15 oct. 2013

LA JUEZA

 

                                                                                          La justicia es la conveniencia

                                                                                          de los poderosos.

                                                                                                                                Platón

La noche tiene ojos sin pupilas

y largas manos. ¡Qué buen tiempo hace! Es necesario gritar para no estar triste las horas danzan como las letras y las sílabas dentro de mi frente. Es necesario rugir para olvidar, para no morir cantando, para no enrojecer de vergüenza y de rabia.

 

¡Qué tiempo tan poco apacible!

 

Nada mejor que irse

tomar el bastón y caminar con el culo arrastrando. Cuando uno agota los nervios y se enfurece porque ha tomado demasiado café debe hacer un alto en el camino y mirar hacia atrás.

 

¡Qué tiempo tan poco alegre!

 

Las campanas repican

a modo de despedida y por gloria de ingenuos soldados, el cementerio es encantador, hay flores, nacidas de estornudos, coronas, inscripciones y cruces fabricadas por el hombre generoso gran filósofo que envió a muchos

al campo de batalla.

 

¡Qué tiempo tan apacible!

 

¿Qué se oye?

El sol toca el clarín y las flores caen severamente como árboles desarraigados.

 

¡Qué buen tiempo hace!

 

Aquí están los hombres

llevan corbatas rojas y diarios de todos los colores. Se detienen y juegan a cara y cruz o al dominó.

 

Cada vez el tiempo es más apacible.

                                                                                 Johann R. Bach

 

Regina fue, en su juventud, una chica ambiciosa en el terreno social. Estudió derecho y se casó un compañero de curso, Jaume, también ambicioso, pero cuyos objetivos apuntaban a una vocación política.

 

Cuando se licenciaron, Regina hizo oposiciones para una plaza de Asistenta Social en el Ayuntamiento de Badalona y Jaume abrió un bufete de abogados en el Baix Llobregat especializado en temas laborales y de seguridad social siempre en defensa de los trabajadores.

 

Regina había sido, hasta el momento de su matrimonio, una chica pletórica de cara redonda y colorada, ojos grandes, azules, con enormes pupilas, algo saltones,  expresivos y de lágrima fácil. Su pelo era ligeramente pelirrojo, a juego con las pecas arremolinadas entre sus prominentes carrillos y su nariz.

 

Sus labios carnosos y rojos como escapados de un rosal sonreían a menudo nerviosamente debido a su carácter  tímido: enrojecían bajo el fondo blancuzco de su mentón y, al igual que los pabellones de las orejas, se empapaban de sudor ante cualquier manifestación de cariño.

 

Ese enrojecimiento, propio de personas tímidas, en el caso de Regina era realmente notable y el sudor que lo acompañaba se extendía por todo su cuerpo originando un suave olor ácido mezcla de jazmín y de bebé.

 

Durante los años que trabajó de asistenta social, su figura era redonda sin llegar a ser una gracia de Rubens, bien proporcionada, de carnes algo laxas aunque bien empaquetadas en una piel de tinte blanco-rosado. Su libido asomaba por todos los descosidos de su cuerpo y su regalada simpatía parecía no tener límites; se desvivía trabajando en los barrios del Vallés, mezclando ideología con amor a personas desvalidas.

 

Sus ideas eran de izquierdas, tanto por herencia familiar como por formación universitaria bajo las corrientes humanitarias y sociales propias de los sesenta.

La confusión de lo político en su vertiente reivindicativa y social hacía que admirase a Jaume, persona delgada de alta figura, morena, dotado de gran facilidad de palabra, de ideas de izquierda que defendía a capa y espada; y, su inteligencia nítida, lo convertía potencialmente en un líder con brillante futuro.

 

Jaume, resultó ser más ambicioso y sediento de poder de lo deseado por Regina. Ella le ayudó en su carrera política y de forma decisiva lo aupó hasta lograr el cargo de alcalde. Poco duró su relación con él. Seguro en su alcaldía, del apoyo de una amplia mayoría de electores y el respaldo de las organizaciones políticas, ebrio de poder, con un engreimiento sin límites expulsó literalmente a Regina de su lado. Ella se refugió en su actividad social y siguió adelante, en solitario, con su coherencia ética.

 

Consiguió mediante concurso de méritos llegar a ser Juez.

Paralelamente avanzaba su depresión: se alejaba de los amigos y familiares; y día a día ingería más y más cervezas hasta alcanzar un grado de alcoholismo insoportable para ella e incompatible con su cargo de Juez. En cuanto hubo una vacante en la prisión la solicitó como un medio de continuar su labor social en la difícil tarea de la rehabilitación de presos para su inserción en la vida social al alcanzar éstos la libertad.

 

Cierto lunes llegó en un lamentable estado de embriaguez a la prisión. Eran las 17.00 h. Le pusieron delante de ella varios expedientes de liberación de detenidos para firmar su puesta en libertad, pero aún no los había firmado todos cuando empezó a vomitar y en un taxi regresó a su casa.

 

Estuvo con resaca hasta el jueves. Avisó que no iría a trabajar hasta el lunes siguiente porque normalmente en viernes ya no trabajaba.

 

Cuando se reincorporó al trabajo habitual despachó el montón de expedientes acumulados durante su ausencia sin mirar demasiado en que consistían eso expedientes; por eso no le extrañó un voluminoso expediente con pruebas clínicas, con múltiples antecedentes de robos de poca monta, alguna estafa sobreseída por falta de pruebas y alguna pelea que otra con parejas ya desaparecidas.

 

Como era habitual en ella, firmó la libertad provisional o sin cargos de todos los expedientes. Luego pidió la baja por enfermedad y ya no volvió a trabajar nunca más de juez. El alcohol y la depresión no le dejaron margen para otra cosa.
 
                                                                                      Johann R. Bach

 

 

 

 

 

 

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