13 may. 2013

Caen sus párpados como su rictus ya de por sí triste...

             LA  DEPRESIÓN  DE  SEPIA

 

El gas carbónico brota de sus ojos,

junto a los secos lagrimales, escuece como el vinagre sobre heridas que no cicatrizan.

 

Agotadas ya las lágrimas,

las sustituye, inútilmente por otras artificiales. Caen sus párpados como su rictus ya de por sí triste y la alegría desaparece de sus hombros.

 

Sin embargo sus fuertes manos

se aferran a un gran bolso negro donde acumula objetos y penas. Se esconde detrás de gafas oscuras como la sepia en su propia tinta.

 

Todo es negro presagio.

La luz es, a sus ojos, médula de sombra y le llama la atención ver morir una pequeña mariposa en las bujías del amanecer.

 

Tiene frío bajo un arco

que separa la existencia y la luz, que separa cuanto han olvidado

sus amantes y la última luz.

 

En su recuerdo hay pocos clústers

de la luz que lamieron en la apariencia de una eternidad de amor, y casi todos sus depósitos de alegrías están ya vacíos.

 

Esta sola entre dos negaciones

como huesos abandonados de un cementerio ignorado y entra el día por la mañana en su habitación calcinada como su pelo.

 

Otra vez ha sido inútil la sutura negra

de una corta noche de verano, aunque arda –ya el único placer- bañada en música rítmica, en intensa luz de neón llena de palabras incomprensibles.

 

Ahora su pasión

es la indiferencia. Escucha en la madera los dientes invisibles de la carcoma.

                                                                                       Johann R. Bach

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