28 jul. 2013

Le miraba la vida con sus ojos ansiosos de luz y plenitudes.

                  Niño Ícaro

                                                                                  Icaro y Dédalo

 

Le miraba la vida con sus ojos,

ansiosos de luz y plenitudes. Despegó como tu hijo, como muchos ícaros, empujado por un sueño de infinito.


Audaz, se acercó al fuego

imaginando que era el sol, el que fundía la cera de las alas, pero el aire se volvió precipicio.


No llegué a tiempo de salvarlo,

al igual que Dédalo rasgué el cielo, el espacio exterior ahogó mi grito
y el silencio impotente con el  que vi, en mi turbada imaginación, como se despeñó indefenso hasta sumergirse en las olas de un mar sin fondo.


Ya lo sé. Todo es por ser y morir.

Nada permanece, sino este gesto que nos tensa el corazón, que recreamos, tenaces, siempre rebelándonos.

 
Llevas a tu hijo

en el fondo de la mirada; sientes como cabalga su recuerdo  incandescente en tu latido de sangre.

 

No puedes evitar compararlo

con ese niño revolucionario que arrastrado por el deseo de celo sobrevoló por encima de su camino abandonado prematuramente por su guía.                                        

                                                    Johann R. Bach

 

A las diez de la noche, en aquel aeropuerto del Mato Grosso, la temperatura era agradable; poco a poco iba calentándome los pies y mis manos se recuperaban del enquilosamiento debido al frío que había atrapado en el helicóptero que me había trasladado hasta la pista de aterrizaje. Solícitos, dos soldados se encargaban de mi equipaje y en un pequeño vehículo eléctrico me trasladaron a un edificio provisto de una pequeña cafetería preparada para atender a personalidades importantes.

 

En esa cafetería me entregaron el expediente que tenía que examinar antes de llegar a nuestro destino situado en un lugar fronterizo con Colombia. No me dieron de cenar, sino que me condujeron a una habitación sencilla pero limpia y perfumada con incienso. Cuando la puerta se cerró tras de mí tuve la sensación de que me trataban correctamente, pero sin entusiasmo. Leí el informe.

 

Un muchacho, Dionisio, con apenas diez años fue encontrado en un estado lamentable en la selva colombiana por un grupo guerrillero. Contó que se había fugado de casa. Se apiadaron de él y le dieron algo de comer. Finalmente decidieron llevárselo con ellos. En un pequeño campamento le dieron un destino: le nombraron solemnemente y entre risas, ayudante de cocinero. Durante dos años ayudó, junto a María y Miguel, a preparar los escasos alimentos para todo un auténtico escuadrón.

 

María y Miguel fueron para él como unos nuevos padres. María le enseñaba a escribir y leía junto al niño los escasos textos que caían en sus manos. Juntos devoraban frases y capítulos de novelas y algunas poesías. Miguel, por el contrario, creía que lo importante era manejar las armas. Con apenas 12 años Dionisio era un "experto" en explosivos y se había transformado en un romántico dispuesto a todo. Era callado, cuidadoso y aplicado en todo aquello que le encomendaban sus jefes.

 

En una de las incursiones guerrilleras en las que participó, tenía la misión de volar un puente tan pronto lo hubieran cruzado sus camaradas simulando huir del enfrentamiento con una patrulla del ejército del Gobierno. La patrulla cayó en la trampa que Dionisio había preparado meticulosamente. Aquello fue una auténtica carnicería. Al volar el puente la patrulla enemiga quedó diezmada y partida en dos grupos que los guerrilleros aniquilaron con relativa facilidad. Pero, cuando la batalla hubo terminado, cerca del puente, encontraron al ayudante de cocina con quemaduras gravísimas. La deflagración de uno de los explosivos le había alcanzado de pleno.

 

Con cierta rapidez entregaron al niño a los servicios de una ONG que se dedicaba a hacer tareas parecidas a las de la Cruz Roja. En el informe decía que no estaba consciente aunque musitaba, delirando, poemas continuamente. Se había quemado un setenta por ciento de su cuerpo.

 

A las cuatro de la mañana subí a un helicóptero que me llevó hasta donde estaba situado el muchacho. Alguien importante creyó que yo podría hacer algo por él. Me enviaron en su socorro, pero cuando llegué ya había fallecido. Las lágrimas que resbalaron por mis mejillas no tenían cuatro hojas.

                                                                                        Johann R. Bach

 

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