12 ago. 2013

Sus fuertes piernas lo facultaban para la carrera...

Amelia:La libido encerrada y acosada

 

Un lunes de aquellos tan calurosos

de principios de julio estaba nadando cerca de la boya anaranjada, cuando observé tres figuras que se aposentaban junto a mi toalla. Me acerqué a ellas tumbándome al sol. Las saludé obteniendo tres sonrisas.

 

Estuvimos charlando sobre ellas,

sobre sus proyectos. Era interesante saber qué pensaban hacer en el futuro. Trabajaban en una reputada peluquería de la calle Balmes rotulada "Carita". Libraban los lunes y esa era la razón de haber ido a la playa juntas.

 

María soñaba con casarse con un médico;

Teresa no sabía qué haría en la vida, pero fuera el que fuera, su futuro estaba fuera de la peluquería; y, Antonia estudiaba francés porque deseaba ir a trabajar a Suiza.

 

Al despedirnos quedamos en ir al cine

aquella misma tarde. Llamé a dos compañeros del instituto. Julio y Pepe aceptaron conocer a las chicas. Entramos en el cine y naturalmente pagamos nosotros las entradas.

 

En la oscuridad

todo parecía estar escrito desde hacía muchos años: el protocolo de las manos, el juego de los "besuqueos franceses" -con lengua- no despertó ni en ellas ni en nosotros ninguna pasión. Todo fue como haber formado parte del guión de una mala película.

 

El contarles mis inclinaciones al sacerdocio

no les inmutó en absoluto y aquello me dio qué pensar: o bien al ser chicas ya de ciudad aquello carecía de importancia o bien que no escuchaban lo que les decía.

 

Fuera como fuera,

creo que desconocían el poder del sacerdote en las comunidades rurales a diferencia del cura rural de Georges Bernanos. En España nunca hubo una secularización de la sociedad como la que aconteció en Francia con sus sucesivas revoluciones.

 

En la estación de Urquinaona,

mientras esperaba el metro de vuelta a casa, coincidí con la vecina Amelia. Simulé que no la había visto, pero sorprendentemente vino hacia mí y me saludó con una naturalidad inesperada.

 

El vagón que paró frente a nosotros

iba lleno a rebosar. A pesar de ello, nos apretujamos como pudimos y las puertas se cerraron detrás de mí. En esas situaciones las mujeres ponían los brazos cruzados para proteger su pecho, pero en esta ocasión Amelia no lo hizo.

 

Con su pecho contra el mío

noté como una mano se movía suavemente sobre mis genitales. No podía creerlo: ¿era la misma Amelia del bofetón? No tardé en situarme un poco de lado para facilitarle la maniobra y por otro lado le puse toda mi mano abierta sobre uno de sus glúteos.

 

Al hacer el transbordo en Sagrera

no pudimos seguir con nuestras caricias porque el vagón iba prácticamente vacío, pero ella me sonreía y yo, rojo como un tomate, con el bajo vientre encendido como no lo había logrado entre las butacas del cine, empecé a pensar que el invento de mi inclinación al sacerdocio estaba dando sus frutos.

 

Durante el trayecto le miré la cara detenidamente

mientras me acariciaba y sus labios me parecieron otros labios y sus ojos brillaban regalándome su total atención. Esa libido encerrada durante tanto tiempo en los quehaceres domésticos y oculta a toda la vecindad estaba explotando a causa de mi proceder y aquello me llenaba de gozo.

 

Llegando ya a casa le pregunté a Amelia

si conocía mi deseo de entrar en el seminario para ordenarme sacerdote algún día. Contestó afirmativamente. Dentro de mi pecho la alegría parecía desbordarse. Me olvidé por completo de las chicas de la peluquería.

 

Después de aquel apretujón en el metro,

las hijas de Amelia me parecieron tan ingenuas y simples que se me hacía imposible mantener con ellas una conversación. No despertaban en mí el menor deseo.

 

Lo mismo pasaba con dos hermanas

que vivían en el principal Maite y Montse. Montse era algo gruesa y estaba acomplejada por no ser bonita. Su hermana Maite, por el contrario, creía que era bella simplemente por ser alta y llevar el pelo largo y teñido de rubio oro.

