16 may. 2013

Hiedra en el muro frente al comedor

     FRACTURA DE FÉMUR

 

Sal abierta en la herida, ¡que no se cierre!

Que no me venza una áncora, vencida por los años, por el tiempo, y por la ruda. Que ningún poso de añoranza obstaculice la monotonía que me permite detener el tiempo dentro de los límites de la rutina diaria.

 

Por la mañana, saludo a los gorriones

que vienen buscando las migajas que les pongo en el balcón para que almuercen.

 

¡Hiedra en el muro frente al comedor!

Sal viva en los párpados para vislumbrar, arriba, cómo en el cielo, las golondrinas rompen el aire a golpe de ala.

 

Cómo su escandallo calza las estrellas

es un misterio, pero cada año encuentran el camino de vuelta al nido construido en años anteriores, cómo las uvas se pasean bajo las hojas de la parra y a pesar de su retraso concluyen, es otro enigma.

 

Me violento. Después rio

para conservar a pesar de mi humor, la voz de tinta. Después de todo, escribo esto u olvido aquello mediante un bolígrafo con una bola de acero en la punta. ¿Autómata de la vanidad?

 

No sé, pero me gusta engañar al gato

que se despereza con las campanadas de las ocho del carillón, bosteza y me mira como para justificar que es la hora de la ronda. Sonrío los días que le adelanto el reloj y, extrañado el felino, hace su ronda una hora antes.

 

Si salgo de esta,

si el fémur se suelda y vuelvo a caminar aunque sólo sea despacio, sé que tendré que romper con el aroma de los años esenciales, arrojar mi tesoro lejos de mí en silencio.

 

Todo ello dentro de una insatisfacción desnuda

y una humildad forzada como la del rosal que entre espinas obliga a sus brotes a encenderse.

 

Sal abierta en la herida

y sin ripio que rellene los huecos, ¡cielo abierto! En el llano, lejos del mar y su orilla, molde de una materia de la que participan por igual el rumor de la desesperanza y la certidumbre de la resurrección.

 

                                                                               Johann R. Bach

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