10 dic. 2013

Me paso las horas muertas frente a la pantalla buscando en Google ese gran baúl

ESTOY EN PARO. SOY UNA MUJER MODERNA.

 

Me despierto

y no lamento que me hayas abandonado. Me masturbo todos los días mientras me desperezo en la cama.

 

Me lavo los dientes,

la cara, los brazos, el cuello, las orejas desobedeciendo la pedagogía de las películas americanas donde todas las protagonistas se duchan.

 

No me mojo la espalda

para que se mueran de sed los millones de hongos que en blancos círculos se aprovechan de mi piel.

 

Mientras tomo café miro el correo

en el ordenador por si alguien me necesitara para –trabajar- quitarle las castañas del fuego.

 

Dedico gran parte de la mañana

a preparar la comida del resto del día y de paso aprendo a cocinar por si me saliera un trabajo en algún restaurante.

 

Me paso las horas muertas

frente a la pantalla buscando algo interesante en Google ese gran baúl donde hay muchas cosas para descubrir con la misma ingenuidad que lo debió hacer el "Homo Neanderthalensis".

 

Hago todo lo que puedo

por convencerme de que no estoy enamorada, pero según mis amigos me sobra dulzura cosa que el espejo no consigue decírmelo.

 

Y es que, a veces,

pienso que estoy viviendo en otra parte.

 

Después de comer me duermo

con la cabeza sobre mi brazo como por toda almohada al estilo japonés. En duermevela sueño.

 

Sueño por ejemplo,

que mientras duró lo de Manuel fue bonito. Con ocho años menos que yo me colmaba de atenciones y hacía lo que podía de las tareas domésticas. Quizá fui demasiado exigente.

 

Fue despedirlo -echarlo de casa-

y dos días después me despidieron a mí del trabajo. ¿Coincidencia?

 

Muchos días, al despertar

pienso que la luminosidad del arte en la que yo me embelesaba quizá por mis juveniles descubrimientos es ahora algo que de una manera absoluta se ha alejado de mí.

 

Me digo a mí misma:

"Eres una mujer moderna. No te puedes venir abajo simplemente porque has perdido el empleo".

 

Hasta los dieciocho

estuve dentro del paraíso como observadora o como náufrago, allí donde los jardines tenían forma de laberinto, pero no como ejecutante.

 

Ahora, a los veintiocho,

el paraíso se ha alejado de mí y lo único que me es dable ver es el primer plano de un joven con todos sus atributos:

 

noble, bien parecido,

con un pelo rizado propio de un querubín, provisto de un oficio bien pagado el cual le permite hablar por sí mismo, moverse, querer…

 

Sin embargo, lo despedí

porque era poca cosa para mí.

 

¡Esa maldita enfermedad de la mujer… de no tener nunca suficiente!

 

¿Dónde podría encontrar a un joven

que quiera, pueda y sepa? Mi espejo me recuerda que soy una parada, una mujer moderna.

 

                                                                       Johann R. Bach

 

 

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