4 ago. 2013

ORACIÓN DE UNA MONJA FUERA DE SUS HÁBITOS

                  ORACIÓN

                              

¡Oh noche!

"No te ruego que deshagas la oscuridad de mi corazón ni de mi conciencia sino en la medida en que eso sea justo para que pueda alabarte, y ver en la Negritud la forma de lo que debe ser bendecido y en lo maravilloso de mi propio espíritu que ya tengo el fuego que sólo Tú has de encender".

 

"No conozco el nombre

o la palabra que exprese mejor el mundo desde el cual a partir de ahora te contemplaré y te adoraré, sumida en la profundidad de un negrísimo mar cuyos abismos son yo misma convertida en mar".

 

"Durante veinticinco años

viví las noches con la misma naturalidad que un niño cuelga cerezas como guirnaldas en sus orejas; y, no te invoco con palabras de alegría porque no tengo el tesoro del que se extrae esa antorcha; sólo levanto hacia ti mis manos de ceniza prematura y el reflejo que mi opacidad pueda dar de tu oscura luminosidad".

 

¡Oh noche!

"Para mí, hasta la luz ha sido tiniebla en tanto no sentí la llamada a correr por los campos, a humedecer mis labios con esas gotitas de agua de vida y a reconocer mis propios suspiros antes del amanecer.

Ayúdame a encontrar una oración, un pensamiento o una palabra que convierta mis recuerdos en sentimientos".
                                                                                                                                                            Johann R. Bach

 

Nuestro avión aterrizó en Orly exactamente a las 22.50 h. Me sacó de cuajo mis pensamientos y me devolvió al mundo donde no está bien visto soñar, hacía frío y el viento helado parecía asirse a los dedos como anillos de platino. La ciudad me pareció más llena de luz que nunca y el taxi que nos llevaba a Maisons Alfort atravesaba las calles como si fueran mapas de papel donde todos los árboles se pintan de color verde como si los ciruelos rojos no existieran.

 

Al llegar a casa de mi hermana, mi cuñado se retiró de la escena alegando tener mucho trabajo con un mal disimulado entusiasmo por su profesión. Otra cosa fue el recibimiento de los chicos, Daniel y Ester a los que pareció fascinante la situación: ¡una tía monja que colgaba los hábitos! ¡Algo misterioso les iba a ser revelado! Al fin y al cabo también ellos estaban a punto de cruzar las puertas de la pubertad su propio monasterio.

 

Aquella primera noche en mi nuevo hogar me llenó de satisfacción. Tanto mi hermana como mis sobrinos me cosían a preguntas y yo me sentía admirada como una diosa que regresa a la tierra a convivir con los humanos. Fue una cena tan diferente de las que se realizaban en el Monasterio que me parecía estar flotando con una música prohibida de fondo. A pesar de que mi cuñado, Francisco, se fue a dormir con la excusa de que tenía que madrugar, el resto de la familia seguimos charlando. Aquella noche fue maravillosa.

 

Mi hermana me había preparado una habitación que había sido hasta entonces como una salita para charlar con alguna visita, pues se accedía a ella desde el recibidor y una única ventana daba a un patio interior. Con sólo ocho metros cuadrados me sentí la más dichosa del mundo.

 

Era una habitación destinada a ser decorada por mí. Aquella noche temía no poder dormir por el nerviosismo ante mi nueva vida, pero cuando sentí el frescor de las sábanas sobre mi piel desnuda, sin pijama, como saboreando mi libertad me dormí sin darme cuenta como si una brisa se hubiera llevado por delante mis preocupaciones por un futuro incierto.

 

Por la mañana, al despertarme, me miré atentamente en el espejo de la puerta del armario y, como si quisiera fijar mi propia imagen como la de una mujer que emprende una nueva vida me describí por primera vez aceptando lo que era yo y mi cuerpo: morena con sienes ya un poco cenicientas y sin arrugas en la frente; ojos negros y brillantes algo rasgados y ascendentes, protegidos por unas cejas nunca depiladas, largas y demasiado pobladas que indicaban un cierto carácter parsimonioso; la nariz era ligeramente prominente y bien encajada entre unos fuertes pómulos tan simétricos como los ojos; los labios gruesos acotados por unas ligeras comisuras que no podían disimular el deseo de viajar y los pliegues nasogenianos demandaban la paz interior que el Monasterio no me había dado. Sólo los finos hoyuelos de mis mejillas señalaban una necesidad de simpatía y cariño.

 

Los duros trabajos realizados en el huerto y en la limpieza de los largos pasillos del Monasterio habían endurecido mis hombros y engrandecido desmesuradamente mis manos. Mis pechos se mostraban turgentes simulando diez años menos y haciendo juego con unas caderas nunca dilatadas en partos y por la renuncia voluntaria de una maternidad catedral de la fertilidad. Unas piernas fuertes y unos muslos totalmente exentos de celulitis soportaban sin complejos toda la figura. Sin embargo en la expresión de mis ojos una expresión vengativa se negaba a ser borrada. Eso parecía requerir tiempo.
                                                                                                                                               Johann R. Bach

 

 

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