7 sept. 2013

LAS HORMIGAS ROJAS TAMBIÉN LLORAN

          FORMICA RUFA

                          Dos hormigas rojas  peleando por el paso              

 

A Hippomante no le despertó

ningún reloj, porque los del siglo V aC. - eran de arena-, medían el tiempo silenciosamente.

 

Aquella noche –cuentan-

el zumbido monótono y aburrido (como de costumbre) de Zeus adormecía con su discurso a todos aquellos labradores y comerciantes que se quejaban del calor de aquel verano.

 

La reunión se desarrollaba

sin incidentes (a pesar del infortunio de todos) en un barracón adjunto al dormitorio de Hippomante y sus hermanos. El resultado final sentenció la muerte de aquella organización campesina.

 

Hippomante se vistió,

hincó sus dientes en un mendrugo de pan empapado en vino y alzando sus ojos admiró la franja lechosa de estrellas sobre su cabeza. Por un momento se olvidó de su dolor de rodilla.

 

Medio cojeando siguió a su padre

que no hacía otra cosa que mover negativamente la cabeza. Durante la reunión Atenea estuvo lloriqueando en un rincón y Hermes se abstuvo en la votación.

 

Hacía once meses que no caía

una sola gota de agua. Poseidón se había mostrado optimista, pero no desató ninguna tormenta. Las opiniones continuaron divididas, pero la reunión constituyó el punto de partida

 

hacia algo nuevo y oscuro.

Hippomante a sus quince años aún no comprendía aquellas complejidades y no podía reflexionar sobre aquellos asuntos tan prometedores. Sólo intentaba seguir el paso de su padre.

 

La luna marcaba aquel camino de plata

al final del cual esperaban los membrillos y las almendras, la azada y la tierra reseca, el sudor y su esfuerzo. 

 

El dolor en la rodilla

iba en aumento y en mitad de una curva Hippomante decidió coger el atajo exento de hierba alta, pero en mitad de aquel vericueto empezó a sentir las peores punzadas de su vida. Retorciéndose de dolor llego al minúsculo refugio donde

 

cayó desmayado sobre el montón de paja

que a modo de lecho servía para librarse de la insolación durante las siestas.

 

Su padre le examinó la pierna

y quedó estupefacto al ver que había aumentado su volumen hasta el doble de la otra pierna: Las hormigas rojas le habían inoculado miles de dosis de su ácido fórmico.

 

Le puso ungüentos de aceite y vinagre

que eran las dos únicas sustancias que había en las tinajas de aquella choza mitad excavada en la tierra, mitad cubierta por arcos de piedras tomadas con cal.

 

Hippomante tardó una semana

en vencer la fiebre y volver a caminar, pero para sorpresa de todos no volvió nunca más a sentir dolores reumáticos.

 

En aquella semana de calor seco

se decidió su futuro: Hippomante se convertiría –según cuentan- en uno de los médicos más prestigiosos de aquel mundo donde aún se hacía caso de lo que decían los dioses.

                                                                                  Johann R. Bach

 

 

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