30 nov. 2013

ALGO PARA PENSAR, NO PARA DISCUTIR

EL EXISTENCIALISMO ALGO PARA PENSAR

 

No puedo compartir la idea

de mucha gente a la que le parece ver que se revela en lo actual la verdadera naturaleza del presente: es todo lo que existe, y todo lo que no sea presente no existe.

 

El pasado está en mi memoria

y por tanto existe. El aprecio –y también alguna desafección- que os tuve no se ha borrado de mi cabeza y ha sobrevivido. Existe por encima del tiempo.

 

La tentación de decir: no quiero pensar

No es válida para mi forma de pensar; es decir, se me impone el decirme a mí mismo "no tengo que pensar que no quiero pensar" porque eso ya es un pensamiento.

 

Siempre he sido consciente

de que la existencia es una imperfección y eso me ha ayudado a levantarme tantas veces como he caído en la tristeza o en la nostalgia. La vida tiene un sentido si uno quiere dárselo.

 

Para mí la existencia requiere

-mucho más que necesidad-, entusiasmo. Así cualquier oportunidad de hablar, recordar, estrechar una mano, no debe ser despreciada.

 

El entusiasmo no es algo que se deje pensar de lejos:

es preciso que nos invada bruscamente, que pese sobre nuestro corazón tanto como una gran bestia inmóvil. Si no, no hay absolutamente nada.

 

Igual que el gusano

que respira tan lentamente y ya no tiene ganas de existir y finalmente abre un ventanuco por el cual salir al mundo, y, ya

 

convertido en crisálida se despereza,

se quita la corteza de sus hombros y lanza sus alas al viento y al mundo de color, no puede evitarlo, así es. Aunque eso no sea todo.

 

Todo lo que existe

nace con alguna razón –aunque su causa nos sea desconocida-, se prolonga por debilidad y no muere por casualidad.

 

Sí, me alegra que sigáis siendo los mismos.

Si nos hubieran mudado de sitio, pintado de nuevo, clavado al borde de otros caminos, no tendría nada fijo para orientarme.

 

Sois, como tantas

y tantas cosas, indispensables. Queda convenido que algo permanece inmutable en vuestros corazones cuando hay nostalgia de aquellas tardes y que yo mido  con mis propios cambios en comparación con vosotros.

 

Sabéis que ponerse a querer a alguien

es una hazaña. Se necesita una energía, una generosidad, una ceguera... Hasta hay un momento, un principio mismo, en que es preciso saltar un precipicio; si uno reflexiona, no lo hace».

 

Podíamos pensar

que ya que hemos estado más de cuatro décadas sin saber unos de otros ¿por qué ahora tenemos necesidad de reencontrarnos? Y sin embargo algo nos dice que seguimos siendo en gran parte los mismos.

 

No hemos perdido

aquellas ilusiones juveniles –creo- que nos mantenían en movimiento, sólo hemos seguido distintos caminos.

 

Somos libres.

Lo comprobé a través de nuestras confesiones: no nos queda ninguna razón para rechazar vivir. Vivir, respirar hondo, saber que seguimos estando cerca.

 

Conocí una vez una pobre mujer

que padecía una extraña enfermedad: la cabeza se le caía hacia un lado.

 

Estudió entre otras cosas

sicología y música para curar su enfermedad. Su cabeza sólo se enderezaba cuando creía que nadie la miraba. Se había equivocado de mundo.

 

Incluso el pasado puede modificarse

si nos tomamos el tiempo necesario. No todo ha sido descubierto y mucho menos cómo cada uno ha de vivir.

 

Inventariar perpetuamente lo que se es,

no conduce necesariamente a sentimientos de culpa.

 

Por ello –creo-

no hay que renegar constantemente de sí y refugiarse en una esfera en que no se es ya nada más que una pura y libre mirada pues junto a nosotros hay quien nos mira de reojo y se siente contento.

 

                                                                                  Johann R. Bach

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