26 may. 2013

Sentada en ese espacio preparado para jugar a las cartas ...

              LA FATIGA

 

             La fatiga con esfuerzo o sin él

              LAC DEFLORATUM C200

             El abandono de los estudios por fatiga

              PHOSPHORICUM ACIDUM C200

 

Esta mañana he estado tomando un café

en la Back Facktory, una de las panaderías más modernas de Berlín (es una cadena de franquiciados). Su ubicación tiene para mí un sentido de liberación.

 

Su calidez contrasta con el entorno:

justo en la confluencia de Baumschulenstraße con Kiefholzstraße, muestra sus diferentes preparaciones de pan con el sistema de Self Service, con una puerta de salida después de haber pasado por caja. En el local hay 4 desangeladas mesas, situadas frente a los grandes ventanales, para tomar un café.

 

En cuanto he acabado el café

he sentido el impulso de salir a la calle. Lo he hecho; y, sin saber qué hacer, he cruzado la calle, me he parado junto al semáforo; no tenía ganas de ir a clase.

 

He entrado en el Bistro,

otro café situado enfrente de la Back Facktory. Entrando a mano izquierda se hallan dos mesas juntas en las que un pobre florero tapa parcialmente a la propietaria del bar mientras toma un café con leche, con una apariencia de fatiga crónica. Matilde es su nombre, y, junto con su hermana, regenta el Bistro desde hace 12 años.

 

Las dos tienen el mismo aspecto:

gruesas en exceso, flácidas de carne y cuello abultado con fuertes brazos no fibrosos; sus movimientos son lentos y su cansancio ya no depende de si trabajan mucho o poco y su desmesurada afición por la leche desnatada manchada con café no tiene nada en común con el moderno latte machiato. 

 

Sentada en ese espacio

preparado para jugar a las cartas o repasar apuntes, he esperado, algo impaciente y ansiosa, la llamada de mi compañera Silvia. Cuando le he dicho que no iba a clase no se ha sorprendido; en 10 minutos estaba sentada frente a mí, al lado de Matilde, que nos miraba con un sentimiento de curiosidad.

 

Por primera vez

me he apercibido del brillante rostro de Silvia, que curiosamente había adelgazado -y crecido- unos 7 centímetros en el último año. Algunos barros en la base de la nariz mostraban un principio de dejadez y su pelo ralo también denotaba cansancio.

 

Las dos estábamos pensando

en dejar los estudios. El Bistro estaba descuidado como nosotras, pero, con sus floreros repletos de flores y agua fresca, tenía un aire acogedor y la mañana transcurrió nostálgicamente.  

 

El desánimo de Matilde

y su hermana era debido a su afición por la leche desnatada, tenía un trasfondo de pérdida de autoestima, falta de libido y baja actividad suprarrenal, mientras que nuestra tristeza y taciturnidad eran debidas a agotamiento por exceso de estudio y debilidad física por el intenso crecimiento corporal.

 

Más tarde, tumbada en el sofá,

con las piernas entrelazadas con las de Niko, me iba durmiendo plácidamente cuando repentinamente a mis oídos ha llegado una de las palabras mágicas: HEGEL.

 

Mi seso se ha avivado.

En boca de Niko la filosofía se vuelve amable y lúcida. Ante el desaliento, mi amor expone que un pequeño esfuerzo puede cambiar el rumbo de la humanidad.

 

Como ejemplo

cita la opinión del célebre filósofo que, al analizar los avatares del mundo antiguo, expresó su convencimiento de que el combate entre la libertad y la esclavitud se dirimió en la batalla de Las Termópilas, donde 298 aguerridos espartanos detuvieron el avance de los ejércitos de Jerjes. Del esfuerzo de esos valientes surgió el dominio de la libertad como valor supremo de Occidente.

 

Ese relato fascinante

de mi erudito amor me ha levantado el ánimo y he comenzado a registrar mis enciclopedias en busca de ese estallido griego capaz de hacer vibrar los corazones después de 2.500 años. Siento que vuelve a mi alma el deseo de estudio, del saber de Hegel, … ¡y de tantos otros!

                                                                                    

Elisa R. Bach 

 

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