15 ago. 2013

No hay pizarras en la puerta (de La Cafetera) que indiquen un menú

CARME  E.  Una ninfa del barrio

   

Este es –Gracia- un barrio de jarana,

música, danza, teatro, parrilladas de carne al amanecer, manifestaciones sociales etc…

 

No obstante, tengo la impresión

de que nunca sucede nada. Es como si me hubiera escapado de una película con final previsible y mi universo hubiera tomado la forma de La Cafetera.

 

No hay pizarras en la puerta

que indiquen un menú, aunque realmente eso me da igual porque no tengo hambre.

 

La terraza está continuamente llena

y los parasoles cuadrados recién estrenados acogen durante todo el día a gente que tiene ganas de hablar, cerveza doble en la mano, sintiéndose en el mejor de los mundos.

 

El tráfico está restringido

y sólo las motos perturban un poco la tranquilidad del Carrer de l'Or y sus ciruelos bordes. Es verano y la tarde se prolonga más allá de lo estacional debido al adelanto de la hora.

 

La mujer sentada en una de esas mesas

lee un diario que no distingo cuál es por estar en el interior del local, sentado en la barra, muy separado de ella. Toma un refresco pues el alcohol le sube la libido.

 

De sus delicados brazos destacan músculos,

Sin un gramo de grasa subcutánea, como cuerdas y tras su fina piel se le marcan las venas como raíces al descubierto.

 

Sus ojos un poco saltones

bajo una frente totalmente despejada demuestran un carácter enérgico y juvenil. Sólo las venas visibles de sus sienes indican su edad aproximada.

 

En la pantalla del televisor

un grupo de "mecánicos" parece empeñado en destrozar un automóvil. No sé de que va la película porque mis ojos están clavado en la mujer de la terraza.

 

Se trata de una actriz de teatro

y me consta que ha sido galardonada con numerosos premios. Me siento afortunado por tenerla de vecina. El volumen de su enjuto cuerpo contrasta con el peso específico que le atribuye la televisión. Sus películas son casi exclusivamente de profundo calado sicológico.

 

Como está sentada a contraluz

veo su inconfundible silueta con su pelo recogido, una arquitectura efímera que le confiere un aire de sacerdotisa y ella lo sabe. Estoy seguro de que cualquier hombre podría ser feliz a su lado y, sin embargo, es una mujer solitaria.

 

Es, la suya, una estampa

que compite con éxito con la bella estatua de La Virreina. ¿Qué le ha llevado a vivir en este barrio bohemio? ¿Acaso está cicatrizando las heridas de algún desengaño amoroso?

 

Una música desafinada de clarinete

entorpece mis pensamientos e interrumpe el bellísimo momento de estar tan sólo a unos metros de mi famosa vecina Carme, cuyo apellido quisiera retenerlo exclusivamente para mí, como una forma humana de adoración hacia una de las ninfas del barrio.
                                                                                    Johann R. Bach

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