17 may. 2013

París ya flotaba en tu mente como un mar brillante

 LAS PUERTAS DEL MONASTERIO

      (La transición hacia la espiritualidad)

                                                                 Johann R. Bach

                                                           www.homeo-psycho.de

 

Todo estaba ocurriendo sin ruido,

tus suspiros subían hasta el techo del mundo, sin cansancio que suprimiera tu inquietud.

 

Tan pronto sentiste cómo las puertas del monasterio se cerraban a tu espalda apareció el gozo de estar libre y sola en la noche donde uno puede esconderse.

 

París ya flotaba en tu mente

como un mar brillante y sus bulevares como arterias por las que circula la voluntad de algunas mujeres tenaces. Sentías que deberías dar pasos largos para atravesar ese desierto de conceptos, para imitar otra música, pues la Superiora solía decirte que se puede ir más rápido cuando se está rodeada de indiferencia:

 

Entonces una debe encontrar

su camino en medio de extraños rostros en los que la mirada se ahoga.

 

Una nube mojaba

con sus gotitas tu cara y tus manos flotaban en el aire; las lucecitas ya lejanas del Monasterio te tranquilizaban: conocías bien que en su interior todas dormían como si todo fuera un sueño pesado que se abre hueco en la tierra.

 

Poco a poco

notabas que el aire se volvía más ligero y el ruido del motor de un automóvil a lo lejos te sonaba como el fluir de un arroyo. En él venían tu hermana y su compañero a rescatarte, inútilmente de la noche.

 

El campanario invisible ya,

empezó a dar la hora. Las puertas del Monasterio se cerraban para siempre tras de ti.

 

Tal vez el mundo resucitará.

Las doctas cigüeñas especialistas en repartir paz entre los campanarios podrían volver a vigilar las tardes.

 

Detrás de la lluvia

podría haber otro cielo donde unas voces más dulces subieran un recuerdo en vez de una oración. 

                                                                                    Johann R. Bach                                          

 

Miré hacia atrás para ver por última vez el hogar que me había acogido durante los últimos veinticinco años. En aquellos momentos sentí pena por todas las hermanas que dejaba allí. Aún no me atrevía a considerar aquel lugar como una cárcel. Mi hermana me esperaba en un renault de alquiler.

 

Su compañero apenas me saludó; consideraba que todo lo que estaba viviendo era como un fastidio sin pausas. Cuando subí al coche llevaba sólo una bolsa con ruedas con todo lo que eran mis pertenencias: ropa para no parecer una harapienta, una gramática, un diccionario, un tratado de geometría y un montón de notas grabadas en mi memoria. Eso era todo mi capital.

 

Como el compañero de mi hermana parecía no estar de buen humor preferí hundirme en el silencio del asiento trasero y  en esa oscuridad me lancé a soñar otra vida y a olvidar el olor de las hojas de col marchita y de la nieve mezclada con trocitos de remolacha, col agria u hojas de té hervidas como fórmula con la que se limpian las alfombras.

 

Mi hermana parecía comprenderme y se limitaba a preguntarme de vez en cuando si dormía. La cara del que se suponía que era mi cuñado carecía de sonrisa y no aguantaba que mi hermana le hablara mientras conducía: era precisamente lo contrario de la sonrisa etrusca; esa sonrisa que nos devuelve lo que de verdad importa: el amor, la entrega, la pasión…

 

Tampoco su palabra toña dejaba lugar a dudas: su comportamiento era el mismo del sastre que no ha cobrado. Su expresión era como la de la hermana Luisa, la ecónoma, pero no me gustaba hacer comparaciones con las hermanas por si lo hacía, mi alma no lograría nunca atravesar las puertas del Monasterio. Así que decidí buscarle a mi cuñado un parecido animal. Descubrí que tenía la misma cara que un perro pachón. Sonreí.

 

En el aeropuerto de Stuttgart, con el tiempo justo para devolver el auto y tomar a la carrera el vuelo a París no tuve tiempo de tomar conciencia del gran cambio que me esperaba en la vida: Había abandonado el Monasterio cuando ya había cumplido cuarenta y cinco años, y sin embargo la sensación que sentí durante el vuelo fue como si todos aquellos años sólo hubieran sido un sueño.

 

El avión había tardado en despegar una media hora que me pareció interminable. El avión se deslizaba lentamente por una pista de despegue larguísima como si el aparato se negara a levantar el vuelo. En realidad sólo esperaba la confirmación del slot como muy bien explicaron las palabras del comandante de la nave: "debido al retraso en la estiba de las bodegas, hemos perdido el slot inicial que teníamos para las 21:30 horas y vamos a esperar al próximo slot que nos proporciona la torre de control".

 

De vez en cuando el recuerdo de algunas cosas del Monasterio asaltaba mi mente como en alegorías que ya no formaban parte de mí. En ellas me veía a mí misma actuando como en una representación amateur, una actuación por gusto, siempre para un escenario tosco, sin maquillaje.

 

En esas figuradas actuaciones me interpretaba a mí misma como si en el público no hubiera más que niños; sentía la toca en la cabeza de tal forma que me parecía como si mirara con prismáticos; y su única ventaja es que ocultaba todas mis incipientes canas.

 

Esas escenas quizá eran para mí como veinticinco pascuas en las que di mi palabra, pan, cobre y a cambio sólo recibí un código cosido con silencio que ignoraba noticias de amor, madejas de lujuria, lanzadas en lacrimógenos prospectos en minúsculas botellas de náufrago. Parecían geometrías destinadas a mostrarme la posibilidad de otros espacios fuera del estrecho mundo euclidiano de tres dimensiones en el que me encuentro atrapada.

 

Realmente ahora me daba cuenta que me había tomado mi tiempo en preparar la huida, a dar el salto más audaz, y que la carne se me abría como si hubiera trazado con las manos una hendedura en la negra pared de los pulmones. Ahora ya sabía que llevaba la paz, mi paz como un angioma avanzando hasta cubrirme la piel de versos elegíacos. Veinticinco años repitiendo letanías y simulando rezar todos los días no han sido suficientes para fijar en mi corazón ni una sola oración:

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