12 may. 2013

El juego de los "besuqueos franceses", con lengua, ... no despertó ninguna pasión

Amelia: La libido encerrada y acosada  

 

 

Un lunes de aquellos tan calurosos

de principios de julio estaba nadando cerca de la boya anaranjada, cuando observé tres figuras que se aposentaban junto a mi toalla. Me acerqué a ellas tumbándome al sol. Las saludé obteniendo tres sonrisas.

 

Estuvimos charlando sobre ellas,

sobre sus proyectos. Era interesante saber qué pensaban hacer en el futuro. Trabajaban en una reputada peluquería de la calle Balmes rotulada "Carita". Libraban los lunes y esa era la razón de haber ido a la playa juntas.

 

María soñaba con casarse con un médico;

Teresa no sabía qué haría en la vida, pero fuera el que fuera, su futuro estaba fuera de la peluquería; y, Antonia estudiaba francés porque deseaba ir a trabajar a Suiza.

 

Al despedirnos quedamos en ir al cine

aquella misma tarde. Llamé a dos compañeros del instituto. Julio y Pepe aceptaron conocer a las chicas. Entramos en el cine y naturalmente pagamos nosotros las entradas.

 

En la oscuridad

todo parecía estar escrito desde hacía muchos años: el protocolo de las manos, el juego de los "besuqueos franceses" -con lengua- no despertó ni en ellas ni en nosotros ninguna pasión. Todo fue como haber formado parte del guión de una mala película.

 

El contarles mis inclinaciones al sacerdocio

no les inmutó en absoluto y aquello me dio qué pensar: o bien al ser chicas ya de ciudad aquello carecía de importancia o bien que no escuchaban lo que les decía.

 

Fuera como fuera,

creo que desconocían el poder del sacerdote en las comunidades rurales a diferencia del cura rural de Georges Bernanos. En España nunca hubo una secularización de la sociedad como la que aconteció en Francia con sus sucesivas revoluciones.

 

En la estación de Urquinaona,

mientras esperaba el metro de vuelta a casa, coincidí con la vecina Amelia. Simulé que no la había visto, pero sorprendentemente vino hacia mí y me saludó con una naturalidad inesperada.

 

El vagón que paró frente a nosotros

iba lleno a rebosar. A pesar de ello, nos apretujamos como pudimos y las puertas se cerraron detrás de mí. En esas situaciones las mujeres ponían los brazos cruzados para proteger su pecho, pero en esta ocasión Amelia no lo hizo.

 

Con su pecho contra el mío

noté como una mano se movía suavemente sobre mis genitales. No podía creerlo: ¿era la misma Amelia del bofetón? No tardé en situarme un poco de lado para facilitarle la maniobra y por otro lado le puse toda mi mano abierta sobre uno de sus glúteos.

 

Al hacer el transbordo en Sagrera

no pudimos seguir con nuestras caricias porque el vagón iba prácticamente vacío, pero ella me sonreía y yo, rojo como un tomate, con el bajo vientre encendido como no lo había logrado entre las butacas del cine, empecé a pensar que el invento de mi inclinación al sacerdocio estaba dando sus frutos.

 

Durante el trayecto le miré la cara detenidamente

mientras me acariciaba y sus labios me parecieron otros labios y sus ojos brillaban regalándome su total atención. Esa libido encerrada durante tanto tiempo en los quehaceres domésticos y oculta a toda la vecindad estaba explotando a causa de mi proceder y aquello me llenaba de gozo.

 

Llegando ya a casa le pregunté a Amelia

si conocía mi deseo de entrar en el seminario para ordenarme sacerdote algún día. Contestó afirmativamente. Dentro de mi pecho la alegría parecía desbordarse. Me olvidé por completo de las chicas de la peluquería.

 

Después de aquel apretujón en el metro,

las hijas de Amelia me parecieron tan ingenuas y simples que se me hacía imposible mantener con ellas una conversación. No despertaban en mí el menor deseo.

