13 oct. 2013

Nada de todo aquello me hizo sonreir (a pesar de la campaña)

  LAS DOS CARAS DE UN PAISAJE

             

Cuando cumplí los catorce años

mi madre se las apañó para que hiciera un intercambio con Dominique una chica de Rouen.  Fuimos a recogerla a la estación de ferrocarril de Portbou.

 

Dominique era más bien bajita,

tenía grandes pechos, y el pelo corto a "lo garçon". No quería aprender nada, sólo quería pasar los meses de junio y agosto tostándose al sol.

 

Al llegar a Cadaqués vomitó

todas las pastas de chocolate que había ingerido durante las dieciocho horas del viaje en tren. Las curvas de la carretera no eran lo suyo. En Francia pocas carreteras son sinuosas.

 

Cuando deshizo su maleta

en la habitación que le habíamos reservado al lado de la mía, los coloridos conjuntos de su ropa interior nos parecieron a mi hermana y a mí divertidos trapitos para sujetar las compresas.

 

Nosotras sólo habíamos visto bragas

y sujetadores de colores castos, casi infantiles  –marrón carne, beige, azules o rosas para las jovencitas, negros para las mujeres maduras- desconocíamos los estampados con flores y la lencería fina.

 

Parecía como si la desnudez del cuerpo

para los franceses fuera algo mucho más divertido y leve que para nosotros.

 

Dominique se enamoró

de un de mis amigos, y se besaban interminablemente en los asientos corridos del Casino bajo la mirada de tos los del pueblo.

 

La Mayoría de mis amigos opinaba

que Dominique era una chica fácil, a pesar de que leíamos en grupo "La juventud de un jefe" de Jean Paul Sartre y a pesar de que ella se entregaba a su hombre sólo por amor.

 

Únicamente Marta Guillamon me tranquilizó.

Con pocas palabras me vino a decir que eso no solamente era maravilloso sino que además me liberaba de acompañarla a todas partes, de tenerla encima todo el tiempo.

 

Cuando llegué a Rouen

para pasar los meses de agosto y septiembre encontré grandes diferencias difíciles de explicar:

 

Los hombres no solían estar de mal humor;

era como si tuvieran la obligación de sonreír continuamente y en todas partes había carteles de una campaña inaudita en los que se decía "Souriez s'il vous plaît" (sonrían por favor).

 

Casi todas las mujeres conducían

cosa muy extraña entre las mujeres del mundo del que yo procedía aunque en aquella familia aprendí que ciertas diferencias entre los hombres y las mujeres son universales.

 

El hermano de Dominique

se llamaba Claude, y se reía sin piedad de mi fuerte acento marsellés al pronunciar las "erres".

 

Aquel verano aprendí francés y me pasearon

por toda la costa normanda, desde Cherburg a Saint Michel y desde Cabourg a Calais y me llevaron a parques naturales abarrotados de flamencos rosas.

 

Nada de todo aquello me hizo sonreír.

El tiempo de las alegrías se hacía esperar y cuando volví a casa me encerré en mi habitación durante todo el invierno al lado de la pequeña biblioteca de mi padre donde siempre encontraba algo interesante para leer.

                                                                               Johann R. Bach

 

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