de oro y cera, como una catarata de momentos, como de mármoles un choque.

Como carbón vegetal ya consumido,
su luna se deshizo en otros cielos…, se borró como su sol. 

                                                                                                   Johann R. Bach

17 may. 2016

¿Acaso temes volverte aburrida y vulgar?


EL MAR EN LA ISLA DE MENORCA

Mar que arrancó, demasiado pronto,
a remo y vela, de un tirón a los niños de mi isla dales el rostro de tu pasión.

Mar donde termina el relámpago
y comienza la tierra que vio nacer a mi madre que hace rodar por las rocas de olvido la rocalla de mi razón.

Mar, la tierra es en ti temblor,
el viento de tramontana ansiedad, que cada nieto de marinero en su noche cueza de tu cosecha de arañas y serranos.

Mar, tantas veces denostado,
de calas abandonadas, privado de voz.

Mar del respeto a la poesía de Homero,
mar que oxida el metal, donde las estrellas tienen esa sombra que niegan a la lluvia.

Mar de los poderes transmitidos
y del grito que emboca las aguas en los pequeños puertos, del viento huracanado y seco que muerde los olivos y anuncia el nuevo aceite.

Mar de corazón intacto
de este fragmento de Mediterráneo enloquecido por la presión del turismo, ampáranos violento y amigo de las abejas del cordero y el caballo.

Mar que baña esta isla
de los mejores que sí mismos, acusada de ser Bulevard de perezosos y saludo de los simples,

pero uno no puede, al salir de la infancia, dedicarse a estrangular ególatras indefinidamente. Somos unos cuantos quienes, sin pruebas, creemos que la felicidad es posible en esta Isla de Menorca.

                                                                                              Ermessenda

Deduzco, por el poema que has escrito,
que tu madre, Ermessenda nació en Menorca , pero tú no. Así es Cassia. Mi madre nació y vivió en Mahò hasta que se casó. Yo pasé en Ciutadella todos los veranos hasta que acabé mis estudios. Me encantaban las fiestas de Sant Joan y su espectáculo de caballos.

Te he visto escribir frenéticamente
sobre nuestros perfiles, sobre los paisajes que hemos visitado, sobre las calles de París: ¿Acaso temes volverte aburrida y vulgar? ¿Es ése tu miedo particular? Sin duda escribir te ha mantenido durante años en un estado de excitación permanente y te he visto temblar de emoción mientras escribes lo cual me excita a mí también.

Sí, sí. Y al mismo tiempo de que se trata de ti y de mí, pues ambas estamos vencidas por nuestra imposibilidad, debe haber algo más profundo, algo inexplicable que aún no llego a comprender: Es ese día a día en que se produce lo nuestro, esa cosa que hace que todo resida en el ahora.

¡Mira! Clementine ya tiene dispuesta la cena…

                                                                                                   Johann R. Bach

16 may. 2016

Comienzo a entender de que estoy atrapada entre escombros


SOR GENOVEVA

Aturdida aún intento saber qué pasa:
todo está oscuro y tengo la boca seca y llena de barro; un pequeño hilo de agua discurre junto a mi mejilla y su helor aviva mi mente.

Poco a poco
me voy acostumbrando a la oscuridad y en el fondo de un pasillo medio destruido veo algo de luz.

Intento moverme y no puedo:
algo me sujeta por la cintura y mis piernas doloridas, sobre la espalda noto la presión de algo duro aunque no cortante.

Comienzo a entender
de que estoy atrapada entre escombros que me tienen inmovilizada, oigo voces a lo lejos.

Sepultada entre las vigas
que han caído sobre mí, como fiera enjaulada respiro. Un rumor de palas me dice que trabajan desde fuera;

mis pulmones lo hacen desde dentro.

¿Cómo podría saber
que es a mí a quien buscan?

¿Cómo podrían saber ellos que aún respiro?
Un espantoso espacio hecho de arena y maderos atravesados impide que puedan oír mis débiles palabras.

La disciplina practicada
durante años me indica que debo respirar profundamente para calmarme y pensar y … ¿qué otra cosa podría hacer? En primer lugar debo saber si estoy herida.

Tengo un golpe en la cabeza,
pero no debe ser grave porque no noto que la sangre corra por los cabellos,

muevo los dedos de pies y manos:
no tengo lesionada la columna vertebral. La rodilla derecha me duele aunque ese dolor ya me molestaba antes de estas magulladuras.

Observo con el tacto
de la mano libre, la derecha, qué cosas están a mi alcance: sólo un pequeño cesto de mimbre que contiene un ramillete de caléndulas que llevaba en la mano cuando se ha desplomado el cielo sobre mí.

Con auténticas dudas
sobre si es posible la esperanza, tengo miedo, un miedo aún más paralizante que los escombros que tengo encima. Me tiembla la barbilla.

Sola por todas partes
como el propio convento en ruinas, poco a poco se va apoderando  de mi cerebro la idea de que si no estoy herida,

ningún espectro podrá dañarme
ni serpiente alguna hechizarme: sólo destrona a la Fatalidad aquél que la ha sufrido.

Miro mi reloj
y por sus manecillas fosforescentes sé la hora que es aunque no puedo ver el día. Me parece que llevo aquí una eternidad.

Al ver que disminuye la claridad
al fondo de lo que creo fue un pasillo, la angustia se apodera de mí, el pecho parece que me puede estallar de un momento a otro.

Me introduzco un pellizco de caléndula en la boca y dejo que lentamente la saliva disuelva sus alcaloides. Sorprendentemente la calma llega a mi espíritu hasta el punto de prepararme para afrontar la situación:

Respiro hondo… varias veces.
Para hidratarme bebo unos cuantos sorbos del agua que, providencialmente, circula bajo mi rostro y el gusto amargo de la caléndula va desapareciendo.

El reloj marca las nueve,
afuera el rumor de las excavadoras ha cesado. Debo hacer como los que, pretendidamente, me buscan: dormir… dormir… dormir. Pienso en Hamlet.

Me concentro, punto por punto,
en aquellos lugares de mi cuerpo sobre los que me apoyo y punto por punto donde siento presión.

Parece que he dormido un poco.
Miro el reloj. Mi asombro es mayúsculo: Son las seis de la mañana. He dormido placenteramente. ¿A causa de la caléndula?

Afuera las excavadoras reanudan su búsqueda
apartando más y más escombros, mientras yo me revuelvo contra la idea de que no me encontrarán viva.

No tengo hambre, pero si sed.
Por suerte afuera sigue lloviendo y el agua llega a mi boca como los besos (mis primeros besos) del único amante que he tenido en mi vida.

Mis pies se entumecen más y más
y, sin embargo, aún mis dedos están despiertos. Por momentos el rumor de las palas cesa y me pregunto

¿qué estoy haciendo
dentro de esta Apariencia de mí misma?

Antes de esta desgracia
creía conocer la Luz, ahora la puedo ver ahí al fondo del desdichado pasillo: es morir
.
Sólo puedo masticar
pequeños trozos de caléndula que calman mi ansiedad, beber pequeños sorbos de este milagroso hilillo de agua que llega hasta mi boca como la esperanza,

y soñar que Damián -el ladrón de mis sueños-
me besa los pezones y que va a venir de un momento a otro, con su música de blues, a rescatarme como el Orfeo que cada monja lleva secretamente en su corazón.

                                                                            Johann R. Bach