 

Lo mismo pasaba con dos hermanas

que vivían en el principal Maite y Montse. Montse era algo gruesa y estaba acomplejada por no ser bonita. Su hermana Maite, por el contrario, creía que era bella simplemente por ser alta y llevar el pelo largo y teñido de rubio oro.

 

Realmente Maite no era más que un saquito

orgulloso y chismoso. Recuerdo que en cierta ocasión su amiga Juana le contó que yo le había robado un beso. No se le ocurrió otra cosa que venir a preguntarme si era cierto. Podía haberlo negado, pero no lo hice.

 

Por el contrario,

le dije que si tuviera otra oportunidad lo volvería a repetir porque Juana era una chica maravillosa y que con seguridad el chico que ella eligiera sería muy dichoso.

 

No sé en qué términos

le transmitió a Juana mi opinión sobre ella, pero lo cierto es que después de meses de no dirigirme la palabra intentó varias veces reconciliarse conmigo a través de su hermano Germán que era un buen amigo aunque acabamos distanciándonos porque se colocó como cámara de TVE y viajaba muchísimo.

 

Con Juana me pasaba lo mismo

que con Maite y su hermana Montse con las que no sabía de qué hablar y el deseo hacía ellas era nulo. El vuelco o requiebro sexual sólo lo veía en las mujeres maduras como el gesto del niño al tirar de su cometa o en el de la mujer que compra tela para adornar su cuerpo o sus sábanas.

 

Esa complicación de adornarse

ocupa un tiempo, lo fabrica y lo dilata, nos multiplica, nos hace más extensos, nos relaciona y nos introduce en un mundo lleno de imágenes que nos envuelve y hace que tomemos interés por las cosas.

 

Y en eso las mujeres maduras son expertas,

nos hacen ver lo que urde la vida de las personas. Además lo hacen habiendo dejado su orgullo como el asceta que toca la flauta sobre la tierra endurecida de la orilla de un rio.

 

A mediados de julio

el marido de Amelia cogió a las niñas y las acompañó a un pueblecito de Valladolid para que pasaran las vacaciones con la abuela y se ausentó tres días. Así que Amelia me dio una oportunidad de oro para estar a solas con ella.

 

Me las arreglé para justificar

que estaría todo el día fuera de casa porque iríamos de excursión al Matagalls. Así que a las seis de la mañana salí de casa cuando aún todos dormían.

 

Al primer timbrazo Amelia abrió la puerta,

Inmediatamente, como si me hubiera estado esperando detrás de ella. Me llevó directamente a la cocina y tomamos un café con leche y unas galletas marías.

 

Luego me llevó al dormitorio

y ya con mis manos sobre su pecho me dijo que íbamos a hacer lo que no hacía con su marido. Se refería –entendí- a la felación y al cunilinguis. A las ocho de la mañana yo me dormí exhausto en sus brazos. A las doce del mediodía me despertó con un almuerzo compuesto de unas tostadas mantequilla, mermelada y unas rodajas de naranja bañadas en vino.

 

Mientras almorzábamos me contó el siguiente relato:

 

"Te voy a explicar por qué nos trasladamos a vivir a Barcelona. Nadie sabe exactamente qué ocurrió, y, te lo voy a explicar a ti bajo juramento de que no explicarás a nadie. Te lo cuento como si ya fueras un sacerdote, como si me confesara. Piensa que no lo sabe ni mi marido".

 

"En todos los pueblos –continuó Amelia su relato-

hay un tonto o un medio tonto del que todo el mundo se mofa porque no tienen otra cosa que hacer. Nuestro pueblo no era una excepción. Un chico llamado Daniel habiendo llegado a los veintiocho años continuaba soltero y ya sabes cómo hablan en los pueblos de las solteras y de los solteros".

 

"Daniel era tímido en exceso

y por ello parecía más tonto de lo que en realidad era. Todos lo trataban como "una cosa" y era la referencia de lo tonto, de lo torpe, de lo inútil. Algunas personas, no obstante lo tratábamos con cordialidad y él no correspondía ayudando en todo aquello que se le pedía".