 

Realmente Maite no era más que un saquito

orgulloso y chismoso. Recuerdo que en cierta ocasión su amiga Juana le contó que yo le había robado un beso. No se le ocurrió otra cosa que venir a preguntarme si era cierto. Podía haberlo negado, pero no lo hice.

 

Por el contrario,

le dije que si tuviera otra oportunidad lo volvería a repetir porque Juana era una chica maravillosa y que con seguridad el chico que ella eligiera sería muy dichoso.

 

No sé en qué términos

le transmitió a Juana mi opinión sobre ella, pero lo cierto es que después de meses de no dirigirme la palabra intentó varias veces reconciliarse conmigo a través de su hermano Germán que era un buen amigo aunque acabamos distanciándonos porque se colocó como cámara de TVE y viajaba muchísimo.

 

Con Juana me pasaba lo mismo

que con Maite y su hermana Montse con las que no sabía de qué hablar y el deseo hacía ellas era nulo. El vuelco o requiebro sexual sólo lo veía en las mujeres maduras como el gesto del niño al tirar de su cometa o en el de la mujer que compra tela para adornar su cuerpo o sus sábanas.

 

Esa complicación de adornarse

ocupa un tiempo, lo fabrica y lo dilata, nos multiplica, nos hace más extensos, nos relaciona y nos introduce en un mundo lleno de imágenes que nos envuelve y hace que tomemos interés por las cosas.

 

Y en eso las mujeres maduras son expertas,

nos hacen ver lo que urde la vida de las personas. Además lo hacen habiendo dejado su orgullo como el asceta que toca la flauta sobre la tierra endurecida de la orilla de un rio.

 

A mediados de julio

el marido de Amelia cogió a las niñas y las acompañó a un pueblecito de Valladolid para que pasaran las vacaciones con la abuela y se ausentó tres días. Así que Amelia me dio una oportunidad de oro para estar a solas con ella.

 

Me las arreglé para justificar

que estaría todo el día fuera de casa porque iríamos de excursión al Matagalls. Así que a las seis de la mañana salí de casa cuando aún todos dormían.

 

Al primer timbrazo Amelia abrió la puerta,

Inmediatamente, como si me hubiera estado esperando detrás de ella. Me llevó directamente a la cocina y tomamos un café con leche y unas galletas marías.

 

Luego me llevó al dormitorio

y ya con mis manos sobre su pecho me dijo que íbamos a hacer lo que no hacía con su marido. Se refería –entendí- a la felación y al cunilinguis. A las ocho de la mañana yo me dormí exhausto en sus brazos. A las doce del mediodía me despertó con un almuerzo compuesto de unas tostadas mantequilla, mermelada y unas rodajas de naranja bañadas en vino.

 

Mientras almorzábamos me contó el siguiente relato:

 

"Te voy a explicar por qué nos trasladamos a vivir a Barcelona. Nadie sabe exactamente qué ocurrió, y, te lo voy a explicar a ti bajo juramento de que no explicarás a nadie. Te lo cuento como si ya fueras un sacerdote, como si me confesara. Piensa que no lo sabe ni mi marido".

 

"En todos los pueblos –continuó Amelia su relato-

hay un tonto o un medio tonto del que todo el mundo se mofa porque no tienen otra cosa que hacer. Nuestro pueblo no era una excepción. Un chico llamado Daniel habiendo llegado a los veintiocho años continuaba soltero y ya sabes cómo hablan en los pueblos de las solteras y de los solteros".

 

"Daniel era tímido en exceso

y por ello parecía más tonto de lo que en realidad era. Todos lo trataban como "una cosa" y era la referencia de lo tonto, de lo torpe, de lo inútil. Algunas personas, no obstante lo tratábamos con cordialidad y él no correspondía ayudando en todo aquello que se le pedía".

 

"La conversación con él era trivial,

pero nunca estúpida. Si se hablaba del tiempo o de la caza o de las cosechas Daniel no se quedaba mudo y opinaba sobre cualquier tema de la misma forma "lógica" de los demás del pueblo".

 

"Rehuía siempre a las personas jóvenes

y a los hombres adultos porque les tenía miedo. Con las mujeres era algo más abierto. Su estatura era más bien escasa aunque era de brazos robustos y su cabeza era algo grande en relación al resto de su cuerpo".

