23 oct. 2013

Griselda no soportaba ninguna clase de gorro en la cabeza

EL HOMBRE QUE SURGIÓ DEL PARQUIN

 

No hace mucho supe

de la existencia de Griselda. Por su nombre supe que se trataba de un hada.

 

Cierto día Griselda fue a Sabadell, no en una de sus misiones rutinarias sino a una gestión tan poco agradecida como lo es la de renovar el carnet de conducir.

 

Griselda –repito por tercera vez su nombre-  

nunca había soportado ningún gorro sobre su cabeza. Ni cónico que es el habitual de las hadas ni de visera que es el de los jugadores de beisbol.

 

Al llegar al centro neurálgico de Sabadell,

junto al mercado, descendió conduciendo su maravilloso deportivo hasta la tercera planta del parquin subterráneo.

 

Tuvo que esperar un buen rato

hasta que el ascensor se detuviera frente a ella. Era un día de mucho calor y el aire, allí abajo estaba enrarecido, olía como a quemado y empezaba a sentir la necesidad de salir a la superficie.

 

Otras cuatro personas entraron en el ascensor.

Mientras subía, un olor acre procedente del sudor de los otros usuarios de aquel ataúd metálico, penetró inevitablemente por las coanas de su naríz.

 

Una especie de estornudo

luchaba inútilmente por salir de su pecho, la sangre se le agolpaba en su rostro con una sensación de mareo muy conocida por las hadas de todos los tiempos.

 

Cuando por fin se abrió la puerta del ascensor

se abalanzó materialmente sobre la calle, dando varios traspiés. Un hombre que la vio tambalearse la sujetó por un brazo y andando despacito la acompañó hasta un banco del jardín de la biblioteca.

 

Allí, levantando los ojos hacia el cielo,

Griselda –el nombre de una hada se ha de pronunciar cinco veces- vio una palmera y una torre modernista y se tranquilizó al pensar que se encontraba al aire libre.

 

Los poros de su blanca y delicada piel

comenzaron a cerrarse, cediendo las emanaciones del sudor maloliente que se desprendía de todo su cuerpo.

 

El hombre que había surgido del parquin,

de aquel oscuro y profundo subterráneo vivienda habitual de luzbélicas criaturas, me dijo una cosa bien curiosa:

 

"No es nada,

es sólo un pequeño desmayo debido a que el gas nitrito de amilo le ha subido a la cabeza. Yo trabajo ahí abajo y sufro a diario pequeños ataques de dolor de cabeza y mareos como el suyo y de vez en cuando

 

he de salir a la superficie

a respirar el aire fresco y ver la luz que, aunque parcialmente, nos es arrebatada".

 

"Los techos de los lugares subterráneos

en los que trabajamos como un castigo divino ineludible, son muy bajos y las lámparas que cuelgan de ellos nos calientan indebidamente la cabeza".

 

"Sólo el gas diluido Amylium nitrosum

me alivia esos episodios enfermizos de los que trabajamos en los subterráneos (sólo nombrar esa palabra me llena de inquietud)".

 

"Antiguamente usaba las sales amoniacales,

pero me producían náuseas, así que cuando descubrí ese gas maravilloso que se produce en las profundas fallas terrestres, ese gas que busca la superficie como nosotros, comencé a ser feliz"

 

Griselda –dándole las gracias en voz baja-

Volvió a recuperar el aplomo de las hadas, gestiono la renovación de su permiso de conducir y cuando salió del parquin levantó la capota de su deportivo y disfrutó como nunca del aire y del sol.

 

Espero que mis deseos lleguen a sus oídos

pues yo también la he nombrado cinco veces.

                                                                        Johann R. Bach

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