5 ago. 2013

Por suerte entre los atrapados no hay cardiacos

          EN EL ASCENSOR

 

A veces, al subir en un ascensor,

el tiempo se dilata. Con la sensación de un ligero vahído piensas que caben en un día, días, se prolongan en tu retina los rostros de los que emprenden contigo la ascensión.

 

La fatiga y el gozo de la pasividad

suspenden la condena y si hay un planeta en el que ser dichosos tiene que ser un lugar donde vencer la gravedad requiera el mismo esfuerzo que realiza el ascensor.

 

Los rostros de ellos se levantan

y miran al techo iluminado como si buscaran las estrellas del cielo; ellas bajan ligeramente sus párpados y añoran la tierra de la planta baja como si buscasen llenar el vacío de su abdomen.

 

Los números de las plantas

van apareciendo en un recuadro formados con diminutas lucecitas rojas denominadas leds por convenio internacional y una señal acústica imitando el sonido de una campanita avisa a las eventuales personas ciegas de la planta alcanzada.

 

Alguno de los usuarios

para no aburrirse o aprovechar el tiempo abre, mira, lee la pantalla de su teléfono móvil. Los de bata blanca introducen en su oído el dedo meñique y lo agitan con verdadero placer.

 

Una señora usuaria de una silla de ruedas

no se atreve a levantar la vista; confía en que su cuidadora la sacará del angustioso elevador antes de que le falte el aire.

 

El color verde del uniforme

de dos almas maduras indica que pertenecen al humilde personal de la limpieza. Se hallan situadas de espaldas al lado de la puerta de salida y no osan mirar a los demás usuarios del ascensor.

 

Se trata –piensas conteniendo la respiración-

de un ascensor moderno provisto de planchas de acero y suelo de mármol para dar la sensación de solidez y seguridad; de siete marchas para el despegue suave y botón de alarma por si alguna situación deviniera peligrosa.

 

El ascensor se ha detenido entre dos pisos.

Todos contienen el aliento, todos tienen el mismo miedo, pero juntos creen soportarlo mejor. Sin embargo, la claustrofobia se apodera rápidamente de la psique

 

y se producen los primeros desmayos

 entre los fumadores (¡cuatro horas sin fumar!) y la histeria campa por sus anchas ante la multitud de testigos (¡sin testigos no hay histeria!).

 

Todo ello sucede porque de repente

la máquina elevadora, se ha parado. Lo no previsto ha sucedido: una huelga de los trabajadores de la empresa pública de electricidad ha paralizado aquel corto y seguro viaje.

 

La pequeña estancia de acero inoxidable

se llena de gritos, sudor, lágrimas, blasfemias, críticas al gobierno y una voz se eleva por encima de todos pidiendo calma: "¡Calma, calma! Esto no es un montacargas de una mina de carbón. La huelga de los funcionarios públicos sólo durará cuatro horas"

 

Dos hombres vestidos con traje y corbata

no están dispuestos a esperar cuatro horas (demasiado tiempo para quitárselo a sus negocios) y se lanzan a desmontar las planchas del techo por si fuera posible escapar por allí.

 

El calor y el jadeo de casi todos

va en aumento como un nudo de gritos y torpeza en el control de la respiración y el pulso.

 

En el ambiente empieza a extenderse

un olor a manzanas producto de la subida de acetona de los estómagos castigados por crueles nervios neumogástricos.

 

Por suerte entre los atrapados

no hay cardiacos (distintos de las personas pulmonares) siempre escasos de esperanza.

 

Todo quedará en un mal rato.

Volverá, sin duda, la sensación de que nuestro planeta es el mejor de los mundos.

                                                                           Johann R. Bach

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