5 ago. 2013

Yo tiemblo ¡Oh cielo ardiente!

         EL AGOSTO AVANZA

 

Avanza ya imperturbable el agosto,

quemando las verdes hojas de los árboles caducos. Tiemblan en el plátano las hojas pues sabe bien que no es firme aquello que no tiembla.

 

Yo tiemblo ¡oh Cielo Ardiente!,

ya que presiento que pronto pasearé por los bosques caducifolios del Inframundo y debería ser firme.

 

Veo y observo pacientemente

como empiezan a caer las hojas ocres de cada árbol pues no desconfían de la tierra.

 

De cada hombre ha de caer

a su vez la última hipocresía, ya que el Camino Magenta está abarrotado de almas que esperan su turno; sin prisas.

 

Las hojas ¡oh Cielo Ardiente!

no necesitan pedirte nada, les diste lluvia y calor con los que crecer y ellas no deformaron los bosques sagrados.

 

De vez en cuando, abajo:

el lugar del incendio irguiéndose en tratos con la leña seca.

 

Arriba (siempre):

el sol que como antaño sobre los campos de la India, no es más que una pequeña bola de estiércol ardiente.

 

En medio (tardíamente):

no la agonía, sino la desaparición de las torturadas almas que nunca se asustaron ni blasfemaron.

 

Bajo los estados de depresión

la indiferencia ha alcanzado ya una edad tan suya, que le basta en su reposante vejez, sin voz ni dientes, sin movimiento, sin respiración y que ya no considera ridículo ni a Rilke que, después de afeitarse en presencia de Lou Andreas Salomé, aceptó que ella le cambiara el afeminado nombre de René por el del marcial Reiner.

 

                                                                                    Johann R. Bach

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