13 oct. 2013

Dejarse es horrible, no dejarse también

15.  LOS HOMBRES DE MI VIDA (Leandro)

              EN EL FULCRO DE LA BALANZA

 

Tu locura siempre fue la misma

que la de aquellas personas que dicen que aman infinitamente y, sin embargo aman infinitamente poco.

 

Siempre quisiste evitar la trampa del romanticismo:

decir que se siente más de lo que se siente y esforzarse a sentirlo porque se ha dicho.

 

Entonaste un mea culpa, confesa y convicta.

El castigo vino bastante más tarde y es, ahora, este amor sin palabras.

 

Has abierto el correo

aunque sabías, naturalmente, que no tendrías ningún mail de Leandro. Pero esperabas, no sabías cómo, imprecisamente, encontrar en los archivos antiguos algún rastro de sus palabras.

 

Estaban todos, desgraciadamente, borrados.

Medio decepcionada, medio aburrida has comenzado a registrar carpetas sin saber exactamente qué buscabas.

 

De repente, te has encontrado a ti misma,

en unos largos escritos que le escribiste hará cosa de cinco o seis años.

 

Eres, de hecho, otra persona.

 

Con los años, tu gran pasión

se hizo cada vez más densa y difícil de llevar. La vuestra pesaba sobre Leandro y tú y vosotros pesabais sobre ella.

 

Reconoces que hace tiempo te instalaste,

inmóvil y tensa, en el fulcro mismo de la balanza. En un punto muerto.

 

No querías vivir ni querías

que otro viviera en el punto muerto de un sentimiento: cumplir sin deseo los gestos del amor aun luego descubriste que los hombres -también ellos- simulan.

 

Dejarse es horrible, no dejarse también.

 

No es cierto que no supieras decirle

las grandes palabras. Ahora crees que quizá no se precisen, aun más: que es mejor dejarlas en las golfas o quemarlas como muebles viejos la noche del solsticio de verano.

 

Los románticos –así lo crees-

Se apropiaron de todas las palabras mayores y ahora sólo cuentas con las pequeñas. Pero realmente es más difícil encontrar al insignificante insecto que un mamífero.

 

Has encontrado un mail

que le dejaste a la vuelta del dentista en el que le decías, con palabras más o menos vivas, que recordar sus besos había sido la mejor anestesia.

 

En otro mail celebrabas

como una fiesta un día cualquiera simplemente porque él lo pintaba de rojo con su sola presencia.

 

Ingenuidades de bisutería,

que en la distancia te hubieran parecido ridículas si no te hubieran inspirado la más violenta de las envidias.

 

Ahora no sabes si te faltan las grandes palabras.

Pero sí aquella intensidad, y la extraña vibración que electrizaba todas las cosas, aquel estremecimiento dilatado que tensa, aún hoy, los mails más largos que le escribiste y que centellea un momento en los mensajes breves.

 

El juego y el fuego,

la sal y la pimienta del amor en palabras de algún poeta.

 

Hay quien cuando no tiene palabras

las toma prestadas. Envíale, pues, todo lo que le escribió la enamorada que fuiste. Es lo que hoy, si fueras capaz, te gustaría poder decirle.

 

                                                       Johann R. Bach

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