11 ago. 2013

El sol era tan rojo como el hierro en manos del herrero

 HORMIGUEO EN EL VIENTRE

 

Yo conocí un tiempo húmedo,

en el que el calor se filtraba por las bisagras, el sol tostaba el tejado como una tarta y mis padres y hermanos comiendo, trabajando, sudando y eventualmente zanganeando en el calor.

 

El sol era tan rojo

como el hierro en manos del herrero y me era imposible mirarlo. Mi hermana sudaba y sudaba como si quisiera darse un baño de gelatina.

 

Algunos hombres en el Casino bebían vino

rebajado con sifón, del taller de la esquina se desprendía un el olor a hierro fundido y el arco de la soldadura parecía una tormenta de verano en miniatura.

 

Trabajaban con la persiana levantada

y los torsos desnudos, retorciendo y forjando hierros a golpe de martillo, sus músculos dorados por el sudor exentos de grasa eran como los de las estatuas. Al verlos un intenso hormigueo invadía mi vientre.

 

Recuerdo que por las noches

me abrazaba a la larga almohada como a una especie de semidios consumiendo la oscuridad con un leve movimiento de lordosis y al despertar tenía la sensación de haber ganado un lugar en la casa.

 

Por la mañana veía a las margaritas

inundar los campos salvajemente bajo los olivos. Eran –en mi imaginación- como una promesa de Dios al campo. Me sentía feliz haciendo un ramillete con ellas, las sentía mágicas, como un secreto del manso campo.

 

Eran tiempos

en los que nuestra juventud impedía que mirásemos en el abismo, ese lugar donde habita el ángel caído.

                                                                          Johann R. Bach

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