8 ago. 2013

Los animales son como personas. Sí. Pero ellos no escriben

   EN EL ZOO DE HAMBURG

 

¡Son como las personas!

Dijo en voz alta Antoine si darse cuenta de que no estaba sólo. En efecto, a dos palmas de él frente a la reja había también otra observadora de los chimpancés.

 

Adelaida dama de buen porte,

vestida con gusto exquisito; elegante sin ser llamativa respondió como asombrada con un comentario nada usual: "Sí, pero ellos no escriben".

 

Antoine se quedó estupefacto.

Aquella observación, inmediata, profunda en su contenido, simple y sintética, fulminante como ninguna otra procedente de una dama provista de tan sólo un pequeño bolso color fucsia haciendo juego con sus zapatos y una cámara fotográfica.

 

Su instinto le decía

que estaba en presencia de alguien que hacía saltar todas sus alarmas y eligió el bromeo como arma para defenderse. Después de titubear unos segundos le dijo. Entonces si yo no fuera escritor Vd. me haría a mí también una foto como a ellos.

 

La dama rió, le hizo una foto

y allí mismo empezó su amistad.

 

La tarde empezaba a caer en el Zoo de Hamburg

ciudad en que no les va mucho mejor a los animales que a las personas. En aquellos días la ciudad estaba patas arriba por las obras en curso, las aceras levantadas y contenedores de basura volcados.

 

Adela y Antoine estaban de acuerdo

en que a los animales ese panorama parecía dejarles indiferentes, pues no se quejaban de sus viejas jaulas con barrotes oxidados; las rocas artificiales estaban sucias y descascarilladas, el agua turbia y lóbrega.

 

Decidieron por un día

hacer lo mismo que ellos: despreocuparse de todos esos detalles y mirarse a los ojos con franqueza. Ella de unos cincuenta y cinco años y él no pasaba de los cuarenta y cinco años. Ella poeta e hispanista, él periodista inquieto y sagaz.

 

Ambos se reconocieron inmediatamente.

Ella vivía en Londres porque su marido era un diplomático destinado allí. Él vivía en Paris como enviado especial de La Vanguardia de Barcelona.

 

Aquella noche cenaron

en un restaurant del puerto y dieron un largo paseo por los abandonados muelles de un lunes oscuro.

 

Tres años más tarde Antoine lee

en Barcelona por enésima vez un libro titulado "Yo, Luisa Miranda y mi sonrisa", disfruta de ese libro por su contenido poético, escrito con una delicada prosa y de vez en cuando acaricia con su dedo índice el nombre de su autora: Adelaida Novalis.

 

Luego con calma

toma entre sus manos el teléfono móvil y marca el prefijo de Gran Bretaña y a continuación el número de una reputada escritora. Comienzan ambos una agradable conversación en la que comentan aspectos de la novela e intercambian sensaciones surgidas de sus páginas.

 

No es nada especial

oírse mutuamente la voz y, sin embargo lo es.

 

                                                                                  Johann R. Bach

                                                                    Web: www.homeo-psycho.es

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