17 may. 2013

NIÑOS A LA DERIVA. Introducción

 

La Soledad de una Universitaria 

 

El último invierno

me dejó el alma helada, herida, escondida bajo una piel nueva y un silencio cruel en la casa que debía abandonar. Sin flores marchitas, sin discos ajenos que devolver, con botellas a medias en la cocina y la nevera vacía, y mil proyectos destruidos me invadía la tristeza.

 

Reconstruí con calma

aquel rompecabezas, aquí los sentimientos, más allá las certezas, las dudas y las sombras flotando, llenándolo todo. Y no pude decidir seguir porque no había nadie esperándome en ninguna parte.

 

Atrás quedaban caídas

sobre hielos resbaladizos que no debí pisar jamás. El gran problema a resolver era que no tenía nadie en quien pensar. La tristeza me replegaba sobre mí misma, obligándome a refugiarme dentro de mi piel.

 

Tarde o temprano habría

de romper mi corsé como un reptil que crece. Deseaba que no sólo tristeza al final de la tarde, no sólo cansancio, me esperasen como obligados amigos. Deseaba no sólo esperar, esperar siempre una llamada, un abrazo dentro de un silencio, unas manos suaves recorriendo morosas mis distintas geografías.

 

Era difícil, lo sabía,

casi imposible -como una probabilidad de Murphy- arrancar mis motores teniendo tan bajas las baterías. Necesitaba sólo un fragmento de una estrella desprendido, unas llaves que me abriesen las puertas de otro barrio; el abrigo de un refugio de otros ojos;

 

ansiaba unos labios febriles

que me besasen despacio llenando cada hueco, como un gota a gota a un enfermo deshidratado, con su sola presencia; una palabra amable, una caricia como medicina, para seguir sintiendo, ansiaba.

 

Debía afrontar no sólo el olvido -el mío-

y la añoranza de otros espacios y otros tiempos; también debía eliminar o suavizar el resentimiento hacia los demás, el que acecha a las once de la mañana.

 

Necesitaba vencer al silencio

primero y a la nostalgia inútil de lo que no ha de volver en momentos en que todas mis energías estaban destruidas; Intuía que vendrían nuevas alegrías, otras gotas frescas sobre mis labios resecos, sobre mi piel dolorida, para levantarme como una margarita, para seguir sintiendo.

                                                                                              Elisa R. Bach

Estudiaste –lo sé- biología en un tiempo en que tu máxima aspiración era poder llegar a dar clases en un instituto de aquellos de antiguos bachilleratos. Eran tiempos que requerían esfuerzo y disciplina aunque las materias a estudiar eran más bien delgadas y como prácticas todo se podía reducir a la disección de una rata de laboratorio, observar el crecimiento de los caracoles en cautiverio y, con suerte, asistir a los estudios de las aguas subterráneas del Pirineo.

 

La falta de perspectivas para un futuro brillante no te impidió tomarte los estudios con entusiasmo, viviste con alegría aquellos tiempos difíciles sociológicamente hablando. Te casaste y, durante muchos años, esperaste con ansia desmesurada ser madre. Con las esperanzas perdidas tu marido te abandonó y aquello pareció ser tu final. Viviste casi veinte años en un infierno de tabaco, alcohol y noches cargadas de sueños monstruosos llenos de alucinaciones y pesadillas.

 

Afortunadamente la vida es larga y pudiste vivir otro espacio, otro tiempo, otro mundo. Ahora estás en condiciones de rebobinar tu historia. Ahora puedes escribir tu entusiasmo o lo que queda de él; sería deseable que otros pudieran seguir tus trabajos sobre los niños. Quizá alguien aproveche tus conceptos fruto de tu experiencia clínica, pero también de los cursos gratuitos de La Universidad de la Miseria en la que te graduaste con nota.

 

Este, que hoy presentas, es un Libro de Ciencia que tiene la pretensión de no ser aburrido. Por lo menos lo has intentado. Tú has hecho tu trabajo, el 50%; ahora los lectores han de aportar el otro 50% 

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