22 oct. 2013

Era su aroma parecido al de un perfume caro

 NITRITO DE AMILO  o  EL GAS MISTERIOSO    

 

Yo, Mestrio Plutarco de Queronea

que nada más nacer perdí mi libertad fui historiador, biógrafo y ensayista de lo que hoy llamáis Grecia.

 

Nací en la región helénica de Beocia,

durante el gobierno del emperador romano Claudio. Ante la dureza de los caprichos de los emperadores anteriores a él tuve que huir de sus iras en diversas ocasiones y realicé muchos viajes por el Mare Nostrum, incluyendo uno a Egipto y otros dos Roma.

 

Gracias a la capacidad económica

de mis padres, yo, Plutarco estudié filosofía, retórica y matemáticas en la Academia de Atenas. Durante tres años, del 65 al 67 tuve la inmensa suerte de que entre mis maestros se hallara Amonio.

 

Si mi vida fue en parte agradable

se debió a que mis amigos Soscio Senecio y Fundano, ambos importantes senadores a los cuales deslumbré con mis experimentos sobre las vacas y mis observaciones sobre la luna.

 

La mayor parte de mi vida

la pasé en Queronea, donde fuí iniciado en los misterios del dios griego Apolo. Fui el responsable de interpretar los augurios de las pitonisas del Oráculo de Delfos.

 

Mi cargo de Sacerdote Mayor

me procuró muchísimos amigos que me libraron de todas las purgas políticas de mi tiempo y llevé una vida social y cívica muy activa produciendo una gran cantidad de escritos muchos de los cuales, después de dos mil años aún conservan su actualidad.

 

Aún fueron mayores los descubrimientos

que me llevé a la tumba, pues aprendí de mis maestros a guardar algunos secretos que las generaciones futuras han de descubrir por sí mismos.

 

No todos los contenidos científicos

o sobre el amor deben entregarse a los jóvenes pupilos completamente masticados. El descubrimiento es la base de la pasión.

 

Ya lo habéis visto:

escribí que a las vacas no se les debía de dar las vísceras de los deshechos de otros animales porque se volvían locas y nadie hizo caso de esa recomendación.

 

Dos mil años después

aún se están pagando las consecuencias de ese hábito comercial.

 

En cambio veo con sumo placer

que los nombres de Amonio, Selenio, Emilio (Amylium), etc. son causa de apasionamiento entre los científicos que buscan entre los aromas de esos elementos los filtros de la potencia masculina y la fertilidad femenina.

 

Sí sí. Todo eso también lo descubrí yo

en el Templo de Apolo en Delfos. Allí a prendí a diluir en agua aquel maravilloso gas que se desprendía de las entrañas de la tierra.

 

Era su aroma

parecido al de un perfume caro. Aspirarlo provocaba los más fuertes orgasmos. Logré envasarlo en frascos de porcelana sellados y dispuse una buena colección de ellos en el lugar donde debían enterrarme.

 

Es así que he podido disfrutar del amor

durante los últimos dos mil años sin salir siquiera de mi tumba que, afortunadamente, aún nadie ha encontrado.
 
                                                                        Johann R. Bach

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