1 nov. 2013

Subimos por una estrecha escalera de caracol con peldaños de madera del año de María Castaña

   LA BICICLETA Y EL COLUMPIO

 

Llegamos a París,

después de conducir dieciocho horas, a las cinco de la mañana. No conocíamos aquel rincón de la Rue Solferino, pero nos orientamos bien como antiguos sabuesos.

 

El sentido de la circulación

de la Rive Gauche desde Saint Michel conduce en un par de minutos exactamente hasta su conjunción con el Boulevard Saint Germain, justo antes de llegar al Pont de La Concorde;

 

allí hay que virar en redondo

para tomar el Boulevard e inmediatamente girar otra vez a la izquierda hasta poder tomar la Rue de Lille.

 

Lo único que sabíamos

era que Solferino era el nombre de una batalla y que íbamos al número 5 bis interior y que el apartamento de Dominique estaba en el último piso.

 

Atravesamos la cour despacio

para asegurarnos bien de que era aquél el lugar; casi sin luz estuvimos a punto de tropezar con un bordillo bastante más alto que el de las aceras de las calles.

 

Sobre aquel bloque granítico

había una bicicleta de hierro como si fuera antigua y sin neumáticos apoyada sobre uno de los dos postes metálicos que sostenía un columpio infantil.

 

Era todo el conjunto como un monumento

hecho por algún escultor para recordar que allí hubo una guardería o una actividad destinada a unos niños ya inexistentes en París.

La bicicleta y el columpio

eran ya sólo su abandono, como si ya no tuvieran motivo. Allí tristes, a las cinco de la mañana explicaban sin lugar a dudas con su silencio cargado de humedad la lejanía de aquella vida que dieron.

 

Subimos por una estrecha escalera de caracol

con peldaños de madera del año de María Castaña. Llamamos jadeantes a la puerta marcada con dos corazones "D" y "G".

 

Dominique y Gilbert nos abrazaron entusiasmados,

nos prepararon un delicioso café y unas galletas exquisitas, charlamos durante un largo rato del viaje, de nosotros, de nuestro despellejado país…

 

No obstante, no se me iba de la cabeza

aquella vieja bicicleta y el columpio solitarios, en la noche, testigos de una época que yo creía haber olvidado.

                                                                           Johann R. Bach

 

 

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