16 may. 2013

Me vi en el espejo con la vista nublada

Capítulo 1.    La pérdida de un ser querido

 

                                                                                       Treptower Park

 

 

             El despertar de la conciencia:

              ALUMINA C15

             La pérdida de un ser querido:

              IGNATIA C30

 

Me desperté sudando a medianoche;

mi hermano mayor me decía: despierta que te tienes que vestir. Oía voces en la casa que cuchicheaban. Al parecer la casa estaba incomprensiblemente llena de gente para ser medianoche.

 

Estaba entre aturdida y mareada;

entró en la habitación una tía mía que me cogió en brazos y me tapó con una manta y, en pijama, me llevó a casa de una vecina, dos pisos más arriba.

 

La vecina me había preparado

una cama enorme; me metió en ella, me dio a beber un zumo con un gusto extraño y me dijo que siguiera durmiendo. Por la mañana me desperté y pedí ir al colegio, pero me dijeron que estaba enferma y que debía permanecer en cama.

 

Mi hermano no se separaba de mí

y la vecina me preparó una rebanada de pan con mantequilla y un poco de leche caliente que me tomé con gusto, pero a los diez minutos la vomité. Fui al baño, mi hermano me sujetaba la frente mientras yo sufría unas arcadas que presagiaban más vómito.

 

Me vi en el espejo,

con la vista nublada; mi cara estaba pálida y a punto de marearme. La debilidad hacía que me flaquearan las piernas. Volví a la cama y volví a caer en los brazos de Morfeo...

 

Durante varios días

o semanas permanecí en cama y todo intento de levantarme era inútil pues al menor intento de ponerme en pie se me nublaba la vista y el desmayo se producía inmediatamente. Me sentía muy débil y me resigné a depender totalmente de los demás.

 

No podría decir cuántas semanas

permanecí en esa situación porque mi idea del transcurso del tiempo en aquellos días era aún muy tierna. Por otra parte si en aquellos momentos me hubieran preguntado qué quería no hubiera sabido qué contestar.

 

Realmente la sensación

que yo tenía de la situación era la de la recién llegada: no sabía lo que quería. Esa situación empezó a cambiar en una mañana fría, pero con un sol radiante en medio de un cielo despejado.

 

El paisaje abigarrado

por los árboles cargados de nieve, cedía bajo mis pies. La blanca reverberación de la luz del sol al atravesar el techo del bosque destacaba con el colorido de un carrito con un parasol.

 

Misteriosamente, en mitad de la nada

había un hombre vendiendo flores en el comienzo de la Kiefholzstrasse. Ese punto de color producía tristeza en lugar de alegría. El silencio del bosque nevado, la soledad del vendedor de flores y el aire frío de la mañana me entristeció.

 

Al llegar a casa le pregunté

a mi hermano porqué en ese lugar había un vendedor de flores. La lógica respuesta de que vendía flores para depositar en el lecho de las personas queridas en el cementerio me hizo comprender lo que había pasado:

 

mi madre habría muerto

aquella noche que me trasladaron a casa de la vecina...

 

Todo encajaba;

me habían ocultado la muerte de mi madre para evitarme mayores sufrimientos porque era pequeña y estaba muy enferma.

 

El vacío dejado por mi madre

fue inevitable aunque me ocultaran su muerte: yo la necesitaba y la llamaba constantemente tanto despierta como en sueños.

 

                                                               

                                                                                 Elisa R. Bach

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