LA HERENCIA DEL ÁNGEL CAÍDO
He aquí que por fin llega al verbo
un hombre alucinado por la belleza de una noche que se llena de luz plateada cada veintiocho días en mitad de un tristísimo minuto y fatigado del lento rodar del día miserable.
Camina y camina como un ángel
que perdió sus alas en el último incendio, se detiene como la vida al borde de la arena, como las hierbecillas sueltas que flotan en un agua no limpia,
donde a merced de la tierra
briznas que no suspiran, por escasez de oxígeno, se abandonan a ese minuto en que el amor fluye.
El pelo crespo por el viento ondea.
Ante él se ven extensas playas, nubes felices, un viento así dorado invitando a enlazar cuerpos sobre la arena pura.
En ese paisaje un hombre ve, presencia.
Es un hombre que vive, duerme. Es una forma que respira al mismo ritmo que la mar sacude y en su pecho algo late con fuerza como las olas al batir las playas.
No, no confunde ya el mar
–del que surgió-, el mar inerte en apariencia con su corazón agitado.
A partir de aquellas noches de luna
ya no mezcla nunca sangre con espumas tan libres. El color blanco es ala, es agua, es nube, es vela; pero no es nunca rostro. Un color delicado por su cuerpo corre.
Por eso, tirado ahí, en la playa;
tirado allá después en el duro camino; tirado más allá, en las duras rocas al pie de las enormes montañas, un hombre ignora el verde piadoso de los mares, su vaivén melodioso y vacío
y desconoce el canon eterno de su espuma.
Tirado sobre la tierra yace
como la pura hierba. Un viento huracanado -que más tarde bautizará con el nombre de Tramontana-, como un dios, lo peina como a los grandes pinos.
El amor, como un número,
tan pronto es agua que sale de una boca tirada, como es el secreto de lo verde en el oído que lo oprime, como es la cuneta pasiva que todo lo contiene, hasta el odio que afloja para convertirse en el sueño.
Por eso cuando en mitad del camino,
un solitario ángel caído que fue dorado siente próximo -y lejano al mismo tiempo- el cielo como una inmensa bóveda y, sin embargo, con sus débiles piernas nunca pétalos
arrastra la memoria opaca con amor,
con amor al sollozo sobre lo que fue y ya no es. Arriba entre las flores altas cuyos estambres casi cosquillean el limpio azul vaga un aroma a anteayer, a flores derribadas,
a ese polen pisado
que tiñe de amarillo constante la planta pasajera, la caricia involuntaria ese pie que fue rosa, que fue espina, que fue corola o dulce contacto de las flores.
Ese hombre cabizbajo,
de más negro semblante como el silencio de la noche que transcurre después de alguna muerte, pasa borrando apenas las huellas de los autos, de los hierros violentos
que fueron dientes siempre,
que fueron boca para morder el polvo.
El dulce hombre
bajo el duro caparazón de sus hombros –apéndice de lo que fueron alas- ha renunciado a ser confundido con una mariposa, aunque su sangre sigue gimiendo encerrada en un pecho distinto de la forma del olvido, descendiendo hacia
unos brazos
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