11 jun. 2013

Fruto de aquella noche de ternura

LA SOLEDAD DE LA ABEJA REINA

 

 

El sol cae a plomo sobre el camino,

donde el trabajo es taciturno, casi desesperanzado. Aquellas dos cosas informes (dos campesinos como los hubiera visto La Bruyère) se agitan pasivamente como artilugios mecánicos de madera. Vienen a recoger el tributo parte de nuestro tesoro: la miel.

 

Tengo ya listo todo el equipaje

y firme el séquito que me ha de acompañar a trasladarme a otro jardín, la pequeña colmena que nos ha de servir de refugio en las próximas semanas está ya alojada bajo una amplia teja

 

y, sin embargo,

la ansiedad ha invadido mi pecho, mis ojos están extremadamente abiertos escudriñando el horizonte; la sequedad en mi boca, sin sed, marca mi inquietud.

 

No me va a ser fácil abandonar mi Reino.

 

Se dice que Beethoven quiso regresar

a una determinada morada que había abandonado; sintió la necesidad de hacerlo cuando estaba terminando la composición de una sinfonía.

 

¿Quién me iba a decir,

sin embargo, que esto también ocurriría con la música de violines de los grillos y el revoloteo de mis guardianes?

 

Abandonar un lugar al que estaba acostumbrada

siempre fue para mí un acontecimiento como morir, casi imposible, pues no me gusta viajar. Sé que luego la normalidad regresa, que hay vida más allá de mi jardín, pero ya es otra. Yo, como las demás reinas temo a lo desconocido.  

 

 

Mi vida es el hogar:

correr las cortinas antes de que el sol abrase mis aposentos y la piel transparente de mis sienes, mover y cambiar los diminutos muebles continuamente como forma de vencer la angustia de la especie…

 

¿Cómo explicar el profundo tormento

que supone para mí un desplazamiento lejos de mis dominios, un simple cambio de morada?

 

Yo soy una hembra de anchas caderas,

sedentaria, y dispuesta a pagar un precio por ello: dejarme, pasivamente, inseminar por los zánganos a pesar de la indiferencia que siento hacia ello. Para retomar la vida y el gusto por el trabajo bajo una nueva teja necesito tiempo, estaciones incluso.

 

Esto les dará una idea

de lo que supone para mí desprenderme de la antigua colmena, donde lo más ardiente, lo más apasionado, lo más espontáneo que hice aparece hoy ante mis ojos: todas las sorpresas de mí misma, toda mi conciencia de cronista de mi propio Reino, además de los recuerdos de mi niñez.

 

Sólo mi infancia fue rosada,

aunque, mientras libaba de flor en flor, sin darme cuenta se iban dibujando sobre mi retina aquellos rostros tristes que conocían de antemano mi destino como la diosa del amor que se apuntaba ya en mi pecho.

 

Era divertido saltar

sobre estambres y pistilos con mis calcetines cargados de polen amarillo y jugar al escondite entre pétalos con mis criados entregados al juego de echar los dados, y sentir el aire fresco de la mañana limpiando la fina gasa blanquecina de mis prismas ópticos.

 

Pero la vida, siguiendo su curso,

me apuntó en la Agenda Real, de acuerdo a la avidez de responsabilidades de mi carácter, nuevas tareas de organización social y arquitectónica:

 

llevar la alegría,

sobrevolando con interminables juegos mis dominios, a todos los habitantes de una ciudadela siempre a punto de ser defendida de sus enemigos los pájaros y el almacenamiento de millones de frascos transparentes repletos del néctar regalado por los dioses.

 

Pronto mis tareas de reina

cayeron en la más desesperante monotonía: Durante el día mi cargo de Arquitecto Mayor me obligaba a hacer hexágonos y hexágonos. Siempre hexágonos. En el mundo de las abejas carece de importancia cualquier otra geometría de polígonos.

 

Por la noche

debía soportar estoicamente que los zánganos me inseminaran sin despeinarse siquiera. Algunos lo hacían sujetándome la cadera con una mano mientras que en la otra mantenían una suculenta rebanada de pétalo de azucena tostado untada con miel.

 

Pero en una noche de junio

una música de violines distinta cambió la vida de todo nuestro Edén: "Un extraño cosquilleo en mi espalda me despertó. Era una sensación suave, agradable como una brisa: Era un zángano que me acariciaba con sus patitas exentas de uñas, pero su extraordinaria habilidad hizo que me girara para conocerlo. Quería ver su cara.

 

Sus grandes ojos negros,

medio entornados, llenos de ternura me conmovieron: Por primera vez desde que tomé posesión de mi reino sentí la maravillosa corriente de los impulsos sagrados que me obligaron a estrechar mis esfínteres como en un baile de amor interminable.

 

Fruto de aquella noche de ternura,

nació una criatura extraordinaria que no era ni obrera ni zángano: era otra reina. Ordené todo lo necesario para darle una infancia alegre como la que yo tuve.

 

Ahora sólo me queda ceder mi Reino.

Aún soy joven y mi especie me exige continuar su perpetuación respetando en todo momento la ética de las abejas: construir hexágonos para alojar a los hijos que han de venir bajo el cielo estrellado de agosto con la música de las cigarras de fondo y el olor del romero.

 

                                                                        Johann R. Bach

 

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