5 ago. 2013

El soplo de los aires y el ritmo de los oleajes mecen el espíritu...

NO PODÍA DORMIR Y SALÍ A PASEAR   

 

No podía dormir.

Me puse a mirar por la ventana las luces del bulevar mientras que, lentamente, el día se abría paso a través de una mañana cargada de nubes grises.

 

Aunque no llovía

la humedad se filtraba por todos mis poros y me sentía hinchada sobre todo en los tobillos y los dedos de las manos se movían con dificultad.

 

Me vestí,

me puse el impermeable y bajé a dar un paseo. Necesitaba moverme para combatir el entumecimiento y sin saber cómo me introduje en las avenidas frías y silenciosas del cementerio cerca de las tumbas desiertas.

 

Sentí la extraña sensación

de la tranquilidad de espíritu.  

 

El reposo de las almas,

allá, bajo mis pies, en las fosas oscuras, donde amigos y allegados finalmente yacen felices porque ya no sienten, me producía un verdadero alud de recuerdos.

 

La muerte como la otra cara de la vida,

es allá, cierta y de tan rápida llegada, que se cierne sobre nuestros días inquietos como el único bálsamo para nuestras miserias;

 

la muerte, es allá,

dueña y siempre soberana eternamente como un divino refugio, final feliz del mal de vida.

 

Me vino a la memoria

la frase que con bellas palabras describí, hace ya muchos años, la idea para luchar, como una oración, contra el sufrimiento:

 

¡Oh muerte!

¡Qué ancha eres! Por ti lloro; otros te llaman y te interrogan. En la tranquilidad que me da tu pensamiento, ¡cuánta fuerza contra la preocupación!

 

¡Oh divina desconocida,

de mudo rostro, temor sin nombre, augusta inmovilidad, qué bella eres!

 

Observé otra vez antes de volver a casa

cómo los hombres adornan religiosamente el campo sagrado: ¡qué flores sobre las piedras!, el arte, la compostura y el culto ceremonioso: sobre los mármoles de los mausoleos, pensamientos espléndidos y elevados de todos los tiempos.

 

En estos lugares me siento otra.

 

He visitado sitios parecido magníficos

como en Corcubión, pero que el tiempo desapacible me impide ir allí con frecuencia.

 

Recuerdo la orilla de su bahía deliciosa

que sería divina si el sol pudiera embellecerla más a menudo. Sólo un día tuve el placer de ver Corme y la Costa de A Morte como la querríamos, beneficiándose de un poco de luz que atemperara su severidad.

 

Por otra parte, hasta hoy

conozco poca cosa de Galicia y de sus maravillosos monumentos, su cielo sombrío y cambiante, turbado, removido por soplos contrarios y, sin embargo, la paz que rezuman los ojos de sus habitantes no es del todo resignación.

 

A pesar de todo, mi espíritu me  aconseja visitar,

de vez en cuando, algunas bellas rocas de Corme de las que el océano parece haberse enamorado como si me añorara.

 

No lejos de ellas, mansas y bellas barcas,

débilmente elevadas por las olas eternas flotan en puerto amigo. Sus largos e inclinados mástiles y sus delgados cordajes rayan el fondo del cielo brumoso, y el continuo soplo del aire y el ritmo del oleaje mecen el espíritu como una dulce armonía.

 

Inesperadamente, a menudo,

las ráfagas de viento obligan a abordar apresuradamente la bahía y, mar adentro, la última de las barcas baja las velas solemne pone en marcha su motor auxiliar;

 

busca la fiesta en el puerto;

busca las miradas de las mujeres, de las esposas que de dos en dos, hablan en voz baja sobre el arenal.

 

Bellas y dóciles barcas,

tan queridas por el marinero, ¿qué llevan en el fondo de las nasas? Yo lo sé: del seno del océano, de la fuente inmortal, la pesca, el tesoro plateado más bello.

 

Y el soplo de los aires

y el ritmo de los oleajes mecen el espíritu como una dulce armonía.

 

¡Oh mar, oh gran amigo!

                                                                                      Johann R. Bach

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