12 ago. 2013

"Hay dolores aquí de todos los tamaños, y una pequeña semilla de felicidad ...

            En Portofino

 

Respiraste y escuchaste su aliento

como un placer solitario que todos hemos experimentado, sentiste ante las olas inquietas del mar como el sol se posaba sobre tus párpados.

 

Escuchaste el vuelo de las gaviotas

por encima del horizonte, como flotaban en el silbido del viento y colgada de su dulce brazo creciste como joven alondra en el amor.

 

Las horas de un tiempo inacabado

cuando todo parecía perdido empezaron a transcurrir plácidamente ante ese andar desnudo de tus ojos invadiéndote la alegría repentina, humedecidos todos tus poros, ante el Mar de tus Sueños, con la arena acariciando tus pies.

 

Sentiste más fuerte  que nunca

salir de tu pecho, ese grito que pide besar a los que tenemos cerca. La música de aquella Costa Liguria parecía suave como un engaño puro.

 

Aquellas horas ya son indestructibles.

Amaste todo aquello: Las pecas sobre su piel el brazalete que cerraba la manga, aquella dulzura sin sombra que entre unos mínimos dedos como una evidencia de amor erizaba el musgo sonrojado.

 

Allí en Santa Margarita decidiste

no renunciar a voz alguna, abandonar tu antigua soledad, adoptar un nuevo mar, vivir en el más maravilloso de los mundos y aceptar que sus ojos eran ya los tuyos.             

                                                                                     Elisa R. Bach

 

Cuando Catherine nos cogió de la mano en Portofino, como un ritual, aspiró profundamente aquella brisa marina y mojándose los labios con su propia lengua como saboreando la sal adherida susurró como si hablase al viento:

 

"Hay dolores aquí de todos los tamaños, y una pequeña semilla de felicidad en alguna barca entre ésas que veis. Tormenta a tormenta,  batalla a batalla se moldearon estas rocas. El clima suave y el calor del sol atrajeron a especies de plantas coníferas en las que se refugiaron miles de aves hasta convertirse en un rincón vivo  lleno de luz y mar".

 

Era maravilloso poder "ver" con el agudo oído y el fino olfato de una ciega aquel paisaje. Las descripciones que hacía de un paisaje imaginario de cualquier rincón visitado eran bellas como la traducción homérica de un poema y cada minuto al lado de Catherine era como una semana de primavera; nos subía la alegría por las venas como golpes de suaves olas. 

 

A Yvette el clima de La Liguria le sentaba tan bien que parecía rejuvenecer. Se volvía más activa y lúcida como si El Mediterráneo con sus brisas cálidas le fortaleciera el corazón; su piel recuperaba tersura y las arrugas de su rostro se dulcificaban dándole el aspecto juvenil de años ya gastados.

                                                   Extracto de la novela

                                                  "Barcelona nació con los granados"

                                                   Johann R. Bach       

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