 

"La conversación con él era trivial,

pero nunca estúpida. Si se hablaba del tiempo o de la caza o de las cosechas Daniel no se quedaba mudo y opinaba sobre cualquier tema de la misma forma "lógica" de los demás del pueblo".

 

"Rehuía siempre a las personas jóvenes

y a los hombres adultos porque les tenía miedo. Con las mujeres era algo más abierto. Su estatura era más bien escasa aunque era de brazos robustos y su cabeza era algo grande en relación al resto de su cuerpo".

 

"Tenía unas gruesas cejas

que disimulaban, en parte, sus grandes ojos asustadizos. La boca algo berza guardaba en su interior una lengua larga y roja que llamaba la atención porque de vez en cuando la sacaba como lanzándola hacia afuera como un sapo".

 

"Sus fuertes piernas lo facultaban para la carrera

y cuando iba de un lugar a otro sus desplazamientos se hacían a la velocidad del rayo. Vivía con su madre y los domingos asistía con ella a misa y se arreglaba un poco en el vestir".

 

"Era algo inquieto y ayudaba

a todos haciendo recados sencillos que él creía que no entrañaban responsabilidad. Conocía palmo a palmo todos aquellos campos y bosques de los alrededores del pueblo".

 

"En cierta ocasión

le dije que me acompañara a ver a mi suegra que vivía en una casa un poco alejada del pueblo. Le llevaba en una carretilla algunas cosas que mi marido le había comprado. Él, entusiasmado cogió la carretilla y comenzó a andar".

 

"Anochecía ya

cuando a mitad de camino, se detuvo un momento para ir a orinar y se adentró un poco entre los pinos. Algo me debió pasar por la cabeza que me hizo ir tras él y mirar descaradamente como orinaba. Él pareció complacido como si aquella escena le fuera conocida. Al ver aquel enorme troncho con la punta lila como una berenjena me excitó tanto que no pude contenerme: me arrodillé ante él y al introducir aquello en mi boca sentí un fuerte rayo que me recorrió la espalda como nunca lo había experimentado".

 

"Sin salir de mi asombro

le pedí que me pasara su lengua por en medio de mis piernas y lo hizo con tanta habilidad que no me quedó la menor duda de que practicaba con algunas otras mujeres del pueblo. Me dije para mis adentros que no era tan tonto como creíamos todos".

 

Llegados a este punto interrumpí el relato.

Mi excitación era tal que reanudamos las caricias amorosas haciéndome eyacular otra vez, pero Amelia se quedó esperando con la boca a punto porque esta vez no saqué ni una sola gota. Por lo visto mis jóvenes testículos no podían producir tan rápidamente el elixir de la vida.

 

Ya en reposo Amelia reanudó su relato.

 

"Después de aquel día me dediqué a seguir los pasos de Daniel y observar cuando estaba demasiado tiempo con alguna vecina. Así llegué a detectar que éramos cuatro incluyéndome a mí las que requeríamos de sus servicios".

 

"La cosa no tendría más interés

que lo que ya te he explicado –continuó Amelia-, pero creo que debes conocer el resto. Para evitar dejar embarazadas a las mujeres Daniel nos agarraba por detrás y nos introducía, con una lentitud pasmosa, su enorme verga por el ano produciéndonos un placer desconocido por el resto de mujeres con maridos "normales".

 

Era tanto el placer que me procuraba

aquel experto y sencillo pobre diablo que  me volvía loca y durante todo el día no pensaba en otra cosa. Un día no pudiendo contenerme hice que me introdujera su pene en mi vagina con tan mala fortuna que quedé embarazada de las dos gemelas que salieron más blancas de lo esperado y con los ojos azules del padre.

 

Eso no fue lo peor.

En efecto, otra vecina del pueblo dio a luz, dos meses más tarde, a otras dos preciosas niñas también gemelas con los ojos azules. Me las arreglé para convencer a mi marido para trasladarnos a Barcelona. Hablé con mi hermano que estaba empleado también en el Ayuntamiento y logró que el alcalde consiguiera hacer una permuta con una plaza de jardinero del Ayuntamiento de Barcelona.

