10 ago. 2013

en ese rostro azul que se siente más que se piensa...

LA FIEBRE DE LA ESPECIE

 

Vestido con una simple camisa y unas bermudas

como si no existieran panales llenos de abejas, aquí me tienes con los ojos desnudos ignorando las ortigas que lastiman

 

ignorando la misma suavidad del calor.

 

La fiebre de la especie

se ceba, cada dos días, en mi bajo vientre reclamando la medicina de tu saliva.

 

¿Te acuerdas?

Viví nueve meses sobre un pecho latiente, vi como los gorriones, pasando hambre, con golpes de ala sobre los cristales,

 

buscaban tu misericordia

refugiados en el helado balcón, con la tristeza anidada en los ojos y una mejilla aflojada por el placer e incapaz de retener la saliva.

 

La soledad, aparcada momentáneamente,

de lo inmenso mientras medía la capacidad de una gota de café para dulcificar tus sueños, hacía más gustoso tu beber en el cántaro.

 

Hecho pura memoria,

hecho aliento de un mínimo pulmón de un diminuto caracol me he arrastrado sobre los amaneceres espinosos, sobre lo que no puede tocarse con las manos.

 

El hielo, el hielo blanquecino,

fijado en tu jardín, impediría siempre el beso sobre tu colina, sobre la única desnudez que yo amo, y

 

de mi tos caída

como una pieza única no se esperaría un latido, sino un adiós yacente.

 

Después del trato que me diste,

me siento como la avispa imprevista, como el intruso que desde lo alto de la litera desciende como un ojo herido que se va a clavar, indefenso, en el cobalto.

 

Me siento como la previsión triste

de no ignorar todas las venas, de saber cuándo, cuándo a sangre pasa por el corazón y cuándo la sonrisa se entreabre estriada.

 

Todas las corrientes dulces

que salen de las manos, todo ese afán de cerrar párpados hasta la posición de los ojos de té, de dejar fluir la saliva durante el sueño, de convertirlo todo en un lienzo sin sonido,

 

me transforma

en la pura brisa de la hora, en ese rostro azul que siente más que piensa, en la sonrisa de la piedra, en la espuma que junta brazos jadeantes.

 

Era en ese instante último ¿te acuerdas?

en que los dos convertidos en un trepidante amasijo amoroso, se imponía la imperativa palabra:

 

¡ACABA! ¡ACABA! ¡ACABA!

                                                                                       Johann R. Bach

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