27 nov. 2013

RECUERDO DEL AFILADOR

Te piden Marta,

que unos versos compongas, como resumen de lo que fue la vida de una niña. Una niña que hasta cierto punto fue feliz.

 

Haz algo suave y sutil.

 

A ti te corresponde,

pues tú puedes escribir unas líneas dignas de Tucídides, que fue uno de los nuestros.

 

Sin duda tú hablarás de sus historias

fidedignas como un informe militar confeccionado para los altos mandos.

 

La mera descripción,

salida de tus labios, de la infancia de una de tus hijas estará llena de belleza, la exquisita belleza que nosotros amamos.

 

Perfecto, musical y educado

es tu idioma. Y toda tu maestría nos hace falta ahora, pues quieren obligarnos a lengua extraña.

 

Nuestro amor y dolor

ante los vertidos en ajena lengua nos hace temer por los nuestros.

 

Escribe Marta,

tus versos de tal modo que algo de nuestra vida –tú sabes- quede en las niñas; y, las frases y el ritmo sobradamente muestren que de un idioma –el nuestro- depende la belleza y la sonrisa de la naturalidad.

 

A fin de cuentas

nuestras niñas son las que enseñarán a hablar con la paciencia y el cariño de siempre a las generaciones futuras de niños.

 

Allí donde la multitud incesante

de la ciudad se agita el día entero, te retiras –lo sabemos todos- y te unes a un grupo de niños que observa, te paras con ellos aparte.

 

Junto a la acera, hacia el encintado

del alquitranado, un afilador –ya quedan muy pocos- trabaja con su rueda, ajustando el corte de unas tijeras,

 

se inclina y las aplica

prolijamente a la piedra, con el pie y la rodilla, da vueltas rápidamente con golpes rítmicos, apoyándose con mano ligera pero firme,

 

brotan entonces

en chorros copiosos de oro, las centellas de la rueda. El espectáculo y todo lo que con él se relaciona se detiene en los ojos de la niña más pequeña;

 

el viejo triste de barba puntiaguda

con su ropa raída y su ancho mandil de cuero forma la estampa de un tiempo presto a desaparecer de sus pupilas.

 

 

El chirrido bajo y ronco

de la rueda que gira, las tijeras ligeramente apoyadas, difusas, elásticas, se proyectan de costado junto a las menudas cataratas de oro,

 

las centellas de la rueda

como la cabellera de un cometa
 
 

                                                                                              

No hay comentarios:

Publicar un comentario