9 jun. 2013

Y seguías postada, oyendo los cuartos y las horas

CIEN AÑOS: UNA ETERNIDAD

 

Abril, mayo, junio, … diciembre … otra vez abril.

Las constelaciones en el cielo se sucedían una a una, como los meses, pasaban ante tu ventana.

 

Y tú, postrada en la cama,

por tantos años, viéndolos pasar y contándolos, hasta que a veces el vértigo como un mal de amores llegaba a apoderarse de tu corazón y tenías la sensación de que te habías hecho eterna;

 

¡ya habías llegado, por lo menos, a los cien!

 

Y seguías postrada,

oyendo los cuartos y las horas del carillón y su tictac, y el rumor de las olas y el canto de las gaviotas que volaban en círculos cerca de tu ventana.

 

Lunes, martes, … domingo…

otra vez lunes… sola en una habitación de la casa de una nuera agobiada por la edad y por las canas.

 

Y, de noche, o al mirar de día por la ventana,

tu pensamiento volvía atrás, recorriendo un tiempo que parecía infinito, hasta Barcelona y todos los días de tu juventud,

 

Recordando a Gil, Antoni,

Marta, Josep, Narcis, Victor, Eva, … otra vez Gil, Narcis, … tus amores. Y a todos tus hijos borrados entre la arenisca de los que sólo han quedado como recuerdo los nietos y sus correspondientes hijos.

 

Y, tú sola, junto al carillón,

contando y sumando eneros, febreros, marzos, …

 

                                                                                     Johann R. Bach

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