29 jul. 2013

Gracias al hipérico Eratóstenes midió la circunferescia terrestre.

         ERATÓSTENES Y EL HIPÉRICO

También acudieron a la cita

tempranamente una pareja de inseparables Ernest y Sonia. Él con mal aspecto, ella descuidada en el vestir.

 

El pelo de Ernest es de lo más difícil

que he visto; tiene mechones donde no debiera haberlos y abundancia de pelo donde escasea en los demás hombres: la coronilla y las entradas, como una mezcla de homo nearndethalis y un punki.

 

Parece ser que de pequeño padeció

una fiebre tifoidea con caída parcial del cabello y desde entonces siempre le ha lucido el pelo de esa forma.

 

Sonia tiene el aspecto

de una muchacha salvaje aunque en el trato es bastante flexible. Su carácter a simple vista parece el de una persona solitaria. Es un poco encorvada a causa de un accidente que le lesionó la columna vertebral aunque, por fortuna, de poca gravedad.   

 

Ambos son muy activos

en las tareas escolares y pueden llegar hasta situaciones de surmenage. Van juntos a todas partes y la gente se pregunta cómo pueden esas dos personas ser tan diferentes y estar juntas.

 

 En realidad cuando se afirma

que son tan diferentes creo que eso se dice por decir, por añadir algo a la conversación, pero eso en mi opinión no es así. En primer lugar el mal aspecto de las personas abunda en Berlín mucho más de lo que sería deseable.

 

En efecto, en Berlín abundan

las personas de mal aspecto, mal vestidas, descuidadas y en muchos casos deambulando de un lugar a otro con una botella de cerveza en la mano: una imagen que en el resto de Alemania, y en la "Europa civilizada" ya desapareció hace muchos años. 

 

Ernest y Sonia tienen en común

una extraña atracción por el color amarillo y curiosamente a los dos les huele el aliento de igual forma. Los dos tienen la cabeza caliente y el cuerpo frío.

 

A los dos les gusta el silencio

por lo que sus visitas al Treptower Park son habituales y se apartan de las personas parlanchinas buscando la soledad agreste.

 

 Son fácilmente impresionables,

especialmente ante traumatismos, operaciones o enfermedades ajenas. Y todo ello me hace pensar que no son tan diferentes uno del otro como fácilmente se opina.

 

Quizá si la gente fuera

más observadora, también sería más prudente. Puede que el paseo por Treptower Park invite a la meditación....

 

Ernest parece un habitante

de algún pueblo de alta montaña de Austria o Suiza y Sonia parece una perieca (morador de la periferia, del griego perioikoi) de humilde extracción.

 

No crea aquél que algún día lea estas líneas

que yo menosprecio a Sonía y a Ernest por su mal aspecto. Yo no soy nadie para juzgar a los demás. Para demostrarlo os voy a contar la leyenda del hipérico o hierba de San Juan (Johanniskraut).

 

En el Egipto ocupado

por los griegos en tiempos de Alejandro El Magno hijo de Filipo el Bárbaro el sabio geómetra Eratóstenes sufría unos fuertes dolores en la rodilla derecha y se aliviaba con un aceite rojo preparado por los lugareños de Siena, cerca de lo que es hoy Aswan, célebre por su presa hidráulica.

 

El precioso líquido

lo preparaban los habitantes de Siena mediante maceración, en aceite de germen de trigo, de unas flores que cortaban precisamente el día más largo del año.

 

Eratóstenes preguntó a los periecos

(habitantes libres de la periferia) de Siena cómo reconocían ese día más largo del año para la recolección de las flores y comenzar la maceración en esa noche (la más corta del año, la noche de San Juan o el solsticio de verano).

 

La respuesta sorprendió a Eratóstenes

pues los preparadores del rojo y antiálgico aceite le condujeron hasta un pozo cuyo fondo sólo se podía ver un día al año, el día en que el sol a las 12 del mediodía estaba en su zénit. Ese día era único porque el pozo estaba situado exactamente bajo el Trópico de Cáncer.

 

Eratóstenes envió a un grupo de esclavos

de una estatura de 1,95 m a un lugar del Bajo Egipto que, después de contar 800.000 pasos (el paso medio de los esclavos medía un metro), colocaron una estaca de 1 metro y midieron el ángulo que hacía su sombra el día preciso en que a las 12 horas se veía el fondo del pozo. La sombra proyectada formaba un ángulo de 7°.

 

Con un sencillo cálculo

midió la circunferencia Terrestre (Si a un arco de 7° le corresponden 800 km, a un arco de 360° le corresponderá la totalidad de la circunferencia terrestre).

 

De una misma observación

se obtuvieron dos descubrimientos: el pulcro y refinado sabio griego midió con precisión la circunferencia terrestre, pero los casi harapientos aunque libres periecos elaboraron uno de los grandes remedios para el dolor: el aceite de hipérico.
                                                                                                                                              Johann R. Bach

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