 

"El resto ya lo sabes.

Ahora sólo me queda enseñarte cómo aquel maestro del amor me lo hacía por detrás. Quién le enseño a él siempre fue un misterio".

 

Creí que no sería posible ese género de cosas.

Me costó un poco la primera vez, pero pronto descubrí que era menos fatigante para mí y más placentero para un tipo determinado de mujeres.

 

 

                    OLGA Y LEOCADIA

 

 

A los pocos días una hermana de Gracia, aprovechando una visita a su casa, subió a casa a pedirme si le podía dar clases de matemáticas a su hija que había suspendido esa asignatura del primero de bachillerato. Le dije que iría tres veces por semana.

 

Leocadia vivía en la calle Bertrán

y el trayecto se hacía un poco largo pues debía llegar con el tren a la Av. Tibidabo, después de hacer transbordo en la estación de la Plaça de Catalunya pero de todas formas de ocho a nueve de la noche no tenía ningún tipo de actividad.

 

Me hizo muy feliz saber

que alguien me recomendaba como profesor de clases particulares. En realidad las matemáticas siempre se me dieron muy bien aunque nunca fui un genio de los números. Así que me sentía a gusto al ayudar a Olga, una niña encantadora y aplicada que entendía perfectamente todo lo que le explicaba. Se me hacía difícil entender cómo una niña tan espabilada había suspendido en su primer año de instituto.

 

Olga era una niña morena

de grandes ojos y frente despejada. La sonrisa siempre ondeaba en sus labios y al parecer ya le atraían con fuerza los chicos. Su madre, se las arregló para que una vecinita suya tomara las mismas clases de matemáticas para evitar que estuviera a solas conmigo.

 

Un viernes acudí como de costumbre a la cita,

pero se habían marchado todos a pasar el fin de semana a Caldetes excepto Leocadia que se quedó en casa porque en el piso de abajo vivía su suegra una mujer ya muy mayor que no podía quedarse sola. Se trataba de una mujer que ya empezaba a tener problemas de movilidad.

 

Me dijo que no habría clase de matemáticas,

pero me pidió que me quedara para ayudar a mover a su suegra y que me pagaría igual que si hubiera dado la clase a Olga.

 

Acepté y la acompañé al piso de abajo

donde la anciana esperaba la cena. Mientras charlábamos en la cocina la ayudé a preparar la mesa camilla y después que la suegra de Leocadia cenase la ayudé a desnudarla, ponerle un camisón y meterla en la cama.

Nos sentamos en el sofá a la espera de que aquella vieja dama de cansada belleza se durmiera.

 

Leocadia me contó

que había dejado de ir a la Universidad porque no se vio con fuerzas para seguir estudiando una carrera larga –Ciencias físicas- y se casó sin haber acabado el tercer curso. Me preguntó por mi vocación religiosa y si no me atraían las chicas. En mi cabeza algo me dijo: "sé prudente" "esta mujer quiere saber si me interesa más de lo normal su hija Olga".

 

Le conté que le había cogido la mano

a alguna chica en el cine, pero no había sentido nada. Se rió. Me preguntó si no había hecho alguna otra cosa con otras chicas. Sí –le dije- con una prima mía: me pidió que le pusiera la mano entre las piernas, pero yo con ocho años no vi nada extraño en ello.

 

Me hablaba de la vejez

y se lamentaba de la situación senil de su suegra y se preguntaba por qué Dios consentía el sufrimiento. Yo haciendo un esfuerzo por buscar una respuesta a esa pregunta le dije que el Ángel Caído enaltecía los cielos; sin sufrimiento parece ser que no podríamos ver la belleza ni valorar el placer.

 

La lectura de "Diario de un cura rural"

de Georges Bernanos –le añadí- me ha influenciado muchísimo para elegir mi camino hacia el sacerdocio. Sobre todo una anécdota en la que se cuenta que un día el obispo fue de visita a ver las obras de reparación de la catedral.

