30 jul. 2013

Pocas noches de luna me gustaron durante mi encierro en ese humilde cobertizo.

    EL MONÓLOGO DE PAUL LAFITTE (VII)               

                     

Pocas noches de luna me gustaron

durante mi encierro en ese humilde cobertizo. El alfabeto de las estrellas que silabeaba cuanto me permitía el cansancio del día y del que sacaba otros conceptos y otras esperanzas me indujeron a escribir.

 

Pocas noches de luna me gustaron,

sin embargo, fueron suficientes para grabar en mi memoria la conjunción, como en un eclipse de sol, la tristeza, la soledad y la esperanza.

 

¡Suba abuelo! ¡Suba al camión!

Comprendo muy bien que no quiera abandonar su querido pedazo de tierra, pero piense que gane quien gane esta guerra su jardín de alfalfa y trigo será confiscado;

 

gane quien gane esta guerra

le enviarán a un campo de concentración el tiempo suficiente para debilitar su vigor y los nuevos propietarios de su hacienda se habrán consolidado como personas honestas y honradas.

 

¡Suba abuelo¡!Suba al camión!

Su verdadero tesoro son esas tres orgullosas margaritas que lamen sus propias heridas para que cicatricen pronto. Derrochan amor porque es su única oportunidad de sobrevivir.

 

Lo peor de la guerra está aún por llegar:

las fuerzas de ocupación violaran a millones de mujeres; encarcelarán  y torturarán a millones de hombres por el sólo placer de verlos sufrir. Millones de jóvenes estarán desocupados y alcoholizados y nutrirán las filas de la delincuencia.

 

En los países vencedores la vida no será mejor:

en las calles de París, por haber dado amor a soldados enemigos, se arrastrará a miles de mujeres desnudas, rapadas e insultadas; se les duchará en pleno invierno con los hidrantes públicos a los que sólo tienen acceso los bomberos.

 

Los pequeños países serán borrados de los mapas y sus lenguas prohibidas durante decenas de años o quizá siglos y las bocas de sus habitantes serán tapadas con la palabra libertad;

 

en nombre de la democracia

se les condenará a ser ciudadanos de tercera y miles de funcionarios serán expulsados de sus puestos: los alguaciles ya no hablarán la lengua de esos sacrificados lugares.

 

¡Suba abuelo! ¡Suba al camión!

¿Quién enseñará a sus hijas, aunque sea de forma parcial, a regar los campos? ¿Quién les enseñará a sortear las dificultades que se les vienen encima?

 

¡Suba abuelo! ¡Suba al camión!

Se hace tarde y las princesas no deberían ver el infierno que va a caer sobre nuestros hombros. Le necesitamos para que nos conduzca por los caminos que sólo Vd. conoce palmo a palmo;

 

le necesitamos para que nos aliente

con su sabiduría; para que, con sus palabras, crezca nuestra esperanza; le necesitamos para sobrevivir.

 

¡Suba abuelo! ¡Suba al camión!

¡Coja el volante y no pare hasta sacarnos de este mar de fuego y odio!

 

                                                                                     Johann R. Bach

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