 

"Tenía unas gruesas cejas

que disimulaban, en parte, sus grandes ojos asustadizos. La boca algo berza guardaba en su interior una lengua larga y roja que llamaba la atención porque de vez en cuando la sacaba como lanzándola hacia afuera como un sapo".

 

"Sus fuertes piernas lo facultaban para la carrera

y cuando iba de un lugar a otro sus desplazamientos se hacían a la velocidad del rayo. Vivía con su madre y los domingos asistía con ella a misa y se arreglaba un poco en el vestir".

 

"Era algo inquieto y ayudaba

a todos haciendo recados sencillos que él creía que no entrañaban responsabilidad. Conocía palmo a palmo todos aquellos campos y bosques de los alrededores del pueblo".

 

"En cierta ocasión

le dije que me acompañara a ver a mi suegra que vivía en una casa un poco alejada del pueblo. Le llevaba en una carretilla algunas cosas que mi marido le había comprado. Él, entusiasmado cogió la carretilla y comenzó a andar".

 

"Anochecía ya

cuando a mitad de camino, se detuvo un momento para ir a orinar y se adentró un poco entre los pinos. Algo me debió pasar por la cabeza que me hizo ir tras él y mirar descaradamente como orinaba. Él pareció complacido como si aquella escena le fuera conocida. Al ver aquel enorme troncho con la punta lila como una berenjena me excitó tanto que no pude contenerme: me arrodillé ante él y al introducir aquello en mi boca sentí un fuerte rayo que me recorrió la espalda como nunca lo había experimentado".

 

"Sin salir de mi asombro

le pedí que me pasara su lengua por en medio de mis piernas y lo hizo con tanta habilidad que no me quedó la menor duda de que practicaba con algunas otras mujeres del pueblo. Me dije para mis adentros que no era tan tonto como creíamos todos".

 

Llegados a este punto interrumpí el relato.

Mi excitación era tal que reanudamos las caricias amorosas haciéndome eyacular otra vez, pero Amelia se quedó esperando con la boca a punto porque esta vez no saqué ni una sola gota. Por lo visto mis jóvenes testículos no podían producir tan rápidamente el elixir de la vida.

 

Ya en reposo Amelia reanudó su relato.

 

"Después de aquel día me dediqué a seguir los pasos de Daniel y observar cuando estaba demasiado tiempo con alguna vecina. Así llegué a detectar que éramos cuatro incluyéndome a mí las que requeríamos de sus servicios".

 

"La cosa no tendría más interés

que lo que ya te he explicado –continuó Amelia-, pero creo que debes conocer el resto. Para evitar dejar embarazadas a las mujeres Daniel nos agarraba por detrás y nos introducía, con una lentitud pasmosa, su enorme verga por el ano produciéndonos un placer desconocido por el resto de mujeres con maridos "normales".

 

Era tanto el placer que me procuraba

aquel experto y sencillo pobre diablo que  me volvía loca y durante todo el día no pensaba en otra cosa. Un día no pudiendo contenerme hice que me introdujera su pene en mi vagina con tan mala fortuna que quedé embarazada de las dos gemelas que salieron más blancas de lo esperado y con los ojos azules del padre.

 

Eso no fue lo peor.

En efecto, otra vecina del pueblo dio a luz, dos meses más tarde, a otras dos preciosas niñas también gemelas con los ojos azules. Me las arreglé para convencer a mi marido para trasladarnos a Barcelona. Hablé con mi hermano que estaba empleado también en el Ayuntamiento y logró que el alcalde consiguiera hacer una permuta con una plaza de jardinero del Ayuntamiento de Barcelona.

 

"El resto ya lo sabes.

Ahora sólo me queda enseñarte cómo aquel maestro del amor me lo hacía por detrás. Quién le enseño a él siempre fue un misterio".

 

Creí que no sería posible ese género de cosas.

Me costó un poco la primera vez, pero pronto descubrí que era menos fatigante para mí y más placentero para un tipo determinado de mujeres.
                                     de la novela "La Vocación de Amar"
                                               Johann R. Bach

 

 

 

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