 

En esa visita

el obispo iba preguntando aquí y allá a los diferentes obreros en qué consistían sus tareas. Uno decía que llevaba la carretilla, otro cortaba piedras, casi todos cumplían con alguna tarea específica. En su deambular por las obras observó a un obrero que iba de un lado a otro haciendo anotaciones en un bloc. Se dirigió hacia él y le preguntó como a todos qué hacía. El hombre con cara de asombro le dijo: creía que Su Señoría estaba al corriente de que estamos rehabilitando la catedral. Aquel obrero era el único que tenía conciencia de lo que hacía. 

 

Leocadia mirándome a la boca,

me acarició la cara y paseó su dedo pulgar sobre mis labios. Luego, tomándome la cabeza con ambas manos me obligó a cerrar los ojos y me besó en la boca. Su beso fue prolongado, con una débil caricia de su lengua.

 

Vamos arriba –me dijo invitándome a seguir en su casa-.

Leocadia era, aunque doce años más joven, una viva fotocopia de su hermana Gracia: Los músculos de sus brazos parecían cuerdas y en sus hundidas sienes destacaban un par de pequeñas verrugas. Sobre el labio superior otra verruga mayor indicaba sus inclinaciones por el mundo de los desposeídos como Gracia.

 

Sentados en la cocina

dispuso dos grandes vasos de vino tinto. El suyo se lo tragó materialmente de un solo golpe, el mío iba disminuyendo a pequeños sorbos. Antes de que yo consumiera la mitad de mi vaso, ella se bebió tres grandes vasos liquidando con ello completamente la botella de vino.  

 

Empezó a sonreír

y cogiéndome de la mano me arrastró hasta su dormitorio. Pasivamente me dejé desnudar. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me pidió el coito anal y ante mi mirada inquisitiva me dijo escuetamente que su marido nunca lo había hecho. Fue como si la víctima se entregara al sacerdote para ser inmolada.

 

Durante la semana siguiente

todo parecía estar en orden: yo seguí dando clases de matemáticas a Olga y su amiga

 

Dos semanas más tarde

tuve ocasión de hablar con Gracia y le pregunté qué opinaba sobre las mujeres que deseaban el coito anal. Me contestó como el que hace una disertación filosófica que había un tipo de mujer que deseaba el coito anal como forma de espiar una culpa o como pago por rescatar su falta de libido. Normalmente son mujeres que sólo se excitan sexualmente cuando beben vino. Yo –me dijo sonriendo- también soy de esas.

 

¿Tienes vino tinto en casa?

¿O voy a comprarlo? Ya veo –dijo Gracia riéndose- que vas aprendiendo con rapidez a manejar el pan y el vino de la eucaristía y ¿sabes? lo haces todo muy bien.

 

En aquellas clases particulares

Olga se sentaba a mi derecha y su amiga a mi izquierda; así las dos podían ver cómo operaba con los números quebrados y cómo dibujar en un diagrama de Venn el máximo común divisor y el mínimo común múltiplo. Yo tardé años en comprender lo obvio: había personas que no tragaban las matemáticas, pero lo extraordinario fue descubrir que esa "enfermedad" se podía curar. Desgraciadamente para Olga el descubrimiento llegó tarde: Eligió el camino del matrimonio.

 

Las clases las dábamos en una habitación interior

y en una ocasión en que, por una avería, nos quedamos a oscuras Olga me abrazó y me besó en los labios como uno de aquellos besos que yo robaba a las chicas al menor descuido. Así me convencí de que Olga podría ser feliz al lado de un hombre que buscara amor.

 

Cuando me despedí de Olga y Leocadia

Les dije que cuando necesitaran clases de latín contaran conmigo.

 

Así fue cómo vecina a vecina

aprendí cómo debía comportarme con las mujeres que entre sus preferencias se hallan los sacerdotes (en acto o en potencia).

 

                                                                                         Johann R. Bach

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