7 ago. 2013

Logré sujetar la tibia y el peroné...

  CARTA DE UN ANTIGUO CARDÍACO

 

Cuando atendí a Manuel

ignoraba que padecía una fuerte estenosis cardíaca. Eran las tres de la mañana cuando llegó al Servicio de Urgencias donde yo estaba de guardia con la pierna destrozada.

 

En el accidente de circulación

del que salvó milagrosamente su vida, perecieron todos los ocupantes del automóvil en el que viajaban: esposa, suegra y dos niños de nueve y once años.

 

Se le colocó el suero,

a través de la fístula correspondiente, con un potente analgésico y comencé a operarle. Logré sujetar la tibia y el peroné a tan sólo medio centímetro de su longitud natural. Sobre la masa muscular de los gemelos no pude hacer gran cosa; entre el amasijo de hierros del que lo rescataron se quedó el sesenta por ciento de la fibra aunque los tendones no sufrieron daños y no hizo falta coserlos.

 

El pronóstico físico era bueno:

volvería a andar, el psíquico fatal. Durante su estancia en el hospital se intentó tratar su tristeza. La verdad, con poco éxito. A los cuarenta días de recuperación la pierna funcionaba casi con normalidad. No tuve más remedio que firmar el parte de alta.

 

Manuel trabajaba en una fundición.

Su trabajo de montador de máquinas era duro por el ambiente caluroso del taller, aunque los moldes de inyección se reparaban en una sala con aire acondicionado.

 

Su "rentrée" en el taller

no fue lo apoteósica que él esperaba. Otros trabajadores, secretamente ambicionaban su puesto. El encargado ya tenía "in mente" colocar a su futuro yerno en el puesto de Manuel.

 

En las oficinas de personal

de la empresa se revolvían todo los papeles que pudieran dar datos sobre Manuel. Encontraron unas placas en las que se vislumbraba una posible estenosis cardíaca. Lo llamaron a "consultas".

 

La opción que le presentaron

era despedirlo con una "mísera indemnización" o aceptar ir a reparar máquinas al trópico.

 

Manuel cabizbajo me visitó

con las placas bajo el brazo. No dudé en aconsejarle el traslado a una fábrica en el trópico. Puedes estar contento de esa opción. ¿Cómo? Me dijo asombrado. Sí amigo mío –le dije- te acaba de tocar la lotería; en el trópico con el calor húmedo te curarás el corazón.

 

Al cabo de tres meses

recibí una carta suya. Era un poco larga y con algo de fastidio, lo reconozco, la leí. La reproduzco aquí porque la encontré interesante.

 

Querido Dr.

 

Creo que he encontrado aquí

el Continente Perdido. Desde que llegué todo ha sido sorpresa y sobresalto. Al principio creí que mi corazón no aguantaría tantas emociones. Pero poco a poco, me he ido adaptando.

 

Creí morir al recorrer el último tramo de rio,

más de dos mil kilómetros aguas arriba. Aquello era un hervidero de gente, cerdos y perros. En una barca me trasladaron a una pequeña isla llamada curiosamente Fantasía y, la verdad, es un paraíso, pero distinto del que yo me había imaginado.

 

Una especie de mono

con la cara maquillada se sentó a mi lado en la barca y me miraba como si quisiera entablar una conversación conmigo sobre las pruebas de la existencia de Dios, pero en ese momento toda el agua del mundo cayó sobre nosotros.

 

La lluvia cae aquí en el trópico tan vertical

que parece que los gotones de agua bajan por el mismo tubo que subieron al evaporarse y se convierte en una pantalla gris apenas transparente.

 

Cuando escampa,

la tierra empieza a humear como si el barro hirviera. La luz se torna de malaquita y de hierro. Duelen los ojos si miras al cielo y, sin embargo, los nervios se aflojan por una dulce caída de la tensión arterial y el corazón late con la tranquilidad de haber perdido la noción de la prisa.

 

Entre las mujeres de todas las edades

corre la promiscuidad que alcanza a todos los habitantes. A pesar de ello el ambiente rezuma calma y serenidad. En los lugares donde se reza se nota la presencia de Dios, tal como dijo el filósofo que no creía en Dios.

 

En una estancia parecida a una chabola,

sin aire acondicionado, con electricidad fabricada con un grupo electrógeno y herramientas algo rudimentarias, reparo un motor tras otro en una jornada relativamente corta. No me quejo porque realmente me encuentro bien y casi me he olvidado de la tragedia en la que murió mi familia.

 

Tengo la sensación de que me he curado del corazón,

aunque dudo de si es por el clima húmedo del trópico o porque por las tardes paseo rio abajo con una dulce amiga que a pesar de que sólo tiene veintiocho años ya es viuda como yo.

 

Si algún día vuelvo a París

me gustará pasear junto al Sena de la mano de mi amiga y lentamente, por el túnel de correspondencia del metro en Châtelet, para ver correr a los usuarios del metro como si llevaran en diablo dentro del pecho.

 

Atentamente le saluda

un cardíaco que ha dejado de serlo.

                                                                                          Johann R. Bach

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