12 ago. 2013

¡Ah! ¡Qué placer saber que me conocía por mi nombre!

 ME ENAMORÉ DE MI PROFESOR

 

Me enamoré de mi profesor.

¡Qué poco original! Ahora lo sé.

 

Los árboles absorben la luz y crecen

–decía con simpática autoridad-, ¡hojas arriba!¡raíces abajo! Las piedras se conforman con que ella les caliente los huesos.

 

¡Ah! ¡Qué placer saber que me conocía por mi nombre!

Sentir que me miraba de reojo para cerciorarse de que seguía atenta a sus explicaciones aceleraba los latidos de la venas de mis sienes.

 

Por más que me esfuerzo,

no puedo recordar su cara. Me impresionaba verlo pasear ante mí y cuando se paraba con sus largas piernas separadas mi imaginación atravesaba sus pantalones.

 

Mis ojos se fijaban en como su abultada Nuez de Adán,

situada bastante más abajo del hoyuelo de su barbilla se movía mientras hablaba y tocándome el cuello me daba cuenta que mi sexo era otra cosa distinta al suyo.

 

Fue el primero que nos habló de las ranas

y de la transformación de las aletas de los renacuajos en brazos y manos. Él nos introdujo en el misterio de lo microscópico, en la vida íntima de nuestro bisabuelo el paramaecio.

 

Me excitó extraordinariamente

ver por el ojo de aquella cerradura cómo amibaban las amebas. De su grave voz recuerdo una palabra que ha resonado durante toda mi vida: El cornezuelo. El cornezuelo de centeno.

 

Me lo imaginaba caminando

sobre unos largos rayos enfundados en unos pantalones caquis con una red inmensa en las manos y un zurrón en el costado persiguiendo bellas mariposas.

 

Cada vez que en el bosque veo un escarabajo

trepando por un montículo de tierra me acerco y le digo en voz baja: "Buenos días profesor déjeme que le ayude". Lo traslado con mimo hasta la cima y me quedo mirándolo.

 

Me enamoré de mi profesor.

¡Qué poco original! Ahora lo sé.
 
                                                                          Johann R. Bach

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