26 nov. 2013

Yo ya no cantaba canciones de cuna ni himnos de protesta

LA ASTRONAUTA
 
Me cambié rápidamente de ropa.

La falda se coinvirtió en pantalón, los zapatos en botas presurizadas, mi bolsa de mano en mochila.

 

Cuando eso sucedió

yo ya no cantaba canciones de cuna ni himnos de protesta; me habían recogido en la calle como un objeto perdido más. Despeinada, llorando, tiritando de frío, con esperanzas casi nulas, a punto de entregar mi cuerpo y mi alma al Averno.

 

A pesar de todo, dentro de mí

aún había latidos humanos y mi futuro era más incierto que el de otras criaturas: sentía lástima de mí misma como otra niña rota más.

 

Dentro de mí, deseé ser madre.

Mi sueño, afortunadamente, se hizo realidad. Cuando eso sucedió

empecé a recordar que fui una niña risueña que corría sin prisas, a veces entre llantos fácilmente consolados y en no pocas ocasiones

con risas lanzadas al viento.

 

Cuando me llevaban al hospital

me produjo placer reconocer que, ebria de libertad, había sido generosa, amable, y amorosa en exceso.

 

Había gozado de los elementos,

como si sospechara que iban a escasear: el agua de la fresca lluvia y el viento me transportaban sin reparar en fatigas ni en locas carreras.

 

Cuando cambié mis ropas

empecé a escribir casi a escondidas, mirándome de vez en cuando en el espejo observando mis tiempos acumulados como infantiles cubos de colores.

 

Cuando cambié mis ropas

mis pobladas cejas algo enmohecidas ya estaban curvándose bajo el peso de muchos inviernos, pero mis dudas se fueron disipando mientras se ensanchaba el horizonte y otras mañanas artificiales empezaron a saludarme.            
                                                                      Johann R. Bach          

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