26 may. 2013

EL CHOCOLATE

DAME TU SOLEDAD DE CHOCOLATE

 

 

Algún día el tiempo se detendrá,

cerraré los ojos: querré guardar esa armonía geométrica, suave, intocada.

 

Mientras tanto el sueño

se prolongará en la aurora como una rama frágil de una planta de cacao. Alguna estrella nocturna seguirá bajo las hojas.

 

Algún día el tiempo se detendrá

ante una luz. Y habré de cambiar mi sangre por el espacio mítico de un sueño… dulce como el azúcar.

 

Antes de que eso ocurra

dame tu soledad de chocolate y acosaré obsesivamente la belleza que se desprende de todo lo que te rodea y aquello que al tocarte se enamora de ti.

 

Dame tu soledad

y le haré un antifaz para que ciegue tu corazón, dame algunas palabras que te sobren y les pondré una sonrisa a los silencios, dame el nombre de alguna ciudad y en ella sembraré planetas antiguos que abran las aceras a los pájaros.

 

Dame un callar exacto,

sin decimales y te lo cambiaré por playas que murmuren canciones de naufragios equivocados y estampidas septembrinas de gorriones      

 

                                                                                           Johann R. Bach

 

        El carabinero de Portofino

 

En Portofino conocí a Giorgio. Fue en una tarde de finales del mes de julio y se suponía que las terrazas de los cafés que daban al puerto, frente a las barcas, debían de estar llenas. A las cinco de la tarde se sentó en una mesa contigua a la mía una figura, un poco encorvada.

 

Era un hombre de semblante sombrío, de unos cuarenta y cinco años, delgado, de estatura normal. Tenía los ojos negros y sus manos eran algo delicadas y no parecían corresponder a un hombre. Llevaba una gorra con la visera bastante calada como si quisiera evitar aquellos rayos de sol bajo y una camisa de color azul oscuro.

 

Pidió un café capucho, pero no osaba siquiera tocar la taza. Quince minutos después aún no había tomado el primer sorbo. Lanzó un suspiro profundo y se removió en su silla como si no encontrara una posición cómoda. Le pregunté si se encontraba mal. Contestó que no. Y a continuación añadió que sólo era que se sentía desafortunado.

 

Esa contestación me intrigó y le animé a que me explicara por qué creía que no tenía buena suerte. Le ha tocado la lotería a mi hermano –dijo- y se ha comprado una casa aquí en Portofino y creo que es para darme envidia. Su mujer –prosiguió- no me aprecia por lo que no comprendo por qué ha tenido que comprarse aquí la casa.

 

Giorgio, viendo que yo era extranjera me confió su historia. Era carabinero y estaba destinado en la vigilancia marítima en la Costa de La Liguria. Tenía una habitación en una pensión en Portofino en la que también se hospedaban varios de sus compañeros. Sin más equipaje que un poco de ropa, algunos pares de zapatos, una máquina de fotografiar y los trastos de aseo personal, se sentía solo y sin proyectos en su vida.

 

Era soltero y no tenía esperanzas de encontrar una pareja. Comparaba su vida pobre, sin amigos y con compañeros de costumbres que él no compartía, observaba las casas lujosas de gentes que habitualmente no vivían junto al mar y él tenía la misión de vigilarlas. Envidiaba la suerte de esas personas y eso lo encontraba normal, pero cuando su hermano y su familia fueron a vivir a Portofino se sintió aún más desafortunado.

 

"Sólo me consuela comer una pizca de chocolate –me reveló- cada noche. Me pongo el chocolate debajo de la lengua para que se vaya deshaciendo lentamente y así puedo conciliar el sueño".  Me llamó muchísimo la atención la forma de asimilación sublingual del chocolate. Yo sabía que el chocolate tenía diversas propiedades; entre ellas el efecto euforizante pero nunca lo había usado por su gran poder calórico y el riesgo añadido de intoxicación del hígado.

 

En efecto, el chocolate baja el colesterol y tiene muchos efectos curativos sobre la presión arterial, pero provoca un aumento de peso. Pero la originalidad de Giorgio de tomar "sólo una pizca" por vía sublingual me abrió muchas posibilidades a ingerirlo sin riesgos de intoxicación ni aumento de peso.

                                                                                       Johann R. Bach

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario