11 may. 2013

CUANDO LLEGA EL DOMINGO, SE ABURRE ...

LOS MOMENTOS OSCUROS DE MARTA GUILLAMON

 

Marta Guillamon,

como cualquier humilde poeta, no podía permanecer muchas horas o días en la estratosfera, por eso se acurrucaba a menudo entre lágrimas nuevas que corren como los ríos de tinta entre las desgracias de las primeras planas de los periódicos.

 

En sus peores momentos pensaba

en ese ejército de cobardes con gusto por la dictadura a quienes quizá volvamos a ver en el poder, en países en los que la gente ha olvidado las injusticias del pasado y en su orgullo no perdonan los errores de los demócratas.

 

¡Ay! ¡Con qué prisa renunciarán las gentes

a sus derechos colocando en los gobiernos a los supervivientes de nuestro tiempo de álgebra condenada! Se han empeñado en mirar el diente del caballo regalado. Se va a postergar otra vez la parte imaginaria que, también ella es susceptible de acción.

 

Marta Guillamon,

como cualquier humilde poeta, necesita detenerse unos pocos minutos en la librería de Simón, comer "unes galtes de porc" a la plancha con una buena guarnición de patatas fritas junto a unas tostadas de pan con tomate y ajo y un buen porrón de pitorro fino cargado de vino tinto en el restaurante El Glop, dar un buen apretón de manos al camarero de turno, un fuerte abrazo a su amiga de la mesa contigua y un beso en los labios del acompañante fortuito.

 

Marta G. ,

como cualquier humilde poeta, se deshace día a día, de todo lo que obstaculiza la lucidez y frena la confianza. Se convence cada día más, después de dos pruebas concluyentes, de que el ladrón que se introdujo entre nosotros y entre los empleados de la banca sin que nos diéramos cuenta es irrecuperable.

 

Rufián (y alardea de ello),

maligno como una sabandija, flaquea ante los desposeídos de tierras y pisos, chapoteando en la reseña del horror como un puerco en el cieno. De él no se puede esperar nada, a no ser los disgustos más graves, cuando como a los demás parásitos, le nombren ministro.

 

Cuando llega el domingo,

se aburre como el resto de los jóvenes y por ello siempre soñó con una semana de veinticuatro días, para trocear el domingo. Una hora de domingo añadida a cada día, preferiblemente a la hora de la siesta.

 

Sueña con una sociedad

que nunca más le vuelvan a mentarle el domingo.

                                                                                               Johann R. Bach

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