19 oct. 2013

Nadie osaría decir que la había oído hablar en sueños

            UN POSIBLE RELATO

Son la siete y no puedes dormir más;

te levantas y dudas sobre qué es lo que vas a hacer a continuación. Has de presentar un trabajo sobre economía, aunque aún tienes tres semanas por delante para presentarlo.

 

Escribes.

 

Intentas comenzar el relato

de una muchacha, algo más joven que tú. Maite -vas a llamarla así-, pasaría llorando sin que nadie supiera por qué.

 

Se trataría de una chica melancólica,

delgada, de pies delicados y hombros ligeramente echados hacia delante, a la que sólo le interesaran el efecto balsámico de la música y la poesía como en los versos de Rilke.

 

A continuación piensas en las reacciones

de algunos que podrían pensar que esa actitud de Maite podría deberse a amores perdidos, como esos que se dedican a torturar en las playas de verano con la música de máquina pura.

 

Otras mujeres, ya casadas,

que se ocupan normalmente de los negocios de sus maridos, en la oficina o tras el mostrador de un comercio; de pilas de papeles; niños que crecen; y, que a su pesar envejecen,

 

 tendrían tendencia a decir

que Maite es una mosquita muerta, que su par de ojos como amapolas –como amapolas cortadas en primavera- y sus dos pequeños surtidores en sus comisuras, son tan peligrosos como su dulzura.

 

Los paseos de Maite por las calles

del bellísimo pueblo marinero –pongamos por ejemplo, Corcubión- podrían pegarse al paisaje como un elemento típico; añadirse al baile del viento y las olas como un marinero más.

 

Algunos podrían presumir

de haberla oído hablar a solas mientras pasaban por delante de ella junto a las olas rompiendo contra las rocas y que sus palabras flotaban sobre el aire como el aroma del azahar.

 

Pero nadie osaría decir

que la había oído hablar en sueños, con sus posibles imágenes de horror en el umbral de sus ensoñaciones, con la ternura perturbada de su rostro.

 

Las gentes del pueblo

finalmente, podrían acostumbrarse a ella, atildada y tranquila, sólo que siempre iría llorando como los sauces que a la orilla del rio se divisan desde las barcas que van entrando por la ria.

 

El relato podría acabar de forma

que todos nos acostumbrásemos a ella –y a todos aquellos atacados por la melancolía-; que, como a todo lo que nos acostumbramos, hablásemos de ella con todos nuestros respetos.

 

Se hace tarde y debes ir a la facultad.
 
                                                                          Johann R. Bach

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