2 dic. 2013

Me desperté acurrucado en el sofá cubierto con una manta. Con el café recié hecho

Una efímera depresión

 

Hubo un tiempo en que Marta Guillamon

estudiaba sin convicción. En verdad, le era indiferente todo. Sentía temor de pensar lo que sentía.

 

Se angustiaba ante el temor

de las construcciones intelectuales cuyo fin consistía –pensaba ella-, exclusivamente, en proporcionar defensas.

 

Durante tres meses

se sintió desprendida de su papel de ser humano. Adelgazó seis kilos. El dolor, la angustia, la depresión… todo le había fatigado tanto que ya no pertenecía a nada que fuera lógico.

 

Su sufrimiento

había llegado a una elevación inverosímil, no lo sentía ya. Si en aquella época hubiera habido sicoanalistas Marta habría caído, sin duda, en sus garras.

 

Se encontraba muy mal.

No sabía si era una neurótica o una maníaco-depresiva. Sólo sentía un abandono absoluto. Una soledad absoluta. Se sentía muy poca cosa, muy niña, una niña a la que todos hubieren abandonado.

 

Su soledad, en aquella ocasión,

estaba hecha de quimeras amorosas, de alucinaciones… Soñaba con una infancia no mejor de la que tuvo sino diferente.

 

Cuando salía de sus ensueños

estaba anulada para la realidad externa y contemporánea. Nunca había habido tanta distancia entre su sueño y la acción.

 

No salía, no llamaba a nadie.

Cuando la visité en su piso de la Carrer del Carme sentí el helor de su cuerpo tan fuerte que me asusté. Era como si estuviera cumpliendo una extraña penitencia.

 

Me confesó con voz muy débil

que le dolía funestamente –¡vaya palabra!- el corazón de tanta soledad y tanto deseo y, sin embargo, la familia rondándole para que tomase en sus manos la pesada carga de la editorial.

 

"Siento –decía-, cuando se me acercan,

una aproximación de sombras fastidiosas. Siento que casi todos los seres me fastidian".

 

En esa palabra "casi" brilló mi esperanza.

Preparé una sopa "a la reina" bien sazonada de pimienta roja picante y de plato fuerte unos mendrugos de pan reblandecidos al bañarlos en vino.

 

A pesar de que eran tan sólo las doce del mediodía

me metí en la cama y abrazándola por la espalda le fui infundiendo poco a poco mi calor. Se durmió como un bebé en mis brazos. A las cinco de la tarde se despertó diciendo que tenía hambre.

 

Ya no tengo ganas de llorar

 –me dijo- sólo tengo hambre. Nos vestimos rápidamente y bajamos a comer un bocadillo en el bar de enfrente.

 

Ella se comió, además,

dos empanadillas de atún y se bebió una cerveza que se le subió a la cabeza. Medio borracha con esa mínima cantidad de alcohol me pidió que la llevara a cenar.

 

A aquella hora el único sitio

que se podía cenar era El Canaletas. Comía con la desesperación del náufrago de agarrarse a su tabla la vida.

 

Me pidió que no la dejara sola aquella noche.

 

Sentada en su sillón orejero

y con un libro en sus manos no paró de hablar en toda la noche. Yo debí dormirme hacia las seis de la mañana y

 

me desperté acurrucado en el sofá

cubierto con una manta. El olor del café recién hecho me hizo sentir otyra vez la calidez de la casa.

 

Marta volvía a ser la misma.

 

                                                        Johann R. Bach

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